Scioli, Macri y Massa: el show debe seguir
En los medios, sin padrinos visibles, Tinelli logró algo que no estaba pensado para este esquema binario de propios y ajenos en plena batalla por la ley de medios: venderle su productora al zar del juego y empresario K Cristóbal López, al tiempo que Showmatch quedaba en la pantalla del Grupo Clarín. En el fútbol pasó de ser aquel notero simpático de Radio Rivadavia, en 1975, al que, cuatro décadas después, se sienta en condiciones de suceder nada menos que a Julio Grondona en la AFA, pese a no tener la antigüedad requerida por los estatutos.
Tinelli hizo gala de su simpatía en los días previos al estreno de la temporada 2015 sólo para confirmar que sus reuniones con figuras de poder como Máximo Kirchner están encaminadas a ser el mandamás del fútbol. Lo que el astro de la televisión puede ofrecer, a cambio de “estar habilitado” para que la asamblea de la AFA le permita suceder a Luis Segura, no tiene muchos secretos: Tinelli también es parte del poder, es amado y temido como el resto de los que pueden hacer favores o dejar a alguien en la estacada.
En junio de 2009, Francisco de Narváez hizo una elección sobresaliente en las legislativas del distrito bonaerense por el espacio que tuvo en Showmatch. Así dice un mito urbano que ningún cientista político puede confirmar o desmentir. Había ganado alica alicate, había ganado Tinelli. Néstor Kirchner decidió no ir al estudio del programa y apenas salió por teléfono en la parodia de Gran Cuñado. Seis años después, en un mar de lugares comunes, el sentido común de la comunicación política les indica a oficialistas y opositores que nada de salir, menos aún chicanear a Marcelo –como hizo Néstor aquella vez– si tiene a sus empleados “en blanco” porque si no le iba a caer Carlos Tomada con los inspectores.
Pasaron los años, y más allá de los desencantos o entusiasmos, la Argentina tiene la misma cantidad de trabajadores no registrados que en 2009, y Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa fueron a bailar al compás de los sueños de Marcelo. Es casi de manual: así como la AFA tiene un reglamento, los precandidatos con mayor intención de voto podrían –y deberían– tener unos acuerdos mínimos para que su poder no sea tan mínimo. Sus jefes de campaña podrían haberse puesto de acuerdo y haber propuesto al astro televisivo algún formato que no le quitara los 30 puntos de rating al tiempo que la gente se enterara de que además de ser pintones y tener esposas lindas y elegantes, quieren y saben cómo gobernar el país.
Así las cosas, no sorprendería a nadie que Tinelli mañana crea conveniente para su programa que las aspirantes a primeras damas se plieguen a bailar por sus sueños. En un país donde nunca hubo debates de aspirantes a la Casa Rosada, pueden suceder muchas cosas que ayuden a conjurar un encuentro entre esos precandidatos –más Florencio Randazzo, Margarita Stolbizer, Ernesto Sanz, Jorge Altamira y otros más–, para que contesten ante un panel de académicos y periodistas más líderes sociales qué piensan sobre seis o siete puntos neurálgicos. De esa manera, además de entretenerse, algunos millones tendrían alguna pista acerca de qué quieren hacer a partir del 11 de diciembre.
Tinelli, tras la inauguración triunfal, fue a almorzar con Julito Grondona a la sede de la AFA. Elemental, Watson. La espectacularización de la política es algo trillado en los ambientes académicos pero la hipocresía indica que lo chabacano se rechaza en el salón y se disfruta en el dormitorio. La banalización de la cosa pública es difícil de sostener con argumentos racionales. Pero más importante que divagar sobre aspectos estéticos es saber qué prometen en términos de planes económicos y de gestión. El país mejoró de modo notable si se lo compara con la Argentina en 2003, pero tiene una economía reprimarizada y mantiene altos grados de desigualdad social. Un reciente informe del Ministerio de Trabajo (Memoria de los doce años de gobierno) destaca que, en 2002, había apenas algo más de seis millones de trabajadores registrados con una desocupación del 25%, a fines de 2014, los empleos en blanco se duplicaron y el desempleo se redujo al 7%. La mayor parte de este crecimiento del empleo estuvo impulsado por el sector privado. En efecto, los datos correspondientes al Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) del Ministerio de Trabajo muestran que el sector público explicó apenas un 19%, mientras que el 50% es “empleo asalariado registrado”.
El informe, no obstante, señala que una cuarta parte de los puestos creados en estos años son de monotributistas, es decir, empleo precario. Otra buena parte de los trabajadores informales no tiene siquiera inscripción alguna. ¿Cuál es la presunción fundada de lo que viene? Ni más ni menos que un proceso de ajuste, velado quizá, que ponga por delante los valores del mercado y que ponga a la justicia social como algo muy aburrido, algo que debe quedar en el arcón de los recuerdos. Respecto del argumento blandido por los economistas liberales sobre la incidencia de los aumentos salariales como factor contrario a la competitividad, comparado con 1998, la productividad laboral aumentó un 6% y respecto de 2003 un 35%. ¿Es mucho? ¿Es poco? El gran problema es la disparidad absoluta. Es la dificultad de integrar sectores donde la rentabilidad es alta y otros donde la inversión no deja ganancias. Es allí donde el debate de ideas y propuestas no tiene nada que ver con el marketing político. Por supuesto que sería ilustrativo que los precandidatos, pasada la etapa de inscripción de precandidaturas, se sometieran a debates serios, con una agenda consensuada, en universidades públicas de distintos lugares del país, con un reglamento y sistemas de preguntas a cargo de periodistas y académicos que puedan televisarse con un cronograma que contemple todas las pantallas.