Más que polvo  | ANBariloche
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Literatura

Más que polvo

Los domingos se convierten en un momento ideal para la lectura y qué mejor que hacerlo con un cuento de Daniel Ruiz.
08/02/2026 15:55 Hs.
Foto ilustrativa.
Foto ilustrativa.

En el centro solo había polvo que se desplazaba sobre tierra seca, con cicatrices hondas, dueñas de un pasado distinto, que con solo pensarlo duele. Ahí había agua, una bella agua dulce. Hubo lo que ya no hay, lo que se ha ido.

  • Usted camine, no tema caminar por donde caminan los muertos- me dijo un arriero- con una voz que resonó en mi interior.

Giré y ya no estaba, supe que era un arriero por su forma de andar, que no vi, pero supe que era así. Llevaba un andar distinto al de otros que caminan por los pasos de la senda, iba pausado, con la seguridad de quien se sabe buen conocedor del camino.

Mis pasos no se detenían, llevaba un andar lento, constante, con el viento como acompañante en un camino que traía consigo un aire caliente que me quemaba la cara.

Atrás estaba el tiempo, que fue contrario, allá, a la distancia, no sé qué hay allá.

El sol aplasta mi cabeza y sin sombrero que la cubra, más se hace sentir; hace horas que está arriba, justito a las doce y calienta fuerte. Mis pies luchan contra un continuo andar infinito, llevan un agotador ritmo desesperante, no saben a dónde deben llegar, lo triste es que no saben a dónde deben concluir su marcha.

La voz del arriero me cala profundo. Sé que el anda solo, ya no tiene familia, ni animales, ni nada, todo ya se lo ha llevado el diablo.

  • Por estos lados hay mucha muerte- me dice por lo bajo el arriero, con su garganta seca, rasposa, con sed de tiempo- giro y ya no está.

Supe percibir en el aire la nostalgia de sus palabras, sentir que andaba solo y triste, ya sin su empleo, pero que sabía aún marcar el rumbo.

-Usted siga, siempre siga y no deje de buscar- insiste el arriero, con una voz que resuena más allá de mí oír.

Un paso acompaña al siguiente y arrastran el alma de un hombre que busca lo que no sabe si va a encontrar, pero sabe que debe buscar.

El tiempo es asfixiante, no hay lucidez en mis pensamientos, solo el caminar debajo un sol ardiente despojado de todo bien, yo, que supe tenerlo todo y hoy ya no tengo nada.

  • Te equivocas, susurró a mi oído la voz del arriero- aún respiras, y hoy me tienes aquí, quizás mañana ya no este, pero hoy si estoy aquí y ahora. Y el hoy cuenta.

Me arden los ojos, apenas distingo mis manos que caen rendidas a un cuerpo cansado con un cuero ya curtido que se traslada entre el polvo con un aire seco. Muero, si me detengo muero, y no veo norte alguno que marque a donde ir. El estruendo de una tropilla interrumpe mi deambular, son miles de caballos salvajes que cortan al viento, los mismo que supieron andar hace tiempo por estas tierras, que bebían de estas aguas, pastaban por estos valles, valles inexistentes ya, pero que supieron tener tanta vida. Me atropellan, impulsan mi marcha, me atraviesan el pecho y ahora saben lo que supieron ser mis sueños, mis anhelos, mis broncas, mi tiempo.

  • Elija uno y monte, él lo llevará- me dice el arriero con una voz tranquila.
  • No puedo, respondo exhausto, no tengo fuerzas y además ellos ya no están aquí, se han ido. ¿Para qué han venido a este polvo?
  • Para conocer su pesar y hacerlo galopar- responde el arriero.
  • Ahora camine, no deje de hacerlo, que el tiempo no perdona – sentenció el arriero.

El tiempo es la arena de un reloj constante que desliza con su esencia sobre los ojos del mismo cosmos, que es el suyo, el mío, el de todos y corre a una velocidad que excede toda lógica, en un sinfín de oportunidades inagotables para el, pero distinto para nuestro mundo que vive con otras leyes.

Continúo mi marcha al poniente, el cual ahora dispongo y este indica que habrá un mañana y un tiempo para seguir vivo, con el recuerdo de un arriero que ya no está, aunque su memoria aún sigue conmigo.

Fin.