11/04/2020

La romantización del caos

Una columna del filósofo Nahuel Michalski sobre la tendencia a poetizar la cuarentena y la crisis que trae consigo el aislamiento obligatorio.

La romantización del caos
Foto: Marcelo Martínez.

*Por Nahuel Michalski

La expresión que alude a la romantización de las cosas es otra más de las tantas que fueron arrancadas del corazón de los diversos corpus de conocimiento académico -filosóficos, históricos, literarios, sociológicos, etc- en pos de popularizarse y convertirse en un eslogan omnipresente en el discurso colectivo, sobre todo aquel que busca ser crítico

La famosa noción de Derrida sobre la deconstrucción del texto -hermenéutica-, la “muerte de Dios” de Nietzsche -existencialismo-, las relaciones de poder de Foucault -postestructuralismo- o la construcción social de Bourdieu -sociología-, por ejemplo, han experimentado el mismo tipo de destino en una sociedad que parecería esforzarse cada día más por fortalecer su aparato crítico. Esto implica, lamentable pero inevitablemente, que en no pocas ocasiones tales procesos de recepción popular se preocupen más por sostener la mirada crítica, lúcida y perspicaz con respecto a las cosas antes que por cuidar los tecnicismos, profundidades y especificidades de las nociones por ellos operadas. 

Este gesto democratizante y esencialmente expansivo del saber resulta maravilloso y necesario en términos políticos-morales en los tiempos que corren pero, al mismo tiempo, implica un riesgo epistémico no menor: el de que las ideas y categorías popularizadas queden atrapadas, gracias a la naturaleza misma de los procesos sociales de popularización, en notables deformaciones semánticas propias de “interpretaciones libres”, las cuales, más que libres, acaben por ser acríticas con respecto a sí mismas, movilizadas por intereses sectarios e insensibles a las aporías argumentales más elementales. Precisamente en virtud de ello es que alguna precisión técnica no subjetivista ni relativista sobre la idea de romantización tiene cierto valor toda vez que, sin perder de vista su carácter crítico, se quiera observar asimismo su significado concreto. Por lo tanto, ¿qué se dice esencialmente cuando se habla de la “romantización de las cosas”? 

Todas las formas posibles de romantización -y es que hay muchas maneras de “ser romántico” o, mejor dicho, un “romantizador”- persiguen un objetivo común: plantear como deseable un estado de cosas que, a priori, no lo es. En otras palabras justificar una cierta narrativa acerca de la presunta deseabilidad espontánea y natural en relación a un cierto marco de cosas que, de antemano, se presentaría como angustiante, errático, incierto o caótico. Por supuesto que con esto no se está haciendo referencia a una visión literaria shakespeareana del amor. Una persona afín a ésta descripción no necesariamente incluye la capacidad emocional-intelectual de vivenciar amor genuino. Más aún, un sujeto tendiente a romantizar situaciones no necesariamente resulta portador de profundas, complejas y auténticas visiones en torno al amor como concepción en sí misma. Romantizar, tal y como Platón lo explicó cuando se refirió con hostilidad a los poetas de su ciudad, implica distorsionar. La naturaleza romantizadora consiste en “poetizar” con “gracia, afabilidad y dulzura” en torno a algo que no solamente en su verdad más íntima resultaría radicalmente distinto a lo que sus “versos y las prosas románticas” narran, sino que incluso tampoco sería preferible de entrada. 

De aquí que romantizar no sea más que narrar como deseable algo que se sabe con consciencia que nunca se preferiría voluntariamente. Por ello mismo, toda romantización es esencialmente cínica, pues establece una distancia simbólica consciente con la concreta indeseabilidad de un cierto estado de cosas en pos de narrarlo como deseable y preferible. En este preciso sentido de la distorsión de la realidad que toda romantización origina es que vale hablar de ella como una forma ideológica, como una forma acabada y sutil de ideología consistente en sostener, legitimar y reproducir un cierto status quo dominante espontáneamente indeseable a través de la “poetización” de su presunta deseabilidad. Foucault ya lo señaló con precisión: lo que produce que un discurso de verdad hegemónico sea vivido subjetivamente como verdadero -ésa es su dimensión ideológica- es precisamente su carácter sutil y delicado, inmediatamente “aceptable”, su aparente sustancia “racional y democrática”, en otros términos, su ser un “canto de musas”. 

Lo dicho hace que la romantización de las cosas se separe radicalmente del “optimismo clásico” o, peor aún, sea confundida con él. Y lo cierto es que ser un romantizador de situaciones no implica ser un optimista frente a ellas, ni tampoco al revés. Esto se debe a que romantizar problemas implica un tipo de cinismo que se halla ausente en el optimismo “clásico”. ¿Por qué? ¿Cuál es la brecha? 

El punto crucial se encuentra en ésta instancia: el optimismo es consciente, en última instancia sabe que las cosas están mal, pero a sabiendas de ello, intenta forzar “lo positivo”, “lo bueno” de la cuestión. En este intento optimista lo que en el fondo se percibe es su desesperación, su conexión directa con la realidad del escenario y su anhelo por no dejarse afectar por éste. Todo optimista es un desesperado, por eso se le disculpa su humana credulidad en virtud de su “no estar ajeno a la real verdad de lo que acontece”. 

Contrariamente, el sujeto romantizador, “poetizador” ideológico, nobiliario del “canto de musas”, no tiene la misma naturaleza que el optimista ni la misma intención en su puro narrar distante. Su cinismo consiste en estar tan al tanto de la verdad de la cuestión como lo está el optimista, pero, a diferencia de aquel, no desesperar ante ella, no sentir que su último recurso para mantener la calma es intentar observar “el lado B positivo” de lo que acaece. Pero, ¿por qué motivo? ¿Cuál es la causa por la cual no desespera en el modo en que sí lo hace el optimista más humano e involucrado? Otra vez, por la distancia simbólica cínica que nutre toda romantización de un cierto status quo indeseable. Una distancia únicamente sostenible en la narrativa gracias a una suerte de observación “lejana” y abstracta. 

En otros términos, el romantizador no desespera sencillamente porque no es él el que se encuentra involucrado en el marco problemático ofrecido por el status quo. Con lo cual, lo dicho nos permite señalar que el romantizador más que un “optimista clásico” se aproxima peligrosamente al comportamiento de un negacionista cuyo carácter cínico consiste en que su negación acarrea siempre la distorsión perceptiva de marcos problemáticos que, a ciencia cierta, no le afectan. Un cinismo inconsciente y no necesariamente premeditado -por esto es que el romantizador no necesariamente es “malo”- que se sustenta en la acción de “poetizar” y narrar como deseable o soportable un estado de cosas que no es sino la tragedia inherente a una realidad cuya indudable indeseabilidad nunca lo interpela directamente. 

Esto es lo que aleja al romantizador poeta del optimista verdadero y “clásico”, el cual, encontrándose involucrado por la tragedia y afectado por ella, aun así elige esforzarse por “hallar el lado positivo” del meollo, constituyendo esto su más grande gesto heroico y la base del temple de un tipo de carácter de que nunca gozará el romantizador de situaciones, no por “malo” sino por cínico. Todo optimista está desesperado, y en ello descansa el valor heroico de su optimismo. 

¿Se ha escuchado alguna vez a un detenido injustamente señalar que “todo es una cuestión de actitud”? ¿Se ha escuchado alguna vez a una familia golpeada por el hambre y el abandono social decir que “si tenemos buenas ideas y trabajamos juntos seremos exitosos”? ¿Se ha escuchado a los sectores sociales expulsados de la vida cívica “oficial”, que precisan el día a día para subsistir, sostener con tanto énfasis que el encierro domiciliario es “una oportunidad para reflexionar sobre lo que hicimos con nuestra vida y plantearnos nuevas maneras de relacionarnos”? 

Romantizar es justificar desde la lejanía, no con necesaria maldad pero sí tal vez con inadecuada distancia. Es proponer la metáfora agradable y presuntamente deseable precisamente allí donde los sentidos más primarios y las intuiciones más concretas de los realmente involucrados arrojan un tipo de angustia e incerteza únicamente sostenibles mediante un optimismo humano, redentor y cercano. De aquí que romantizar la desgracia no sea más que su justificación, su ideologización metafórica, el cinismo propio de la lejanía simbólica. La conclusión, tan paradójica como desafiante, parece no ser más que ésta: detrás de toda romantización de las cosas se encuentra siempre la complicidad del romantizador.

 

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Su tarea es difundida a través de las redes Instagram Facebook donde se lo puede encontrar como Charlas de Filosofía.

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