2026-02-22

Cuento

Retrato de un escape

Este desgarrador relato describe la trágica muerte de una joven que decide quitarse la vida tras sufrir un acoso escolar incesante y sistemático.

Las luces del camión de bomberos a mitad de una calle de tierra indicaban que era el lugar preciso donde la ambulancia debía frenar, la puerta abierta de la casa, las luces encendidas a media noche, los gritos de una madre aterrada que no encontraban reparo en los brazos desconsolados del padre de esa chica, que acostada, boca arriba, en el suelo frío de su habitación, no presentaba resistencia alguna mientras le hundían el pecho efectuando compresiones enérgicas que el bombero realizaba para recuperar un pulso que era inexistente.

Una soga recorrió su cuello y ajustó fuerte el nudo que había aprendido hacer hace un tiempo atrás.

El bombero nos mira, le indicamos que continúe mientras preparamos el equipo, nuestros trabajos se fusionan dentro de un espacio cada vez más chico. Sobre la cama una nota de puño y letra, que se resume en cuatro palabras “los odio a todos”.

Se comprime el pecho, se trabaja en la vía aérea, se coloca el suero y un monitor con una línea recta en su pantalla requiere de nuestro máximo esfuerzo.

Se comprime el pecho, hace 40 minutos que se comprime el pecho. ALTO. El tiempo retrocede, todo se desvanece, se descomprime el pecho, una chica arriba de un banco de madera con una soga al cuello, una habitación que encierra secretos; una chica, una cuerda intacta con un nudo por hacer, cientos de viajes en colectivos a la escuela.

  • Correte gorda – Es el primer saludo de una compañera en la escuela.
  • ¿No tenés otras zapatillas, negrita fea?
  • No te das cuenta que SOS horrible – dice el menaje de wassap de la tarde, el de todas las tardes, el mensaje que siempre elimina.

La foto de una chancha comiéndose a su propia cría con un sticker que indicaba que la chancha era ella y un mensaje que aclaraba “así te vas a comer a tus crías”.

Esa foto no la borra, elige guardarla.

Cientos de colectivos de regreso a casa, todos con la misma angustia en el pecho que hace que lo sienta oprimido. Los puños que se cierran aferrando los pantalones de jean, las muelas que se aprietan fuerte. Un teléfono que explota.

  • Fea, ¿Por qué no te morís? Llega a las 3 am
  • Por algo siempre estás sola, muerta- Muerta resuena siempre en su cabeza. Morite.

Un celular que muestra menajes, mensajes que borra de una pantalla, pero guarda en su cabeza y los trae su memoria a cada instante.

Sale de la escuela, mismo recorrido, mismas lágrimas, ojos rojos y una soga que está ahí. La busca, la toca, le hace un nudo, se la pone al cuello y ajusta. Desajusta el nudo que hizo tantas veces, se saca la soga del cuello. Los movimientos están mecanizados, los realizó tantas veces.

La soga pasa por el tirante del techo, da tres vueltas y la traba, el nudo va al cuello, se sube al banco de madera, siente una transpiración fría en sus manos y entre lágrimas se baja.

Los comentarios de las redes sociales la vuelven a desvelar. Hace un tiempo que le pica mucho el cuerpo y siente como la piel se descama. En una pieza oscura, cuando todos duermen, el brillo de la pantalla le muestra una vida que quiere, lejos, muy lejos, de la que tiene.

-Viste fea, tan idiota ibas a ser que pensaste que Joaquín te iba a dar bola a vos- mientras le envían una foto del chico que le gusta besando a otra chica.

El brillo de la pantalla  ingresa directo a sus ojos y explota en su cabeza, mientras en paralelo le muestra un mundo donde se vive mejor.

-¿Por qué no te cambias de escuela? No te das cuenta que acá nadie te quiere.

Fueron tantas veces, pero tantas veces las que puso y saco la cuerda del cuello, tantas veces inclinó el banco. Luego lo acomodaba todo, escondía la cuerda debajo del colchón y guardaba bien guardado el banco de madera, para que nadie se diera cuenta.

Nudo al cuello de una cuerda firme en un tirante expectante, banco quieto, lo inclina y lo tiró.

El cuerpo cae recto, se sacuden las piernas, nada puede hacer, el cuerpo no se mueve más, un pijama azul que se ensucia. El ruido de un  banco en la noche fría que cayó en seco resuena en una casa donde no hay nadie. El tiempo pasa, el silencio se apodera de todo.

Se encienden las luces, se abre la puerta de la habitación y se encuentran con el espanto.

No hace falta que ellos llamen a emergencias, los gritos hacen que llamen los vecinos.

Hace 40 minutos que se comprime un pecho que no respira. Una pantalla que brilla en la oscuridad de una habitación y el resultado de un daño irreparable. Daño que ya está hecho, daño que pudo evitarse.

 

Fin.

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