Cambio climático
El futuro de nuestros hijos e hijas ¿Qué nos preocupa y qué nos ocupa?
Por Irene Martín*
La preocupación por el futuro de hijos e hijas, seguramente, no sea algo exclusivo de estos tiempos. Cada generación de madres y padres habrá enfrentado distintas preocupaciones basadas en el presente que les haya tocado vivir y en un imaginario de futuro por venir.
Pienso en estos días sobre qué nos preocupa a quienes hoy tenemos hijos e hijas menores de edad. ¿Nos angustia pensar en su futuro? ¿A todos/as nos angustia lo mismo? ¿Qué hacemos frente a esos temores?.
Quienes tenemos la posibildad de cubrirles las necesidades básicas (alimentación, eduación, salud, etc.) uno de los aspectos que más contemplamos a futuro es el laboral, hacemos lo posible para darles las herramientas que les garantice un buen desarrollo profesional. Para ello, sabemos que es indispensable que tengan conocimiento de informática y de idiomas, fundamentalmente, de inglés.
Uno de los temores de la actualidad está relacionado con el papel que jugará la inteligencia artificial en un futuro no muy lejano y cómo impactará en sus vidas, especialmente, en la oferta de empleos. Es probable que los cambios que provoque esta transformación digital, que ya está en marcha, tengan aspectos positivos y negativos. Pensar en los posibles escenarios conlleva una gran incertidumbre.
Otro de los temas que provoca angustia en parte de la población está relacionado con el ambiente. Diversas cuestiones generan interrogantes sobre cómo será la situación ambiental en los próximos años. Entre esas cuestiones aparece como principal protagonista el cambio climático. Según una encuesta realizada durante 2022 en 36 países, incluyendo a la Argentina, más del 80 % de la población consideraba al calentamiento global como una grave amenaza para la humanidad (Fuente: https://www.voicesconsultancy.com/Informes/Estudio-Global-Cambio-Climatico-2022).
Ahora, ¿qué hacemos frente a esa preocupación? ¿Tenemos conciencia de la dimensión del asunto? O es un miedo difuso, frente al cual no sabemos qué hacer y optamos por ignorarlo.
Las actuales crisis ambientales como son el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y la degradación de los ecosistemas, que, además, están interrelacionadas entre sí, son temas que preocupan si pensamos en el futuro de nuestros/as hijos/as. Pero, a pesar de ello, no nos ocupamos de estos aspectos que afectarán significativamente a las futuras generaciones.
Es paradójico el hecho de que gran parte de la población que percibe al cambio climático como una amenaza, reconoce a las actividades humanas como la principal causa del cambio climático. Sin embargo, lejos estamos como sociedad de reaccionar y hacer frente a ella.
Una de las explicaciones sobre esa inacción podría encontrarse en que al ser una problemática global pensamos que nada podemos hacer desde lo individual. Sin embargo, somos parte del problema y tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Además, no todos los problemas ambientales son globales, muchos impactos los generamos en la misma ciudad donde habitamos, como la contaminación y la degradación de los recursos naturales.
Se puede visualizar esa responsabilidad al analizar lo que consumimos y los residuos que generamos, pero para ello tenemos que comenzar a hacernos preguntas. En cada compra que hacemos tomamos decisiones y existen una serie de interrogantes que podríamos hacernos: ¿necesito realmente este producto? ¿es la mejor opción en cuanto a los impactos ambientales que produce respecto a otra alternativa? Para evaluar si un producto es mejor que otro podemos observar la materia prima que lo conforma, sus envoltorios, su procedencia, etc.
En el mundo actual globalizado compiten productos locales con productos elaborados en países asiáticos e, incluso, con un precio menor a favor del importado. Pero, si consideramos los impactos ambientales, ese producto tuvo que viajar en barco hasta nuestras manos generando emisiones de gases de efecto invernadero. Siempre, al consumir productos locales disminuimos los impactos por el transporte de los productos.
Si las decisiones en una compra se basan sólo en la búsqueda del mejor precio, al menos sepamos que esa decisión conlleva responsabilidades ambientales.
Reconozco que no es fácil, la mayoría de las veces, identificar las mejores opciones ambientales, porque el sistema de consumo en el que estamos inmersos no invita a cuestionarnos sobre estos temas. Todo lo contrario. Pero debemos pensar que cada producto que compramos no sólo impactará como residuo al final de su vida útil, sino que tiene una historia en su origen, que para su producción se utilizó agua y energía, además de la materia prima que lo compone, ya sean minerales, derivados del petróleo, árboles o, una combinación de ellos.
No creo que la acción individual sea la solución para los problemas ambientales, pero sí creo que es una condición indispensable para generar cambios sociales. Es el primer paso para pasar de lo individual a lo colectivo. Y la clave está en comenzar a hacernos preguntas, es la forma de ir tomando conciencia sobre las problemáticas, darle dimensión, evaluar la gravedad del asunto. Luego, esa toma de conciencia debería hacernos actuar con mayor criterio, sin que nos sea indiferente.
A diferencia del escenario aún incierto que puede plantear el ingreso de la inteligencia artificial en nuestas vidas, los escenarios posibles frente al cambio climático han sido evaluados científicamente y dependen de las medidas de mitigación que se adopten en la actualidad. Es decir, de cuántos gases de efecto invernadero se seguirán emitiendo hoy, mañana, pasado mañana, el año que viene. Al paso que vamos, los escenarios son desalentadores y las consecuencias están superando a las predicciones.
¿Está en nuestro imaginario pensar que todo se resolverá con autos eléctricos, paneles solares y molinos eólicos?. ¿O los y las imaginamos enfrentando cada vez más eventos climáticos extremos como olas de calor, inundaciones, sequías, etc.?. Todo indica que vamos hacia este segundo escenario y que nuestros/as hijos/as se enfrentarán a situaciones para las cuales no les hemos dado herramientas porque no supimos o no quisimos imaginarlas. Muchos creíamos que la pandemia algún cambio iba a generar en nuestras conductas, pero nada pudimos capitalizar de esa experiencia global.
Tenemos que volver a conectarnos con nuestro ambiente, entender que no podemos seguir explotando recursos naturales a la velocidad que lo estamos haciendo, y para ello hace falta dejar de consumir a la velocidad que consumimos. Tal vez una de las cosas que podemos hacer por ellos/as en este momento es comenzar a hablar sobre estos temas, plantear nuestras dudas, pensar con ellos/as posibles soluciones. Porque si queda como una problemática oculta e ignorada, corremos el riesgo de que el enojo hacia nuestra generación sea aún mayor.
Este artículo es una invitación a tomar conciencia de que la situación ambiental es crítica y que ignorarla no nos salva, sino que afectará en mayor medida el futuro de nuestros hijos e hijas. Es una invitación a pensar, reflexionar, dudar y cuestionar, empezando por casa para, luego, pasar a reflexionar sobre nuestra forma de vida en las ciudades. Posteriormente, la acción será una respuesta a eso, porque tomar conciencia de los daños que les estamos generando a nuestros/as hijos/as debería llevarnos a actuar en consecuencia.
La situación es grave, muy preocupante y requiere que con urgencia nos ocupemos de ella.
Ecóloga Urbana y docente de Química Ambiental de la UNRN.
DNI 25.730.998