Cuento: No mires atrás | ANBariloche
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Cuento: No mires atrás

Daniel Ruíz y un relato psicológico angustiante sobre una mujer que vive una situación de acoso y terror en el camino de vuelta a casa.
16/08/2026 18:51 Hs.

Me sigue, hace dos cuadras que me sigue, apuro el paso pero no me deja. La luz de la tarde se perdió hace  rato mientras se sincroniza el encendido de las luminarias de los postes, pero no alcanza, sigue oscuro y el frío avanza. El silbido me estremece la piel, me hela la sangre, me sudan las manos y los pies casi que se chocan para avanzar.

Esquivo baldosas rotas y charcos de agua con barro, el nudo del estómago se hace más grande, se me estruja todo en el interior y me quedo sin aire, el pecho me duele, me agito, quiero correr y no puedo, yo quiero, pero no puedo, no me sale. Siento que las piernas están rígidas, tengo los pies entumecidos.

El silbido otra vez, si giro lo veo, tengo el cuello duro como una piedra, camino y las piernas no me responden, se entrecruzan mientras intento avanzar más rápido. Parpadean las lámparas de la calle y una se apaga en el momento justo que paso debajo de ella, cuando era chica, creía que eso era una señal de buena suerte, ahora me muero de miedo. Me sudan las manos y escucho sus pasos, no hay nadie en la calle, todas las casas están cerradas, oscuras, sin lugar a donde pedir ayuda. Estoy empapada, aún no llueve pero yo estoy empapada, una transpiración fría me corre por la espalda, no quiero que se acerque, no quiero que me toque el pelo, no quiero que me mire, no quiero sentirlo encima de mí, no quiero que me toque nunca más.

El aire frío me cierra la garganta, siento como me aprieta, se me cierra la garganta y siento como se me hace chico el cuello entre sus manos. Se me rompe la manija de una de las bolsas que deja caer la fruta y las verduras al piso, no puedo recoger nada. Una lágrima rueda por mi cara y contagia al resto. Intento correr y no puedo, no me deja.

  • ¿A dónde te ibas? – resuena en mí cabeza.
  • Vení acá, boludita – reafirma el pensamiento.

 

Dos leches, un yogurt, una manteca y un aceite de oliva llevo en la bolsa sana. Un refucilo anticipa el trueno que trae la lluvia, es rápida, el chaparrón no me da oportunidad. El chistido me pide que me de vuelta, estoy rígida y siento que no puedo avanzar, las manos están duras y el tiempo no pasa, no sé qué hora es, me muero de miedo, me muero otra vez.

  • Te mato, si te vas te mato. – fue lo último que me dijo. Aún tengo la marca que reafirman sus palabras.

Me faltan 30 metros, no llego, siento caliente la nuca, me falta el aire, suelto la bolsa y comienzo a correr. Las piernas están pesadas, no avanzo, corro y no avanzo.

  • ¿A dónde vas? Vení para acá - me dice, mientras revienta una silla contra el piso del comedor.

Desesperada llego a la puerta de casa y busco las llaves, las saco del bolsillo de la campera, se me caen, las levanto mojadas, temblorosa intento colocarlas en la cerradura, una, dos, tres intentos y entran; dos giros y estoy adentro, cierro la puerta y trabo todo. Hace dos años que no lo veo, pero aún me sigue.

 

Fin.