2015-06-14

Opinión / Eduardo Anguita

Berlusconi, el Papa, Putin y Cristina

Una semana marcada por la aparición y detención de Alejandro Burzaco, el acercamiento del Papa y Putin, pasando por la nueva reunión entre Francisco y Cristina.

Tal como había anticipado esta columna en la edición del 7 de junio, Alejandro Burzaco estaba en el norte de Italia. Se entregó el pasado martes 9 en la ciudad de Bolzano y uno de los dos abogados que asistieron al ex CEO de Torneos y Competencias representó en muchas causas penales al ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi. En efecto, Burzaco cuenta con el asesoramiento legal de Roberto Pisano, quien tendrá la difícil tarea de prolongar en el tiempo la decisión de la Justicia italiana sobre la extradición de Burzaco a Nueva York, donde la fiscal Loretta Lynch lo acusó de lavar dinero en bancos de Estados Unidos en el llamado Fifagate.

La gran pregunta, en este clima preelectoral argentino, es cuántas serán las tentaciones de “colaborar” con la Justicia norteamericana supuestamente para amortiguar la condena que le espera en ese país. De momento, Burzaco espera las alternativas de su causa en una casa de campo que alquiló en las afueras de Bolzano. Es curioso: se dice que podrían darle hasta 30 años de prisión en Estados Unidos y la celeridad del juez de Bolzano: solo lo tuvo preso tres horas hasta darle la prisión domiciliaria.

Que Burzaco comparta abogado con Il Cavaliere, que acaba de vender el 48% de las acciones del Milan a un empresario tailandés, no sorprende a un lector argentino, porque eso es propio de la lógica del mundo de los negocios. Sin embargo, es más complejo entender cuáles pueden ser las razones que llevaron a Berlusconi, al día siguiente, a esperar al pie del avión presidencial a Vladimir Putin, el mismísimo presidente de Rusia convertido en la bestia negra de la reunión del G7 en Alemania el fin de semana pasado. En efecto, Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Japón, Gran Bretaña y Francia hicieron un frente unido para endurecer sanciones económicas a Rusia con la excusa de la decisión –soberana– de Crimea de separarse de Ucrania tras el golpe de Estado del año pasado que habilitó las elecciones en las que ganó el poderoso empresario prooccidental Petro Poroshenko.

La compleja Italia. Curiosamente, Italia es el séptimo país que integra ese club de naciones, pero su primer ministro Matteo Renzi se desmarcó de las sanciones a Rusia y se diferenció de los efímeros socios del fin de semana en un encuentro liderado por Barack Obama y Angela Merkel. No solo eso, sino que Renzi se reunió con Putin tras el encuentro que el presidente ruso tuvo con su archiadversario Silvio Berlusconi. Cualquiera que mire la realidad política italiana, podrá decir que el nuevo primer ministro, líder del Partido Democrático –una alianza de democristianos, socialistas y comunistas–, es la contracara de Il Cavaliere, una mezcla de fascismo del siglo XXI con un ojo puesto en Washington y otro en los empresarios del potente norte italiano. Y la respuesta a la pregunta de por qué Putin, Berlusconi y Renzi estaban tan unidos el pasado miércoles no tiene misterios: intereses, puros intereses, que son el motor principal de la política.

Muchas empresas italianas tienen fuertes lazos con Rusia y en tiempos de vacas flacas en Europa, se hace fuerte el multilateralismo: en vez de sancionar a Rusia, conviene fortalecer los vínculos con ese país. Así como en el norte de Italia hace casi un siglo se inició el comunismo italiano en las grandes fábricas, décadas después, la Fiat se instaló en territorio soviético. La primera planta de la empresa de la familia Agnelli se instaló a orillas del Volga en 1964 y se llamó Palmiro Togliatti, en memoria del secretario general del Partido Comunista italiano que acababa de morir. Es decir, en las relaciones con Moscú pueden entenderse los ex comunistas y los ex fascistas.

La gran pregunta es si realmente el liderazgo financiero, militar y político de Estados Unidos está en proceso de extinción y si estos intentos de multilateralismo pragmático son la antesala de una adecuación pacífica de los poderes mundiales. El otro escenario, tal como lo plantea el mismo Papa Francisco entre otros líderes mundiales, es que “vivimos una guerra mundial en pedazos, en un mundo que respira un clima de guerra” tal como dijo el pasado sábado a los periodistas que lo acompañaron en su visita a Sarajevo del sábado pasado. “Hay quienes fomentan este clima –siguió Francisco– mediante el enfrentamiento entre culturas y civilizaciones y también especulando con la venta de armas. Algunos poderosos de la Tierra hablan de paz pero por debajo venden armas”. Sin pelos en la lengua, el jefe del Vaticano señaló a Estados Unidos.
Ese mismo miércoles, tras asistir a la Expo Milán, Putin subió al avión y se bajó en Roma para que raudamente la caravana de autos de custodia lo metiera en la Via Della Conciliazioni, que desemboca en la Piazza San Pietro. El presidente ruso llegó una hora tarde a la reunión con el Papa y las fotos de ambos juntos dieron vueltas por la prensa planetaria.

¿Qué dirá el Santo Padre? Los motivos de acercamiento entre Francisco y Putin no son de abstractos intereses geopolíticos. Uno de los principales soportes del presidente ruso es la Iglesia Ortodoxa y el Papa es el gran promotor del diálogo interreligioso mundial. Tres días antes de ver a Putin, en su encuentro con Cristina Kirchner, Francisco le obsequió un ícono de una virgen de la ternura de la catedral rusa de Vladimir. El guiño de un especialista en carambolas: al Vaticano le sirve para tirar puentes hacia Rusia y a Cristina para consolidar los vínculos con Moscú.

Nada podría hacer pensar que el Papa tenga nostalgia por un comunismo tardío. En primer lugar porque Rusia está enfocada en su alianza con China, a la que proveerá gas y petróleo por décadas de acuerdo al convenio que firmaron en mayo de 2014 y gracias al cual recibió un swap multimillonario para amortiguar los efectos de la caída del precio del crudo. Pero, en segundo lugar, porque la Gran Francisco es hacer un puente entre Obama y Putin.

Quienes conocen al Papa en la intimidad dicen que ésa es su apuesta y habrá que prestar atención a la próxima reunión de Naciones Unidas que se llevará a cabo en Nueva York en septiembre próximo. Será a 70 años de la fundación de un organismo que parece más muerto que vivo. En ese encuentro deberán evaluarse si se cumplieron las llamadas metas planteadas en 2000, cuando la ONU se propuso bajar a la mitad la cantidad de hambrientos, entre otras cosas y que, salvo que consigan dibujantes en estadística, quedará claro que ni por asomo se llegó a reducir la pobreza en el mundo. En esa oportunidad, será la primera vez que hable un Papa en la sesión plenaria. Y este año se desarrolla la Cumbre Especial sobre el Desarrollo Sustentable, uno de los temas clave para cuidar al planeta de la deforestación, el hambre, el agua y nada menos que los controles a las industrias contaminantes que producen el efecto invernadero.

En este contexto, cobra especial interés conocer el texto de la encíclica Laudato si (Alabado seas), que lleva el sello del Papa y que el Vaticano dará a conocer el próximo jueves 18. Quienes conocieron algunos borradores afirman que será un golpe durísimo contra las grandes multinacionales y los gobiernos que no firman los protocolos de protección ambiental. Pero también habrá párrafos para la megaminería, los agronegocios y las empresas como Monsanto.

Cristina. La duración de las audiencias con el Papa no debe ser tomada como los puntos de rating. Sin perjuicio de ello, no pasa desapercibido que Francisco y Cristina compartieron casi dos horas el pasado domingo 7 de junio. La próxima sesión de Naciones Unidas será la última en que la presidenta argentina haga uso de la palabra en ese foro. Y lo hará tras un evento que tendrá un gran impacto en América latina, como será la visita del Papa a Cuba. Algunos recordarán lo que pareció una muestra de desparpajo: el 20 de enero de 2009, cuando Obama asumía por primera vez la presidencia, Cristina no fue a Wa­shington sino que se quedó en La Habana, donde se había reunido con Fidel Castro.

En aquella oportunidad, la prensa registró las críticas de la Presidenta al bloqueo. Ahora, casi seis años después, y a tres meses de concluir su segundo mandato, Cristina se podrá dar el gusto de asistir a la capital de Cuba cuando el Papa visite la isla. Además, ella cruzará desde La Habana hasta Nueva York para ser parte de ese momento histórico para América latina en el que se avance un paso más para la integración de Cuba al sistema panamericano y, sobre todo, para que termine el bloqueo. No se sabe si fue visionaria, pero sin duda se trata de un mérito en la búsqueda de algo que muchos llaman multilateralismo pero que pocos pueden definir en qué consiste. Por de pronto, para llegar a ese mundo desconocido es preciso desafiar al poder establecido. Será interesante escuchar si los aspirantes a la Casa Rosada están dispuestos a poner los puntos sobre las íes en esta materia.

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