El compromiso político y la dimensión histórica en las escuelas
Las evocaciones, en un primer momento fueron llevadas adelante por una política estatal de memoria, y luego mantenidas por la presión de un amplio movimiento social que re significó la fecha y denunció los crímenes aberrantes cometidos desde el Estado. Es por ello que la mayor victoria en esta lucha sea, tal vez la revalorización de la movilización social en las sociedades, de su evocación y homenaje, pero sobre todo de su práctica cotidiana como alternativa de cambio estructural.
Esta fecha en especial es, ante todo, un momento privilegiado para el análisis de la tensión entre la reiteración de rituales (que reflejan continuidades identitarias y de sentido) y las fracturas, cambios y transformaciones en las prácticas y significados de la conmemoración. Las operaciones de recuerdo y olvido ocurren en un momento presente, pero con una temporalidad subjetiva que remite a acontecimientos y procesos del pasado. Estas a su vez cobran sentido en vinculación con un horizonte de futuro.
Las memorias sociales se construyen y establecen a través de prácticas y de registros. Son prácticas sociales que se instalan como rituales, pero éstas no están cristalizadas para siempre una vez que fueron instaladas, ya que su sentido es apropiado y reelaborado por actores sociales diversos, de acuerdo a sus circunstancias y al escenario político en el que se desarrollan sus estrategias y proyectos. Por eso es fundamental hablar de la dimensión histórica de las memorias.
Los actos escolares son, en esta instancia, una oportunidad para llenar de sentido a las conmemoraciones, de preguntarnos sobre las responsabilidades pasadas y presentes, de valorar los proyectos colectivos y el compromiso político. Y esto remite a un tema soslayado a menudo en las efemérides: la necesidad del compromiso institucional como soporte del acto escolar. La reacción contra el formato del acto tradicional en docentes y alumnos obedeció, en gran parte, a la repetición de esquemas formales y "ultra" solemnes en el marco del relato hegemónico de una historia sesgada, blanca, europeizante, incuestionable y esencialmente chauvinista en la utilización que las dictaduras y gobiernos autoritarios hicieron de conceptos como "patria" y "nación". En concordancia con esta línea conmemorativa aún se observa en muchas instituciones el reparto de los diversos actos académicos más o menos al azar y como una obligación burocrática a cumplimentar. Ante esto, creo que es fundamental convertir a algunos actos (entre ellos el Día de la memoria por la Verdad y la Justicia) en una construcción colectiva e institucional. El "algunos" remite a la capacidad de la comunidad escolar en seleccionar con antelación las fechas que se consideren más representativas de acorde con el contexto social en el que se trabaja. La labor conjunta y la organización por parte de alumnos y padres le otorgará nuevos significados a la fecha y contribuirá a plantear el por qué, el para qué y el con quiénes del acto escolar, sin los cuáles la oportunidad de acrecentar conocimientos sobre nuestra historia se diluye. La participación de los alumnos, no docentes y padres es fundamental para el "éxito" del acto. Éxito medido no ya en la atención o el disciplinamiento a partir del silencio logrado- entendido falsamente como "respeto"- sino en su evocación significativa. Teniendo en cuenta que el proceso de adquisición del conocimiento es gradual, es ineludible pensar en etapas o grados como estrategia de tal adquisición que contribuya a que los jóvenes y adultos se piensen a sí mismo, como protagonista del presente, de la historia en curso.
Una fecha como la que nos ofrece el 24 de marzo deberá servir para borrar del imaginario docente la idea del acto como ritual individual o propio de los especialistas del área sociales, la eliminación de frases tales como "no fuimos preparados para esto" o "no puedo organizarlo porque no soy profesor de historia". Si bien es cierto que en la medida en que se cuente con el apoyo y acompañamiento de los docentes del área sociales la labor debería ser aún más fructífera, vale un llamado de atención sobre la escasa importancia que desde los institutos de formación docente y universidades se le ha dado a la historia reciente ya que no hay una práctica coherente con lo que se quiere transmitir: si se pretende un alumno crítico, participativo y responsable que luche por sus derechos y conozca sus deberes- frase recurrente en los objetivos institucionales de cualquier escuela- difícilmente se logrará tal fin con un docente des comprometido o adormecido como sujeto político. No se puede enseñar lo que no se ejercita: la participación política en toda su dimensión.
La conmemoración del Día de la Memoria debe tener como uno de sus propósitos centrales hacer visibles las motivaciones económicas que alentaron a todos los golpes de Estado y a desterrar la herencia autoritaria profundamente arraigada en nuestro sistema político. Es una oportunidad para interpelar a la sociedad y especialmente a la comunidad escolar (empezando por los docentes) para que ésta se piense a sí misma con sus propias experiencias políticas que, como tales, no son prístinas, sino que están mediadas no solo por visiones hegemónicas del pasado y del presente, sino también por un arsenal de nuevas formas de (in) comunicación. Y lo que es aún más importante: no debemos desvalorizar la experiencia de los alumnos que, aunque muchas veces se nos presente escasa, es valiosa por su propia escasez, es significativa porque en sus ausencias nos habla de un mundo "adulto" que hizo poco por devolverle a la política su valor público, porque en definitiva los padres y docentes son hijos de su tiempo, de la historicidad concreta y de sus efectos, de una época signada ya sea por el vaciamiento neoliberal, la corrupción, la entrega de los resortes económicos por parte del Estado a los conglomerados financieros nacionales e internacionales o la bastardización del término política.
A la memoria hay que "historizarla". Es decir, analizar el paso del tiempo, el cambio en los actores que recuerdan y olvidan en cada momento y período; y en los climas políticos en que se desenvuelven las prácticas de conmemoración. El ejercicio de analizar los años oscuros del terrorismo estatal nos conduce al horror de la represión, la tortura y las masacres. Al respecto, creo que es necesario plantearse cómo enseñar a los niños el horror y las huellas morbosas de la violencia, considerando que otros tipos de violencia estructural forman parte de la vida cotidiana de nuestros alumnos. Pero también ocurre que el riesgo del tratamiento exclusivamente centrado en el horror es el de concluir que la solidaridad no vale la pena y que la militancia política es sinónimo de muerte; el riesgo de pensar que nada ha cambiado, que todo sigue igual y que la lucha no tiene sentido. En la actual coyuntura latinoamericana- la ausencia de juicios contra dictadores sanguinarios en Centroamérica, la larga espera de justicia en Chile y aún en Brasil- debemos valorar los avances que las luchas sociales continuas- y la decisión política concreta- han logrado en nuestro país los juicios contra los principales responsables del terrorismo de Estado, pero también alertar sobre el tema irresuelto de los desaparecidos en democracia.
En cuanto a las proyecciones actuales del autodenominado "proceso", también hay que remarcar que únicamente historizando la memoria se podrá plantear relaciones con el presente. El presente suele ser incómodo porque nos desafía constantemente con sus problemas candentes, sobre hechos que nos impactan directamente y día a día. En cambio al pasado es posible estudiarlo y analizarlo a la distancia, con la que nos valemos para juzgar los hechos desde una óptica diferente. Por ello, en ocasiones resulta incómodo asimilar problemas actuales con la evocación de la última dictadura, tales como la violencia estatal en sus diversas manifestaciones y la violencia privada en su arremetida contra los derechos populares en el presente. De ese presente son las voces que nos piden a los docentes asumir o profundizar el compromiso político. Enseñar historia- o simplemente enseñar -es meterse con el poder. Esto es fundamental si queremos ocuparnos de temas complejos como la conmemoración del 24 de marzo y enfrentar el debate responsable, no con la intención de cerrarlos, sino con la más saludable y democrática costumbre de abrirlos.