2026-01-11

Cuento

Patas en la cama

Una historia de Daniel Ruiz sobre la compañía inclaudicable de las mascotas.

Realmente quiero a Negra, no hay dudas de eso, como no tiene dudas de eso tampoco Antonia. Ella sabe que la quiero, pero yo amo a Tota; ya lo decía bien ese niño rubiecito. “no es lo mismo amar a alguien que querer a alguien”. Bueno, yo a Negra la quiero y a Tota la amo, y esto lo repito para que no haya dudas o reclamos o cuestionamiento alguno, yo sí quiero a Negra.

Antonia me ha pedido que ni Negra ni Tota suban a la cama, yo opino igual, no deben subir, pero a ellas se ve que eso no les importa mucho e insisten, y yo dejo que lo hagan. Luego, siempre las bajo y vuelven a subir, aunque Negra suele bajar después de estar un rato y se acomoda pegada a la estufa que se encuentra en el comedor. Más tarde procedo a salir de mi cama, saco a Tota al pasillo y cierro la puerta de la habitación.

Mis convulsiones han aumentado, el Dr. Rivas ha modificado las dosis de mis anticonvulsivantes y ha indicado nuevos estudios. Se lo he ocultado a todos, menos a Negra y a Tota. Antonia, hace ya un tiempo que lleva un mordillo en su cartera, leyó que debe colocarlo en mí boca cuando tengo esas brutales convulsiones con el objetivo de no morder mi lengua y ahogarme con mi propia sangre. El otro día le comentaba a Antonia mientras cenábamos en casa sobre una nota que había leído en una revista de actualidad, en donde se afirmaba que los perros presentían y ayudaban  en las convulsiones.

Hace unos días desperté en el piso de la cocina, completamente desorientado, con un mechón de pelos en mi boca, mientras Tota lamía mi cara y Negra lamía a Tota. No le conté lo sucedido a Antonia, cuando recuperé el estado de conciencia limpié todo y Antonia no notó nada raro al llegar a casa, solo preguntó cómo me había ido y yo le repetí mi rutina del día anterior y a ella le pareció todo normal.

Creo que Tota tiene sarna, mañana la llevaré al veterinario. Ellas salen poco a la calle y siempre están controladas, pero no hay dudas de que Tota tiene sarna, aunque Negra no, y encima Tota está triste y yo leí que los perros cuando tienen sarna se ponen tristes y eso se nota en sus ojos. Entonces ya no hay dudas, es sarna y la pobre se está pelando más seguido.

Antonia está llegando a casa muy tarde, casi no nos vemos y yo no quiero preocuparla con estos temas y Tota parece que tampoco quiere hacerlo; cuando Antonia mete la llave en la cerradura, Tota baja rápidamente las escaleras y se mete debajo de su colcha al lado de la estufa donde Negra ya duerme hace rato.

Hoy no podía despertar de un violento sueño, no sé bien qué soñaba, no sé si soñaba, no sé si recordaba que soñaba, o si armé un recuerdo de un sueño, lo cierto es que me encontraba luchando en el Coliseo Romano y mi vida estaba en riesgo, un león se posicionaba encima mío y me ofrecía su cuello en sacrificio, no me atacaba, no sé porque no me atacaba, pero no me atacaba. El león me ofrecía su cuello y en un acto de desesperación con mi boca ensangrentada yo lo mordía ferozmente. Mi sangre se mezclaba con su sangre, mi boca se obturaba con su melena y esto hacía que me ahogara, ya no sé si con mi sangre, con su sangre, con sus pelos o quizás con todo. Abrí mis ojos, estaba perdido, mis manos habían roto el borde del colchón y le faltaba un pedazo de espuma al esquinero.

Un charco de sangre empapaba por completo mi pecho, pelos brotaban de mis entrañas, los despedía desde el interior de mi estómago entremezclado con coágulos de sangre.

Una sonrisa cubría la cara de Tota y un cuello destrozado era su ofrenda.

 

Te puede interesar