lunes 4 de julio de 2022

Relatos de Montaña

Los ríos Limay, Traful y todo lo que se puede ver desde la Montura Chilena

Una caminata por este rincón que está a unos 70 kilómetros de Bariloche.

sábado 07 de mayo de 2022
Los ríos Limay, Traful y todo lo que se puede ver desde la Montura Chilena
La Montura Chilena tiene una vista preciosa de Valle Encantado.
La Montura Chilena tiene una vista preciosa de Valle Encantado.
 Por Claudia Olate
(Instagram: @olateclau)
 

Era sábado. Armamos los mates, salimos a la ruta. El sol ya atravesaba con fuerza por las ventanas, aunque todavía estábamos en octubre. El viaje en auto a veces se torna algo tan frecuente, que nos pasamos por alto o damos por sentado algunos detalles. Ese día charlamos de lo increíble del paisaje, de cómo cambia en poquitos kilómetros y salimos de las montañas altas a la estepa con cerros más bajos y vegetación totalmente diferente.

El destino era la Montura o Recado Chileno, en Confluencia, a unos 70 kilómetros de Bariloche, ya en la provincia de Neuquén. Aunque creo que todos los barilochenses recorremos esa zona sintiéndola nuestra todavía. Quizás, la unión de los ríos Traful y Limay marca un poco ese límite provincial y un poco más allá, ya nos parece lejano y ajeno.

Pasamos la estación de servicio que supo ser parte de la vida de todos los que vivimos por ese lado. Es que el ACA se mantuvo por más de 70 años como la única opción para cargar combustible, tomar algún café o comer algo, entre Piedra del Águila y Bariloche. En mis tiempos de infancia, criada en un campo cercano, recuerdo sentirla casi como lo que hoy es un shopping para los que viven en la ciudad. Ahora de eso queda un edificio abandonado y una obra que hace años no avanza.

La subida a la Montura Chilena son unos 5 kilómetros aproximadamente. 

Cruzamos el puente y tomamos el desvío por la ruta 63, conocida como Paso Córdoba, que te recibe con un cartel que advierte sobre el mal estado del camino. Dejamos el auto a unos pocos metros y nos preparamos para emprender la subida. Era el segundo intento y esperábamos que el definitivo para llegar a arriba.

La subida a la Montura Chilena es el verdadero “a la que te criaste”. No hay camino marcado. Es a pura intuición. Y si bien no son más de 5 kilómetros, el desnivel es alto y requiere buena orientación para saber por dónde ir, sabiendo que no hay sendero.

Lo bueno de las subidas empinadas, que empiezan ni bien te bajas del auto, es que a los pocos minutos ya te ofrecen vistas panorámicas del lugar. Y acá, no hay mucho para agregar si decimos que hacia el sur y durante toda la subida, la vista es Valle Encantado.

El día estaba increíble. Con sol pero sin calor. Una brisa nos daba aire pero no llegaba a ser viento. Algunas huellas de pumas y jabalíes, nos marcaron la cancha, como en el primer intento, bastante tiempo atrás, en el que subimos con más miedo que aire, creo.

No hay sendero marcado, se trata de una subida en la que se requiere orientación. 

Las piedras ofician de miradores. Paramos para sacar varias fotos y orientarnos un poco. Ya conocíamos el lugar, así que fuimos a lo seguro. Cuando se puede ver hacia el otro lado, el oeste, las palabras no alcanzan. Formaciones rocosas que te llevan a jugar con la imaginación, a encontrarle distintas formas, a pensar en todo lo que pudo haber hace miles de años por la zona.

Sabíamos que teníamos que bordear las piedras que se ven desde lejos y le dan el nombre a este cerro. Sabíamos también que si subíamos de más, íbamos a llegar al pedrero que se veía complicado. Y, por sobre todas las cosas, sabíamos que era la parte más empinada del camino, así que había que ponerle empeño.

El Limay se veía, perfecto, con su curso de agua que en toda la zona de Valle Encantado parece un remanso y en esos días sin viento, es un espejo en el que se reflejan las piedras más increíbles que puedas ver por estos pagos.

Tiene una pendiente pronunciada y constantemente se ve Valle Encantado.

En el primer intento de subida, había nieve que con el grado de desnivel que tiene el lugar, no era buena combinación. Esta vez, no había nieve, pero la subida no dejaba de  ser potente. Cuando logramos superar el tramo en el que la primera vez nos quedamos, ya sentíamos emoción.

Casi en el filo, encontramos una piedra ideal para la foto y ya podíamos ver hasta allá lejos, donde el paisaje es casi plano y la tierra de un solo color. Continuamos caminando, ahora, por la otra ladera de la Montura, esa que no se ve desde Confluencia.

La tierra seca nos dejaba ver clarito las huellas de los pumas que habían pasado un rato antes. Desde antes de llegar a la cumbre, un cóndor nos empezó a seguir de cerca. No nos dejó ni un instante. Era una hembra y supusimos que quizás tendría a su cría por ahí y nuestra presencia la atemorizaba.

Desde la cumbre, se puede ver el hasta la zona de Collon Curá y más allá.

Cuando llegamos, un abrazo y un choque los cinco, coronó el momento. Qué decir de esta cumbre. Qué decir de poder ver, aunque sea desde lejos, las tierras donde me crié. Siento un amor especial por estos lares.

No logro separar los sentimientos cuando imagino las largas tardes a caballo que habrá pasado mi viejo recorriendo el campo, en busca de sus animales o las veces que pasó mi madre por esas rutas para ir a trabajar al lugar donde nací.

Y ahí, entre las dos piedras que le dan nombre al cerro, me imagino todo eso. Veo el lago Traful y su río homónimo. Veo el Limay tan extenso que no te da la vista para seguirlo y un montón de sensaciones se despiertan de golpe. Quizás por eso me gusta tanto caminar. Pocas cosas me despiertan tantas emociones como sentirme parte de lo que vivieron mis viejos, mi abuela, mis ancestros.

El Valle Encantado y el río Limay, protagonistas de la subida.

El cóndor seguía revoloteando, de cerca, para asegurarse de que no íbamos a intentar ninguna cosa que lo pusiera en peligro. Se tranquilizó un poco cuando nos vio sentarnos, armar el mate, sacar una comida. Y ahí nos refugiamos en un hueco de la piedra, filosofamos un rato, nos felicitamos por volver a intentarlo y lograrlo. ¡Qué linda son las caminatas con amigas!

La bajada no fue por el mismo lugar por el que subimos. Como la primera vez, decidimos bajar hacia el este para ver los otros paisajes que nos regala este lugar. Corrimos un poco, al trote otro poco, caminando otro poco. Escuchamos un tucu-tucu que al principio nos hizo crispar los pelos, pero cuando caímos en la cuenta de lo que era, nos quedamos escuchando un rato su ruidito.

Descendimos por otro sector desde donde las formaciones rocosas nos dieron increíbles postales.

Hay un tramo de bosque de pino que se cierra un poco y nos hizo estar más alertas por si aparecía algún animal. La tierra removida por los jabalíes siempre hace estar alertas.

Pero, nada pasó que nos interrumpiera la vuelta al auto. Llegamos a un sector que parece una cantera, sobre la ruta. Nos sacamos los abrojos, nos sacudimos la tierra que llevábamos encima después de alguna que otra caída que no puede faltar, y volvimos al auto. Calentamos agua, nos sentamos a la orilla del Traful un rato y agradecimos por otra subida compartida, por la amistad que siempre es protagonista y por la felicidad de otra montaña conocida. (ANB)

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