2024-11-24

Para leer y disfrutar

Domingo de relatos: La promesa

Edgardo Lanfré escribe este cuento que nos lleva a recuerdos y paisajes conocidos.

La mañana del 29 de noviembre de 1975 hacía sentir como la primavera se va corriendo para dar paso al verano. Ricardo Estévez tomó un par de mates en la cocina, miró el cielo y confirmó que ese era el día.

Se fue hasta la casa que fuera de su padre, Antonio, y entró al galponcito del fondo, en el que el viejo pasaba largas horas, una mezcla de oráculo, taller y depósito. Todo estaba prolijamente ordenado, tal cual él lo dejó. “Ustedes tiran todo, déjelo ahí que para algo va a servir” solía decir, defendiendo sus cosas.

Se detuvo un instante en la entrada a mirar todo: una vieja radio a transistores, unas tazas cromadas que cubrían las llantas del Rambler que tuvo alguna vez colgaban de un tirante del techo, latas con tornillos y tuercas, un banco con una morsa y en la pared un tablero con herramientas.

Al fondo, enganchado en un caballete, estaba el viejo motorcito fuera de borda, el Jumpa de cinco caballos que Antonio utilizaba para impulsar el bote de madera. Lo acarició, como pidiéndole que no le fallara y lo ayude a cumplir la promesa. Cargó el motor en la camioneta, una caña, la caja de pescar con señuelos, las que acomodó junto a un cajón con algunas cosas que había preparado en su casa, con el mate y la pava, una tablita, salamín, queso, la bota y algunas otras cosas. Como lo hacía su padre, así lo hizo él. Matizó el viaje recordando tantos días de pesca. La noche anterior no dormía de la ansiedad. Era un ritual casi religioso, el preparativo del día de pesca.

Con los años Ricardo comprendió que su padre a veces armaba la salida solo para darle el gusto, así le fue transmitiendo la pasión. Con los años los roles se invirtieron, Ricardo armaba la salida y se hacía cargo de los preparativos, cuando ya los años habían calmado los pasos de ese hombre que esperaba sentado en una silla del jardín a que su muchacho tenga todo listo para partir.

Una huellita lo apartó de la ruta principal y, luego de un tramo entre los árboles, apareció el lago Los Moscos, un inmenso espejo verdoso, en el que se veía reflejado todo el entorno. El día parecía haberse asociado a la tarea que Ricardo estaba por cumplir. Sujeto a un coihue cercano a la playa, estaba el bote de madera, allí había quedado desde la última vez que lo utilizaron, se lo cuidaba don Anselmo, poblador de la zona.

Miró el interior y vio los remos, también lo que fuera una lata de aceite que utilizaban para “achicar” el agua que se filtraba entre las maderas. Buscó en la camioneta el viejo Jumpa, lo cargó junto con la caña y el cajón de madera, luego clavó un remo en el lecho del lago y puso a flotar a ese cascaroncito de maderas pintado de color celeste.

Amarró el motor que se hundió en el agua, le enroscó una soga en la polea de arriba, tiró fuerte un par de veces hasta que “tosió” y dejó escapar una bocanada de humo azulado para comenzar a ronronear suave. Ricardo navegó paralelo a la costa, justo donde comienza el veril. Solía ir tirado en la proa, mirando a un lado el lecho del lago, donde se veían troncos, piedras y arena y del otro el oscuro abismo.

El viejo bote abría el pecho del agua, impulsado por el motorcito como una libélula aferrada a la popa. Por un momento le pareció ver a su padre armando la caña para dejar que el caimán se fuera despacio, cabresteando por el agua, buscando alguna presa. Dejó por un momento el mando del motor y sacó del cajón una tablita, a la que apoyó en uno de los asientos, cortó un pedazo de queso, otro de salamín y acompañado de un trozo de pan lo saboreo sin prisa.

Se dio cuenta de que aquello era la felicidad y quizás uno de los legados más grandes que el padre le había dejado. Tomó la bota y miró al cielo, la alzó y dijo “salud” y luego dejó entrar el chorrito de vino en su boca.

Llegó la desembocadura del arroyo. Los días previos recorrió en su memoria cada rincón de ese lago al que conocía palmo a palmo y decidió que ese era el sitio adecuado. Su padre guiaba el bote despacio buscando el ansiado pique, pasando una y otra vez, cruzando el cauce que baja desde adentro del bosque a meterse en el lago, erizando algo el agua, a contramano del oleaje.

Sintió que era el momento. Guió el bote lo más cerca que pudo de la orilla, cuidando de no encallar, sacó del cajoncito una especie de bombonera de madera, cerró los ojos y la apretó contra su pecho. Una huala soltó su lamento, tal vez lo estaba esperando. Destapó el cofre y soltó las cenizas en el lecho del arroyito, para que su padre se fuera lago adentro, hacia la eternidad.

Te puede interesar