2014-05-03

¿Qué Patrimonio Cultural conservamos? Prioridades de una ciudad excluyente

La acepción del Patrimonio Cultural se restringió a ciertos bienes materiales tales como monumentos, "casas históricas" y producciones artísticas destacadas. Durante fines del siglo XIX y principios del siglo XX el Estado argentino se transformó en una máquina de imponer identidades que neutralizó las diferencias regionales y pretendió una homogeneización cultural. ¿En qué pensamos y qué cuidamos en Bariloche cuando hablamos de Patrimonio Cultural?. Una nota de Daniel Fuentes.

En el proceso de construcción de la historia local/regional, ha sido una constante la transmisión y cristalización de un tipo de historia cargada de imágenes estáticas e impolutas, de salvadores y "civilizadores" indiscutidos, "ficciones orientadoras" y mitos que contribuyeron a borrar los aspectos negativos o conflictivos del pasado y del presente. Este relato –consolidado a finales de los años sesenta, en pleno contexto autoritario- erigió con el tiempo un concepto de identidad y cultura entendidas como entelequia, por lo cual, desde esta perspectiva, identidad y cultura sólo existieron en un pasado ideal sin conflictos, cuyos elementos valiosos son la única referencia a seguir, y que tiene en la frase "Bariloche no tiene identidad", su principal correlato.

Entiendo que toda cultura puede ser analizada más allá de la herencia y de la tradición ya que éstas siempre se condicen con un determinado recorte del pasado. Por lo tanto vale prestarle atención al fenómeno cultural como desviación, transformación y cambio permanentes. En el caso de nuestra ciudad, quienes vivimos en ella deberíamos abandonar la inútil búsqueda de la esencia, el lamento vano por el paraíso perdido, el temor por los nuevos "aluviones" y las nuevas manifestaciones culturales. La identidad es mucho más que un paisaje de elementos estables y diversos, por lo que, comprender el Patrimonio Cultural en una sociedad como la de San Carlos de Bariloche, es hablar de un conjunto de estrategias para generar o mantener límites o privilegios, para cohesionarse y defenderse de agresiones externas o para excluir competidores de la estructura del poder.

De la misma manera que la identidad tiende a ser asimilada a raíces inmóviles, los bienes culturales son muchas veces considerados ajenos a los conflictos sociales y a las luchas por imponer una determinada visión del pasado. Así como las tradiciones suelen ser inventadas y las "ficciones orientadoras" marcan ideológicamente horizontes a seguir, los elementos "dignos" de ser conservados no son ajenos a los intentos de imponer procesos de desarrollo desigual en nuestros espacios.

A pesar de que hace unos años el significado de Patrimonio Cultural se está ampliando al compás de los procesos de reconocimiento y autoafirmación de la diversidad cultural, desde las esferas oficiales y corporaciones privadas dedicadas a la preservación del Patrimonio Cultural aún perdura una concepción restringida de los bienes culturales que los reduce al significado de acervo, entendido éste como aquellas expresiones "dignas" de ser conservadas. Durante muchos años, tanto en Bariloche como en muchas de las ciudades turísticas de América Latina, predominó una definición de cultura vinculada a las bellas artes y a los procesos creativos individuales y con ello, la acepción del Patrimonio Cultural se restringió a ciertos bienes materiales tales como monumentos, "casas históricas" y producciones artísticas destacadas. En esta línea, el criterio de selección que define el Patrimonio Cultural lo da la antigüedad, su monumentalidad, sus atributos estilísticos o estéticos en el marco de un determinado proceso histórico donde el diseño urbano coincide con la orientación económica que se elaboró desde los sectores de poder. De esta manera, y como vimos anteriormente, quienes acuerdan con este enfoque consideran a la identidad como algo objetivable, fijo e inmutable y al patrimonio como una cuestión exclusiva de especialistas y técnicos. A esto le agregamos que, durante fines del siglo XIX y principios del siglo XX el Estado argentino se transformó en una máquina de imponer identidades y su característica central fue la imposición de un modelo europeizante, que neutralizó las diferencias regionales y pretendió una homogeneización cultural.

El Patrimonio Cultural de un pueblo comprende tanto las obras de sus artistas, arquitectos, músicos, escritores y sabios, así como también las creaciones anónimas, surgidas del alma popular, y el conjunto de valores que dan sentido a la vida, es decir, las obras materiales y no materiales que expresan la creatividad de ese pueblo; la lengua, los ritos, las creencias, los lugares y monumentos históricos, la literatura, las obras de arte y los archivos y bibliotecas. Por ello se hace necesario que el Estado promueva medidas de "salvaguardia" encaminadas a garantizar la viabilidad del patrimonio cultural inmaterial, comprendidas la identificación, documentación, investigación, preservación, protección, promoción, valorización, transmisión -básicamente a través de la enseñanza formal y no formal- y revitalización de este patrimonio en sus distintos aspectos.

Nuestra sociedad demanda la inclusión de las producciones culturales de los sectores populares, de colectividades, de pueblos originarios que les permita peticionar por una mayor inclusión social y participar del proceso de decisión, implementación y repartición de los beneficios de las políticas culturales oficiales. Desde hace años, quienes actuamos en la educación pública propusimos en establecer un calendario de festividades, celebraciones y rituales a la manera de algunas ciudades de América Latina. Entre las actividades que se omiten del calendario "cultural" oficial se cuentan, por ejemplo los cumpleaños de los barrios, las fiestas populares, las fiestas de las colectividades latinoamericanas, fenómenos religiosos como la procesión a la Virgen de las Nieves y celebraciones de pueblos originarios. Si bien una cultura es esencialmente un patrimonio colectivo, producido por el conjunto de la sociedad, el acceso de las clases sociales a ese patrimonio es diferenciado, así como es diferente también la contribución de los diversos grupos sociales a la construcción de aquella obra colectiva a causa de la división social del trabajo, de las diferencias regionales y tradiciones históricas. Es por ello que es imposible centrarnos en el análisis de los bienes culturales patrimoniales, aislados de su proceso de producción y circulación social; por lo tanto debemos reconocer su dimensión social, esto es, la selección arbitraria, filtración y jerarquización de bienes para conferirles la calidad de "preservables" en función de intereses variados, además de los conflictos que atraviesan tanto la selección como los significados que les atribuyen diferentes receptores.

Si seguimos manteniendo una concepción de patrimonio cultural estática y rígida no haremos más que reforzar las desigualdades naturalizándolas, al darles el soporte institucional que las legitima. El Patrimonio Cultural está asociado cada vez más al turismo, la sustentabilidad, los medios masivos de comunicación y los derechos de la humanidad. Darle impulso a las fiestas, rituales y ceremonias es una forma de reflejarnos ante los otros como un polo cultural que rescata lo propio, le da valor y lo devuelve al centro de la escena para mostrarse atractivo e identificable ante vecinos y visitantes. Tener presente esto permite develar las políticas de "la tradición" y allanar el camino a la lucha permanente por ampliar el patrimonio valorado con el objeto de que puedan reconocerse otros grupos sociales, otras voces que pugnan por pluralizarlo para que abarque no sólo los bienes producidos por las élites, sino también los populares; no sólo los tangibles, sino también los intangibles; no sólo lo producido por el hombre, sino también los recursos naturales y actualizarlo para que se extienda no sólo a lo creado en el pasado, sino también a bienes y expresiones culturales del presente.

Realizar registros e inventarios de las diferentes manifestaciones de la cultura inmaterial que contribuya al mejor conocimiento, conservación, transmisión y promoción de las mismas; trabajar con colectivos de inmigrantes de las diversas culturas existentes; con alumnos de escuelas y organizaciones sociales como productores de cultura; realizar estudios investigativos de campo con informantes y practicantes de grupos y comunidades tradicionales, permitirá enriquecer los repertorios artísticos y darle así la posibilidad de devolverlos a la población para su disfrute.

Durante muchos años la política cultural de San Carlos de Bariloche navegó a la deriva y sin una apropiación de su pueblo con el bello entorno natural: muchos barilochenses no conocen los principales circuitos turísticos, ciudad en la cual el medio ambiente no puede obviarse como parte de la cultura y de los proyectos económicos que le han dado forma. El entorno –como eje de la economía local– necesita de acciones claras y concretas fruto del debate de amplios sectores sobre generación, difusión y construcción de políticas de Patrimonio Cultural. Sin dudas que un tema a resolver en adelante será de qué forma llevar a cabo una política turística culturalmente sustentable cuando las alternativas varían entre la rigidez extrema de un pasado ahistórico, que niega los cambios del presente, y la voracidad de los grupos económicos que pretenden una modernización excluyente a costa de la memoria viva del pasado. Creo que un posicionamiento claro de la política cultural es también una posición clara sobre el acceso a derechos fundamentales, en el sentido de generar una historia más inclusiva y, lo que es central en este nuevo aniversario de la ciudad: que un concepto restringido de Patrimonio Cultural es funcional a una visión estática y cristalizada de la historia local, que en ocasiones pretende ocultar o negar las diversas manifestaciones culturales de los sectores populares y del pleno ejercicio de sus derechos en el presente.

Daniel Fuentes es Historiador y docente de Patrimonio Cultural, ejecutor del proyecto Memoria y Patrimonio del CEM 44 institución ganadora del premio nacional Escuelas Solidarias 2013 por el proyecto Memoria y Patrimonio, recientemente reconocido por el HCD de Bariloche.

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