2014-05-11

Adiós a Carmen

Es extraño cuando ocurre. Una persona pública muere, y nos invade un claro sentimiento de desamparo. ¿Qué pasará ahora que ya no está? ¿Qué pasará ahora que esta mujer se ha ido? Miles y miles de mujeres ayer despedimos con honda tristeza a Carmen Argibay.

La primera mujer que llegó al más alto tribunal de justicia del país. La mujer que dio en el centro de férreos pilares de la cultura patriarcal, y del andamiaje que, con esa impronta, sostiene uno de los poderes más conservadores que existen, el poder judicial.

Carmen Argibay llegó a la Corte Suprema en febrero de 2005, con 64 años afirmando ser una "atea militante" y defensora de los derechos de las mujeres, entre ellos el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, entre los que cuenta el derecho a abortar.

Cada vez que lo recordaba le gritaban "asesina", pero este no fue el único agravio. Nos contaba en un entrañable encuentro que mantuvo con Periodistas de la RED PAR en la Plata, que vivió en carne propia la discriminación por su género en su ascenso en el poder judicial. Era la más brillante, pero su superior no siempre estuvo dispuesto a reconocerlo. Se refería a Carlos Alberto López Lecube, quien le negó un ascenso a secretaria por el simple hecho de ser mujer.

Cuando Néstor Kirchner la postuló para ocupar un lugar en la Corte, las organizaciones ultracatólicas intentaron por todos los medios impedir su ascenso, por atea, por abortista y por haber estado presa durante la dictadura. Pero su pliego fue aprobado por el Congreso, pese a la ofensiva y los votos en su contra de personajes como Eduardo Menem, Antonio Cafiero y Ramón Saadi. Y allí, en el mismísimo Congreso de la Nación, había tenido que escuchar que se objetaban su solvencia académica, sus cualidades morales porque "no tenía una familia", modo vil de acusarla de lesbiana. Recordaba aquello y le ganaba la ironía. "Les dije que sí tenía una familia, vivía con mi madre y tenía una gran cantidad de hermanos y de sobrinos. ¿O Acaso eso no es una familia?", se sonreía.

En aquel encuentro con periodistas también pidió que se quitaran los crucifijos de las salas de tribunales. Denuncia irrebatible, resistida por los mismos que la señalaban con el dedo y a quién ella les gustaba escandalizar.

Era tan provocadora como intransigente. Mujer de convicciones fuertes, pero muy generosa y muy docente. Explicaba sus fallos polémicos con serenidad pasmosa. Como cuando decidió votar en disidencia en el fallo que declaró la inconstitucionalidad del indulto del represor Santiago Omar Riveros porque se negó a juzgar dos veces el mismo hecho o cuando decidió condenar a Romina Tejerina, para sorpresa del Movimiento de Mujeres. "Traté por todos los medios de salvarla- contó- pero ese bebé había vivido varias horas...". Era también generosa y apasionada. Así lo reveló en un Congreso Internacional sobre Violencia hacia las mujeres que se realizó en la facultad de Derecho de la UBA hace unos años. En esa ocasión destrozaba punto por punto un fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que afirmaba que "la pastilla del día después era abortiva", denunciando que sus pares (del tiempo del menemato) hasta habían inventado un premio nobel para impedir su uso.

Pero su paso por la justicia no sólo fueron sentencias. Los últimos 10 años apuntaron a una profunda transformación en el poder judicial, impulsado por ella. Sancionada la Ley de Protección Integral, la Ley 26. 485, do vida a la Oficina de la Mujer, intrumento destinado a desterrar la tradición patriarcal dentro de este Poder del Estado. A esto siguió- y siempre contaba que este esfuerzo fue absolutamente militante, puesto que comenzaron a trabajar para hacer esta revolución en los tribunales, un grupo de 5 personas que trabajaban fuera de horario- la creación de la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) en CABA.

Había que instalar la perspectiva de género en la formación de abogados y abogadas, pero también en en Poder Judicial, con demasiadas sentencias que destilam misoginia y reproducen violencia hacia niñas y mujeres. Pero también había que crear espacios amigables, humanos, para atender a mujeres víctimas. Un espacio que creó para atender mujeres los 365 días del año, las 24 horas; experiencias que se comenzaron a replicar en el país y en varios países del mundo.

Junto a la segunda mujer que asumió en la Corte, Helena Highton, fundaron la Asociación de Mujeres Jueces en 1992.

En 2005 votó la inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que permitió la reapertura de los juicios contra los represores; y hace dos años, votó con argumentos propios, el fallo por aborto no punible, que dejó en claro que la interrupción voluntaria del embarazo no es punible cuando es producto de una violación, con lo que se puso fin a una "confusión" de décadas en relación al artículo 86 del Código Penal.

Una jueza, un juez hablan por sus sentencias; pero también cuando dejan testimonio con sus obras.

Por su coherencia, hoy el movimiento de mujeres, despide a una aliada, a una compañera. Porque hay un antes y un después de Carmencita, aunque hoy nos sintamos desamparadas.

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