lunes 4 de julio de 2022

Relatos de montaña

Una caminata por el Granítico, cerro poco recorrido y lleno de belleza

Contar la experiencia de una caminata por alguna de las montañas que nos rodean es el objetivo. Cerros conocidos y otros que poco se escucha nombrar. En esta oportunidad, uno de los más altos del Parque Nacional Nahuel Huapi.

sábado 09 de abril de 2022
Una caminata por el Granítico, cerro poco recorrido y lleno de belleza
El cerro Granítico tiene una altura de 2200 msnm. Fotos: Marcelo Martínez.
El cerro Granítico tiene una altura de 2200 msnm. Fotos: Marcelo Martínez.

Por Claudia Olate

Instagram: @OlateClau

Es difícil pensar en llegar caminando a un lugar que ni siquiera ves desde el punto de partida. No sé si alguna vez, la sensación que causa (o al menos a mí) recorrer un camino nuevo, desaparece. No sé si hay un número de cumbres que signifique dejar de sentir la emoción y esa especie de nervios de no saber si vas a llegar, si te van a dar las piernas, las ganas, el aire, el tiempo. Quizás, en algún momento, me levante y me prepare sin que un montón de ideas se me crucen por la cabeza. Quizás, pero todavía no sucede.

La llegada al cerro Granítico no fue la excepción. Ubicado en la zona sur del Parque Nacional Nahuel Huapi, decidimos subir por la senda que primero, lleva al Falso Granítico, que comienza desde la ruta 82, ruta que lleva a la base del cerro Tronador. Ahí, a pocos kilómetros de la conocida Playa Negra, dejamos el auto.

La jornada comienza temprano. No fuimos nunca a este cerro y no sabemos con qué nos encontraremos después de llegar al Falso Granítico. “Son pocos kilómetros”, me repito mentalmente para convencerme de que no me duelen las piernas, de que sí podré llegar, aunque en realidad, siempre lo dudo.

Caminata demandante y larga, pero con vistas únicas. Foto: Marcelo Martínez.

Para muestra, sobra un botón, dicen. Los más de 1000 metros de desnivel con los que nos recibe el Falso Granítico son quizás, el preludio de lo que seguiría. Sabíamos que en distancia no era tanto, pero los kilómetros no son parámetro en la montaña. Unos pocos pueden ser extenuantes cuando el desnivel es mucho.

Tiempo atrás había ido al Falso Granítico manteniendo un buen ritmo, cosa que no ocurrió esta vez, lo que me generaba un poco más de incertidumbre. Pero, qué importa hacer paradas cuando a los pocos minutos de caminata ya ves el lago Mascardi, planchado, convertido en un verdadero espejo.

La mañana acompaña. La bruma que se levanta sobre el lago, hace todo más increíble. A nuestras espaldas, el Mascardi. Frente a nosotros, el bosque al que deseábamos llegar porque el solcito, aunque fuera muy temprano, nos dejaba sin aire más rápido.  

No fuimos hasta la cumbre del Falso porque, claro, no teníamos piernas de sobra para hacer metros innecesarios. Decidimos seguir la marcha hasta donde pudiéramos ver por dónde continuar caminando. Nos sentamos en una piedra y debatimos qué hacer.

Se deben cruzar mallines extensos y con bastante aguaa para llegar a la cumbre. Foto: Marcelo Martínez.

Hacia abajo, el primer mallín que deberíamos cruzar. Luego, un bosque que desde lejos, parecía un obstáculo importante. Después otro mallín y las laderas por las que deberíamos caminar si queríamos llegar a la cumbre.

“Creo que no llegamos”, dijimos. Empezamos a bajar a tientas, porque ya que estábamos ahí, queríamos tener una noción de cómo sería el bosque, para seguramente, volver en otro momento. Quizás con carpa, quizás más temprano para tener  más horas para caminar. “Podía fallar, el tema era venir a ver qué onda”, nos decíamos entre nosotros para convencernos de que no importaba el intento fallido.

Logramos cruzar el primer tramo cortito de bosque para llegar al mallín. Luego, seguía el otro bosque. Este cerro no tiene un sendero marcado y tampoco es de los más transitados. Ahí radicaba la incertidumbre de no saber si lograríamos cruzar el bosque, si sería cerrado como para impedirnos el paso o si podríamos sortear las ramas. Bueno, resulta que el bosque era hermoso, amplio, abierto. Cruzamos muchos hilos de agua y en poco tiempo, salimos al segundo mallín, no sin antes desviarnos equivocadamente y luchar un poco con las lengas achaparradas que te hacen la vida imposible y rebotas entre rama y rama con la mochila, se enredan los bastones y te hacen renegar un poco. Cosas que pasan en las subidas.

La vista del Tronador al salir al segundo mallín del sendero. Foto: Marcelo Martínez.

Salimos al mallín. Decidimos hacer otra pausa breve para comer algo, era pasado el mediodía. No nos habíamos percatado pero ahí estaba el siempre imponente Tronador que dependiendo la montaña que subas, te ofrece una perspectiva distinta.

Ya estábamos más cerca de la cumbre que de volver, así que decidimos seguir. Hacía más de cuatro horas que habíamos iniciado la caminata, así que nos pusimos un tope. Si a las 15 no llegábamos, pegábamos la vuelta porque no queríamos que se nos haga de noche en el bosque.

Desde la cumbre se pueden divisar volcanes y montañas. Video: Marcelo Martínez.

Seguimos caminando. Atravesamos el mallín, grande y con bastante agua, por lo que hay que ir un poco esquivando las zonas donde te podes mojar o darte un golpe por un resbalón. Habíamos llevado bastante agua porque no sabíamos si habría en el recorrido y para nuestra sorpresa, cruzamos muchos arroyos con agua de la más pura. ¡Qué lindo es tomar agua fresca y lavarte la cara cuando vas cansada y con calor!

No sé si le pasará a todas las personas que salen a la montaña, pero muchas veces pienso qué hago ahí, cansada, con una mochila pesada encima, con calor y esforzándome todo lo que puedo. Sí, se me cruza ese pensamiento muchas veces, pero claro, después la respuesta llega sola.

El cerro Falso Granítico se ve lejano desde la cumbre. Foto: Marcelo Martínez.

La montaña tiene esa facilidad de engañarte, de hacerte sentir que estás cerca cuando en realidad falta mucho o viceversa. En este caso, la cumbre del Granítico parecía más cerca pero el terreno es un poco complejo, con acarreo, con tierra muy blanda por partes. Dábamos pasos y sentíamos que no avanzábamos.

Llegamos a la última parada previa  a la cumbre. Con el horario estábamos bien. Yo con mis miedos, no tanto. Resulta que tengo vértigo y aunque lo pude ir superando, siempre está ahí y cuando veo una cumbre empinada, un pedrero expuesto, un lugar muy alto, me empiezan a temblar las piernas. “Voy a ir hasta donde me anime”, dije como justificándome de antemano.

 El último tramo está compuesto por enormes piedras que desgastan las piernas. Foto: Marcelo Martínez.

Para llegar a la cumbre, es un pedrero inmenso, con rocas gigantes que hay que subir constantemente. Antes de terminar el recorrido, decidimos volver a parar a comer. Total, la vista ya resultaba imponente. Total, ya estábamos ahí. Total, ya habíamos caminado unas 6 horas. Total, todas las incertidumbres de no llegar, de no poder, de no lograrlo, habían quedado atrás.

Ahí recordé, como en cada cumbre. Recordé porqué camino horas y horas cuando podría estar en casa mirando una película. Porqué me he levantado a las 3 de la mañana sin chistar cuando quiero subir un cerro que está lejos. Ahí recordé que hay sensaciones que solo las brinda estar arriba, sin nadie alrededor.

La cumbre es algo expuesta pero con piedras firmes. Foto: Marcelo Martínez.

Después de caminar unos minutos más, llegamos a la cumbre. Este cerro en particular, con un montón de piedras enormes como cumbre, no te permite ver más allá si no llegás arriba. Y desde arriba, el paisaje no tiene fin. El Tronador, el volcán Osorno, el Puntiagudo, y ese cordón de montañas que parece eterno sin olvidarse del lago Mascardi y el de Los Moscos.

La cumbre es algo expuesta, pero con pasadas firmes. Después de algunas fotos rápidas, decidimos emprender la retirada. Nos quedaban más de 10 kilómetros para recorrer con las piernas ya cansadas, pero a pesar de esto, volvimos al auto todavía con rayos de sol, donde poco menos de 12 horas atrás, habíamos emprendido la aventura. (ANB)

Fotos: Marcelo Martínez.

Instagram: @MarxeloMartínez

 

 

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