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El coronavirus y el speech del terror

Cuánto hay de terror, angustia, emoción, Hollywood y real en el discurso del miedo sobre el avance del virus Covid-19. Una mirada filosófica sobre el tema, de la mano de Nahuel Michalski.
22/03/2020 00:00 Hs.
El coronavirus y el speech del terror
El coronavirus y el speech del terror

*Por Nahuel Michalski

Por supuesto que hay que estar atentos y prever cada una de las medidas necesarias para evitar percances con este nuevo actor mundial que es el coronavirus. La negligencia, la incredulidad o el negacionismo pueden tener consecuencias indeseadas en la población. Sin embargo, Coronavirus: hasta su nombre suena impactante. Pero eso, ya lo sabemos, es esperable en la industria del terror. Porque lo primero para transmitir preocupación y angustia a la población es darle a la “amenaza” o “enemigo” un buen nombre hollywoodense. Gripe Aviar, Hantavirus, Gripe Porcina, Ébola… y ahora, Coronavirus. Con esos nombres uno esperaría abrir la puerta de la casa e inmediatamente ser embestido por una presencia oscura que nos fagocitaría en el suelo entre mordiscos y arañazos. Y así ha sido siempre: para construir un poderoso enemigo lo primero que se necesita es un buen nombre: ¡Ja! El poder metafísico del lenguaje; él sí sabe cómo crear realidades.

En paralelo, la emergencia de estas endemias que ponen en vilo a la humanidad es tan periódica, tan puntual (sentiría uno) y exacta, que los discursos conspiracionistas desesperados por cerrar la trama de la historia, no tardan en aparecer y proliferar a escala masiva. Y así, sostienen muchos, o se trata de un plan eugenésico llevado adelante por sociedades secretas para reducir la población y alivianar el problema de la escasez de recursos naturales, o de un vericueto de la CIA orientado a desestabilizar la economía oriental, o de un experimento secreto en laboratorios ocultos del gobierno, etc, etc… ¿quién sabe? Ya lo dijo una vez el enorme Alejandro Dolina: “Nadie sabe nada”. Una vez mi madre dijo “lo que pasa con las teorías de la conspiración es que, digan lo que digan, siempre encajan bien”. Y lo que sucede ahora con el coronavirus no parece ser la excepción, toda vez que, aunque resulte innegable su presencia y los terribles efectos humanos que está produciendo, no por ello deja de ser cierto que los medios y las redes refuerzan el pánico y junto a este la necesidad popular de más teorías conspiracionistas, modelos explicativos “serios” (es decir, los avalados por la prensa) y/o más control y seguridad.

De un modo u otro, haya conspiración mundial o no detrás del coronavirus, haya intereses creados o no, exista o no exista una agenda mundial del new world order, parecería haber algo que sí resulta indudable: la intención sistemática y organizada de infundir terror en la población, de administrar su comportamiento a través del miedo y el panic show. Esto, al igual que los buenos nombres apocalípticos y las pseudo teorías conspiracionistas, tampoco es un elemento nuevo en la historia humana, y por tal motivo Chomsky, en su texto Las intenciones del tío Sam, se refiere al mecanismo del control poblacional por medio del terror toda vez que hay intereses gubernamentales tanto locales como internacionales de fondo:

“Cuando un Estado adopta tales políticas, se debe encontrar el método de distraer a la gente, evitando que adviertan lo que está sucediendo a su alrededor. Y no hay muchas maneras de hacerlo. La más clásica es inspirar temor a terribles enemigos que nos amenazan, y confiar en nuestros grandes líderes que nos rescatarán en el último momento” (1995, p.39)

Es decir, el miedo, el terror, la angustia, la incertidumbre, las emociones humanas negativas en general, han sido utilizadas desde el comienzo mismo de la historia para sostener determinados estamentos de poder, desviando los focos de atención de otras materias y necesidades. Máxime cuando a ello se le adhiere la obligación de encerrarnos en nuestros domicilios: ¿cómo no pensar que la muerte está a la vuelta de la esquina?  De ahí la ancestral práctica de creación y sostenimiento de simbologías y lenguajes orientados al sostenimiento político de determinados status quo, práctica que no ha detenido su desarrollo y perfeccionamiento hasta nuestros días. El filósofo Foucault ya lo dijo: el poder busca la eficacia, y para ello necesita perfeccionar sus mecanismos de control, es decir, sus potencias simbólico-discursivas y los efectos que éstas implican en la construcción contemporánea de la subjetividad de las personas. ¿Y qué más perfecto y elaborado que la introducción narrativa del pánico global para, por ejemplo, evitar grandes desplazamientos de masas humanas, o modificar hábitos de consumo o reproducción biológica, o para alejar a los individuos entre sí con la consecuente fragmentación y disociación societal? Solo por mencionar algunas cosas. Nuevamente, no se quiere con esto caer en negacionismo o incredulidad infantil al estilo “es todo una mentira”. No. El factum es innegable. Sencillamente se intenta sugerir que la historia que nos cuentan, la que “nos permiten” conocer y aceptar, no es ni tan simple ni tan sencilla ni tan inocente como se nos presenta. Su entramado narrativo está muy bien diseñado. Con lo cual, tendríamos que comenzar a abandonar la idea de que los medios de propaganda y prensa oficial sencillamente “espejan” neutralmente lo que sucede en el mundo. No, lejos de espejar la realidad, la elaboran. La información no se ajusta a la realidad, sino la realidad a la información (de allí el término “infosfera”). La experiencia misma de nuestra percepción del mundo está delimitada por la información que nos llega y el modo en que nos la hacen llegar. En esto, los idealistas alemanes como Kant o Hegel tuvieron razón cuando sugirieron que no era la realidad la que condicionaba a las ideas, sino que el camino seguía el camino inverso.

Creo que el poder tiene serios intereses en mantenernos asustados con narrativas apocalípticas y amenazas del fin del mundo. Y esto no es nuevo. Se ha practicado desde las amenazas mitológicas que los gobernantes griegos enviaban a su población, pasando por la amenaza que los romanos sentían con respecto a los bárbaros, o los cristianos con respecto a los paganos y brujos, o los modernos con respecto a los antiguos, o los capitalistas con respecto al comunismo o la democracia con respecto al terrorismo, o, como ahora, la vida (siempre en su formato occidental) con respecto a la muerte. ¿Estamos diciendo con esto que no hay que prevenirnos, que debemos descuidarnos o desoír a las instituciones gubernamentales? No. Y tampoco estamos diciendo que hay que dejar de vacunar a las niñas y niños, o que debemos dejar de lavarnos las manos. Lo único que estamos sugiriendo es lo que la filosofía invita desde hace milenios y que Platón ya sugirió en su famosa República, a saber: abandonar la oscura caverna de sombras y representaciones para tratar de buscar la claridad y contundencia del pensamiento lúcido. Aprendamos, pues, a distinguir lo verosímil de lo verdadero, y lograremos, quizá algún día, superar el control mental de los speeches del terror.

 

 

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.