Cuentos
Fue hermoso
El pozo que no logró esquivar el chofer del colectivo, hizo que mi cabeza rebotara dos o tres veces contra el vidrio de mi ventanilla , quizás fue una sola, ya no lo recuerdo, pero fue lo suficiente como para despertarme de ese sueño controlado que tenemos todos los que estamos acostumbrados a viajar en transporte público; es raro, pero uno se acostumbra, sabe cada movimiento, cada semáforo, conoce todas las paradas y como todo está minuciosamente cronometrado, sabe, por ejemplo, que tres paradas antes de Primera Junta se va a despertar de ese sueño de viajero y es el tiempo justo para abrir los ojos, refregarse la cara con los dedos y levantarse a tocar el timbre de la puerta trasera para bajar en la parada correcta. Pero ese día, mucho antes de llegar a mi destino, ese pozo me despertó, algo sucedió que el chofer no lo vio y mi cabeza repicó en el vidrio de la ventanilla. Quise cerrar mis ojos para conciliar nuevamente mi sueño de viajero y no pude, raro en mí, que siempre puedo hacerlo rápidamente, pero esta vez no fue así. El fastidio se apoderó de mí ya que faltaba mucho aún para llegar a mi parada y ahí estaba yo, viendo por la ventana un paisaje ya conocido, cuando de repente un brazo estirado hizo que el chofer baje la velocidad y el colectivo se detenga.
Cuando la vi subir, lo supe de inmediato; cómo no saberlo, si nunca, jamás, había visto semejante belleza. Escuché cuando respetuosamente saludó al chofer y le indicó que viajaba hasta Primera Junta. Les juro que se me encendió el pecho, se me paralizó el alma, fue un instante donde todo se detuvo, donde en el mundo ya no transcurría nada, que importaba la caída de la bolsa, las cuentas o los titulares de los diarios. Abonó su pasaje, giró lentamente y comenzó a caminar por el pasillo del colectivo. Había 7 asientos libres. No sé en qué momento los conté, pero fue inmediato y supe el número exacto de posibilidades que ella tenía para elegir y seguro no sería cerca mío. En el medio de su caminar, busqué la forma de observarla de un modo casual, algo disimulado, pero sin perder de vista a la que era la chica más linda que había visto jamás; yo estaba anonadado, lo cierto es que era la mujer más hermosa que hubiese visto antes. Comenzó a caminar lentamente y pasó el primero, el segundo, el tercero y mi corazón, que hasta recién parecía detenido, comenzó a latir, fuerte, muy fuerte; les aseguro que lo escuchó hasta el último pasajero. Sentía cómo retumbaba cada latido en mi pecho, y cuando creí que se me iba a escapar del cuerpo, ella pasó junto a mí y se sentó sola, en el asiento de atrás. Y ahí, de nuevo, se me detuvo el corazón; sencillamente sentí cómo se me retorcía el estómago, mientras estaba detrás de mí y yo con un nudo en la garganta sin poder hablar. De golpe, tenía en mi asiento trasero a la chica más hermosa que jamás hubiese visto, me separaban de ella unos 40 o 50 centímetros. Fue su perfume el que se coló en mi nariz y entró directo en mi cuerpo. Comencé a experimentar un mundo de sensaciones mágicas, desconocía hasta ese instante el poder que puede tener un perfume, pero así fue, ingresó tan profundamente en mí que sencillamente no podía sacarlo de mi cabeza. Cerré los ojos, no tardaste un segundo en aparecer en mi visión, te volví a ver subir al colectivo, te escuché saludar respetuosamente y noté cómo caminabas lentamente hacia tu asiento, pasabas junto a mí y te sentabas detrás. Tu caminar había sido lento pero seguro, el bolso marrón que llevabas en la mano parecía pesado, y se notaba que había libros dentro, como si te hubiese sorprendido la llegada del colectivo sin darte tiempo de cerrarlo. ¿Quién sabe qué estarías leyendo cuando el destino te interrumpió la lectura y debiste subir a este colectivo? En este mismo que estoy yo, en el que siempre estoy con los ojos cerrados en esta parte del trayecto, pero sé perfectamente quién sube y quién baja, y sé que vos, nunca antes habías subido. Ahora no puedo parar de pensar en vos, que sin saberlo, modificaste todo en un instante.
Sentía el perfume tan intensamente dentro mío, que era imposible parar de pensar, el pecho me explotaba, sentía el corazón que no paraba de latir y mis manos comenzaron a tener un movimiento imperceptible para el resto de los pasajeros, pero yo sí sabía que no paraban de moverse. Necesitaba saber tu nombre, qué hacías, qué estudiabas, si trabajabas; quizás eras maestra y estabas con libros de la escuela o sencillamente eran libros de lectura para el largo viaje al trabajo o a casa; la cuestión es que yo necesitaba saber quién eras, qué hacías y por qué nunca te había visto antes. ¿Pero cómo hacerlo? Estabas detrás de mí, tu perfume me lo confirmaba, y yo que no me animaba a hablarte así de la nada y menos sabiendo que un giro repentino podría asustarte y pensarías que era un loco, un desquiciado o un psicópata que quería hacerte daño, pero la realidad estaba lejos de eso; solo necesitaba verte de frente y saber por qué nunca te había visto antes. Dudé, dudé mucho, amagué, lo pensé y repensé, hasta que finalmente giré mi cabeza; fue un instinto, como si mi destino dependiera de ese instante en la historia de mi vida; debo confesar que creí que nunca lo haría, y creo que de pensarlo, no lo hubiese hecho jamás, pero simplemente giré mi cabeza y la mitad de mi cuerpo quedó mirando hacia el pasillo del colectivo, con mi brazo sobre el apoyacabezas y haciendo un esfuerzo con el cuello, te tuve casi de frente. Leías, tenías un libro gordo, de tapa dura abierto a la mitad con un señalador de cuero marrón, de esos que te regalan y nunca querés perder. Levantaste la mirada del libro y notaste mi presencia, que debo confesar que para mí ya fue un mundo. Ahí, en ese instante, me pasó algo mágico nuevamente, te vi los ojos, yo no podía creer lo que se iluminaba tu rostro con su claridad, y noté que tu cara de asombro impuso distancia, el aire se cortó, el tiempo se frenó y un frío corrió por mi cuerpo. Hubiese querido decir lo que sentía y no fue así, y solo te mencioné que me habían llamado la atención tus libros y el detalle de tu bolso abierto, mientras tus ojos me apuraban y me perdía en ellos, ojos, que te iluminaban la cara y hacían que dibujes una sonrisa más allá de la distancia. Una frenada repentina me sacó de mi eje y rápidamente me acomodé, pero ahora más de frente. Aún no me habías corrido la cara de un sopapo, ni te habías cambiado de asiento o habías gritado pidiendo que saquen a este loco. Yo estaba ahí, seguía frente a vos, y me encontraba eclipsado frente a la mujer más hermosa que había visto y sin siquiera pensarlo te dije lo que sabía, que eras la chica más hermosa que había visto y que perdonaras mi impertinencia, y antes que pudieras siquiera reaccionar, te aclaré, ya no sé si fue en vano o no, pero tenía que hacerlo.
—Te pido disculpas si te molesté —sostuve con firmeza.
—Esto no es usual en mí, yo no suelo darme vuelta en los asientos y hablar con chicas desconocidas y te aseguro que es una excepción, pero algo me decía que no podía no hacerlo. Te dije sin tabú.
Tu cara de asombro seguía intacta.
- Sentí que era un momento único. Te aclaré.
Como antes nunca te había visto, quizás nunca más te volvería a ver, y sentía que si no giraba y te miraba y no lograba disfrutar tus ojos, saber que leías, a qué te dedicabas y cómo podía hacer para volver a verte, me iba a arrepentir toda mi vida. Y pasó lo que era improbable que pasara, lo que yo creí que no iba a pasar. Una mueca movió tu mejilla y sonreíste. Mi sorpresa fue tal que me quedé mudo, me paralicé un instante, pero fue solo un instante y extendí mi mano para ofrecer un saludo formal y, en un acto reflejo, extendiste la tuya.
- Martín me llamo. Te dije con timidez
—Clara, respondiste
Mi mano sostuvo la tuya el tiempo indicado, dando lugar a que preguntara si podía saber qué leías. Tu respuesta fue casual y yo sentí que nos conocíamos de toda la vida.
—Leo poesía, yo siempre leo poesía.
Fin.