2024-10-05

Historias

La vida de la escuela rural en el paraje Cuyín Manzano

Un pequeño puñado de alumnos y trabajadores, viven el día a día en un establecimiento que es testigo de la historia del lugar.
Por Claudia Olate

La vida rural se erige, muchas veces, alrededor de un lugar clave: la escuela, que en la mayoría de los casos, es albergue o lo supo ser en algún momento. Cuyín Manzano no es la excepción y allí, en el ingreso a este pequeño paraje en el que viven menos de 60 pobladores, está el edificio por el que pasaron cientos de chicos y chicas de los alrededores y al que hoy asisten cinco niños.

Dicen que estuvo en otro lugar. Dicen que hace muchas décadas, la trasladaron a Cuyin Manzano, cuando el paraje neuquino, ubicado a unos 80 kilómetros de Bariloche, era más bien un pueblo, con más habitantes y más vida comunitaria.

Quienes asistieron hace 50 o 60 años, recuerdan que en la Escuela 11 eran muchos chicos y había un solo maestro que les enseñaba a hacer hasta alpargatas en un pequeño taller ubicado en una especie de altillo de un edificio del que poco o nada queda. 

Hasta no hace tantos años, los alumnos llegaban de todos lados. Había incluso niños y niñas de Bariloche, Villa La Angostura o Junín de los Andes, cuyos padres quizás trabajaban en zonas rurales alejadas de su casa y el albergue escolar les simplificaba la ecuación. 

Un cambio de decisiones y organización escolar determinó que ahora, solo concurran menores de determinada área geográfica, por lo que se redujo notablemente la matrícula e incluso hay solo dos niños en el albergue, con lugar para más de 20.

Los niños almuerzan en la escuela todos los días. Foto: Marcelo Martínez.

“Yo antes vivía en Bariloche, pero ahora me mudé y vengo a esta escuela”, dice Santino, un niño de 9 años que vive en Cuyín Manzano y no duda en afirmar que le gusta más vivir allí, “porque tengo más libertad, es más tranquilo”, resume con la reflexión digna de un adulto. 

Llegamos temprano, y como pasa en cualquier lugar en el que se conocen todos, un auto desconocido se reconoce al instante. Por la ventana de la escuela, vimos algunos rostros que observaron la llegada de gente que no vive allí.

Es la hora del almuerzo y mientras afuera llueve y hasta nieva en un invierno que se resiste a despedirse, en el comedor preparan la mesa para recibir la comida que cocinaron las trabajadoras de la escuela. 

La vida en las escuelas rurales transcurre de otra forma. Con otros ritmos y otros vínculos. En la mesa de los chicos, se sientan Santino, Hernán, Piuké y Awkin, los alumnos de la Escuela 11. También están Roberto y Natalí, los celadores, una figura que en las escuelas primarias de la ciudad no existe, pero que son quienes cuidan de los niños que viven de lunes a viernes allí.

Piuké será la egresada de este año. Vive allí durante la semana, junto a Awkin, su hermano, pero son de Paso Coihue. Dice que le gusta vivir allí, que extraña cuando se va. Es que la escuela, para ellos, es su casa. Con su hermano, dicen que al principio les daba miedo a la noche, pero que eso ya pasó.

Hernán es uno de los más pequeños de la Escuela 11. Foto: Marcelo Martínez.

Hernán habla poco porque le da vergüenza encontrarse con gente desconocida. Es uno de los más pequeños de la escuela y es de los niños que cruzan el río a pie o a caballo, ya que viven en poblaciones ubicadas en la otra margen del curso de agua del que lleva el nombre el paraje.  

Ya están los platos en la mesa y Hernán es el encargado de agradecer por la comida. Cada uno, lo hace a su modo y según su creencia. El pequeño, de seis años, dice un “gracias” bien audible, y se sienta a comer.

“Todavía se puede soñar y sostener las escuelas rurales”, dice con convicción Nancy Fuentealba, la directora de la Escuela 11 desde 2023. Antes, estuvo en un pequeño paraje de Junín de los Andes y antes en otro…lleva 26 años en la educación rural y asegura que no lo cambiaría por otro trabajo. 

La escuela, según afirma, tiene un rol fundamental en la vida comunitaria. En los pequeños parajes, de Río Negro, Neuquén, el sur o el norte del país, la realidad no es muy diferente. Muchas veces sin señal de celular ni de internet. A veces alejados de cualquier centro urbano, otras veces más cerca pero igual de dispares. Siempre, la escuela rural es el punto de reunión.

En Cuyín Manzano no hay señal de telefonía. Si bien ahora hay algunos pobladores que pudieron acceder a internet satelital, hasta no hace mucho tiempo, solo la escuela tenía Wi-Fi y antes de esto, equipo de radio para comunicarse con otras instituciones y no era raro ver, frecuentemente, que algún vecino se paraba en el ingreso a intentar tener señal y poder mandar un mensaje.

Los niños y docentes en el patio de la escuela. Foto: Marcelo Martínez.

“Acá, la escuela es la única institución pública”, cuenta Nancy. La jornada escolar comienza a las 9 horas y se extiende hasta las 17. En esas horas, los niños tienen clases y talleres, también desayunan y almuerzan y comparten el día a día.

Para quienes viven allí, la jornada es de 24 horas. También es un desafío para los docentes que conviven durante toda la semana. De Junín de los Andes, de Plottier, de Las Lajas, de Neuquén. Todos viajan semanalmente para trabajar y vivir de lunes a viernes en la escuela.

En la cocina y en el resto del edificio, también están Vivi, Mari, Laura y Vale. Algunas se encargan de cocinar, otras de la limpieza. Ellas viven en Cuyín y tienen distintos horarios, con el objetivo de que los niños que viven en el albergue siempre tengan comida caliente y un espacio en el que pasar los días.

Juan Aleman es docente hace 20 años en la escuela de Cuyín Manzano. Vio pasar distintas camadas de niños y ahora es maestro de hijos de quienes fueron sus alumnos incluso. Allí también conoció a quien es su compañera. Recuerda que cuando llegó, “no había nada, estábamos sin comunicación”. 

La escuela cuenta con amplios y lindos espacios para recibir a los alumnos. Foto: Marcelo Martínez.

“El día que empecé, llegué en colectivo hasta Confluencia, y de ahí entré caminando. Me atendió un auxiliar, me dio la presentación y me invitó un plato de tallarines con pollo”, recuerda. Desde ese día, no se fue más y ahora está a un par de años de jubilarse. 

“Creo que no cualquiera podría estar en este contexto, como yo no podría trabajar en la ciudad”, dice con convicción y agrega que el ritmo de vida, muchas veces, “no es fácil. El contexto rural y el ritmo de trabajo, es otra cosa”. 

Juan recuerda que cuando llegó, hace dos décadas, había alrededor de 30 chicos en el albergue. “Hubo muchos cambios a nivel provincial”, añade en relación con el contexto actual, en el que concurren muy pocos chicos, pero afirma que “las escuelas rurales tienen un rol muy importante, un rol social. Quisiera que siga el albergue en la institución”. 

“Es sacrificado”, coincide Natalí Haedo, la joven celadora que vive su primer año en Cuyin. Oriunda de Neuquén capital, asegura que el cambio de la ciudad al campo, es brusco, pero le gusta el camino elegido y eso se nota en su modo de hablar, en los abrazos que recibe de los chicos, en el cariño que le pone al día a día.

Roberto Olave es otro de los celadores que está desde hace ocho años en la Escuela 11. “Las escuelas rurales se hicieron para que pudieran educarse los niños de las familias que viven alejadas de cualquier pueblo. A veces hay distancias muy largas y eso se desconoce en la ciudad”, dice.

Nancy Fuentealba, directora de la Escuela 11. Foto: Marcelo Martínez.

“Cuando no vienen los chicos, se siente un vacío enorme. Yo espero que el albergue subsista y que puedan venir alumnos de otros lados, porque si no se cierran oportunidades para muchos niños que no pueden ir a otro lugar”, asegura. 

Así como la vida para los chicos que asisten y viven en escuelas rurales, es distinta a la de aquellas personas que viven en la ciudad, el trabajo de los docentes también lo es. Ellos también conviven, la mayoría de las veces, de lunes a viernes con sus compañeros laborales que se convierten casi en familia.

“Acá se vive todo muy distinto. Por ejemplo, las luchas, también son diferentes. Si hacemos paro, los chicos que viven en el albergue tampoco pueden venir”, relata Susana Gutiérrez, otra de las docentes de la Escuela 11, quien además remarcó que el mayor intento, es darles a los alumnos, las mismas oportunidades que tienen en las ciudades. “Ahora tenemos computadoras y hasta armamos un laboratorio”, cuenta.

Laura y Vivi, parte del equipo de auxiliares que llevan adelante la organización y limpieza del establecimiento. Foto: Marcelo Martínez.

“A veces salimos a caminar, tenemos taller de cocina, hacemos un montón de cosas. No me gusta irme, me gusta estar en la escuela”, dice Piuké quien en pocos meses, finalizará la primaria y luego, le tocará ir a la ciudad para seguir con los estudios secundarios. 

Los chicos son pocos, pero le dan vida a la Escuela 11, que supo albergar a cientos de pequeños pobladores rurales y de otros pueblos, que llegaban cada lunes para vivir su vida junto a los maestros y auxiliares, que la mayor parte del año, eran su familia. “La escuela es un laboratorio. Acá experimentamos la vida”, reflexionó una de las docentes. Así la recuerdan quienes fueron a esa escuela hace 80, 60 o 30 años y en ese predio, quedan todas las historias de quienes supieron ser protagonistas de cada año escolar. (ANB)

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