Cuentos

La suerte está echada

Daniel Ruiz presenta un relato que retrata cómo la ilusión por un golpe de suerte puede desatar lo peor de un hombre. Un cuento sobre la codicia, la desesperación y la destrucción de lo propio.

02-06-07-27-32-41 fueron los seis números que elegí, los ganadores. 02 y 06 seleccionados por mi fecha de cumpleaños, 07 por el mes en curso, 27 por los años que llevo en esa oficina, 32 por el colectivo que tengo que tomar todas las mañanas de ida y de vuelta a casa y el 41. El 41 solo me venía siguiendo hace rato. El ticket ganador guardado en el fondo del cajón del modular, simplemente espera.

La pava humea ante mi mirada perdida en la mancha de humedad de la pared de la cocina, pasan por mi cabeza una casa con un parque extenso y pileta, 4 departamentos para alquilar, una camioneta, un auto, un velerito, dos locales comerciales, y la mejor ropa para el viaje a Europa; el Mar Mediterráneo me espera, ya está todo invertido.

- Mabel, ¿vos revolviste el cajón del modular?

- No Fabián, no toco ese cajón hace tiempo.

Empiezo a mover todos los papeles, cables sueltos, lamparitas del auto y el ticket no está.

- Mabel, ¿segura no tocaste este cajón?

- No Fabián, no toqué nada.

Mis manos rápidas revuelven en el desorden del cajón y el ticket no está, el estómago se me hace una piedra, la garganta se me cierra, me sudan las manos, las gotas de traspiración fría caen de mi frente. Busco desesperadamente sobre la mesa del comedor entre la montaña de papeles que antes estaban en el cajón y que se formó al darlo vuelta por completo. Respiro profundo, me siento y vuelvo a empezar. Levanto todos los papeles, separo los cables, pilas, baterías viejas y las lamparitas del auto, levanto el cajón y reviso al detalle. No hay nada. Comienzo a revisar papel por papel otra vez, selecciono todo y el ticket no aparece.

- Fabián, ¿no escuchás la pava? No respondo y sigo buscando, mientras Mabel sube a la habitación resignada por mi falta de respuesta.

- Estaba acá, no tengo dudas - Afirmo con seguridad. Saco todos los cajones del modular y los doy vuelta, reviso papel por papel y no está.

Tres golpes fuertes que doy sobre la mesa hacen que Mabel baje y que se frene en seco al ver mi estado. Tengo el cuello y la cara colorada, mis ojos desorbitados observan la montaña de papeles que se formó en la mesa, el mueble está retirado de la pared y los cajones en el piso.

- Mabel, ¿qué hiciste con el ticket?

- Fabián, no sé de qué ticket me hablas.

- Mabel, ¿Dónde metiste el ticket? No lo voy a volver a preguntar.

- Fabián, ¿Qué te pasa? No sé de qué me estás hablando y mirá lo que estás haciendo por favor.

- Escuchame muy bien y no te hagas más la boba, dame ya el ticket.

- Fabián, no sé de qué me estás hablando y me estoy asustando.

El avance rápido no le da oportunidad y la toma de la remera llevándola sobre su cuerpo.

- Dame el ticket porque te mato.

- Fabián, no tengo nada, estás loco.

- Si loco, muy loco me vas a conocer ahora.

Con la mirada fija en los ojos de Mabel, le da tres golpes en la cara que le hacen sangrar la nariz.

- Si no me das el ticket te mato, ¿me entendés ahora?

Con palabras entrecortadas le dice que no sabe de qué le está hablando, que por favor la suelte, que no la lastime, que le está haciendo daño; pero los golpes siguieron directos en la cabeza y ya en el piso, hecha una bolita, recibe dos patadas en las costillas que se fracturan con el impacto. Tirada, sin poder moverse sigue recibiendo los golpes que no cesan.

La deja tirada y sigue buscando. El mueble lo dio vuelta por completo, todo es un caos, corre el sillón, sabe perfectamente que no puede estar perdido, pero si escondido. Saca del cajón de los cubiertos una cuchilla y toma el primero de los almohadones del sofá, la goma espuma cae por completo en el piso. Hace lo mismo con el segundo y el tercero. Nada.

Corre la heladera y arranca de golpe el cable del enchufe, revisa el motor, la tira al piso y nada.

Los maquillajes de Mabel, piensa, mientras se le ilumina la cara; seguro lo escondió ahí. Ingresa al baño y sobre la pileta da vuelta el neceser completo con todos los maquillajes y no hay nada. Frente al espejo, ve el inodoro, es una señal y lo revisa minuciosamente, hace lo mismo con el bidet. Se apoya sobre la puerta y dando varias patadas al inodoro, lo arranca del piso; se rompe el flexible y el agua sale a presión, comenzando a inundarlo todo. No le alcanza, arranca el bidet, lo toma y comienza a romper todos los azulejos del baño, y es ahí cuando ve el enchufe.

- Hija de puta, lo escondiste en el enchufe. Los arranca a todos, los del baño y los de la cocina, hasta que salta la térmica y se corta la luz. Ahora una casa a oscuras solo se ilumina con una pava incandescente como única testigo.

Fin.

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