Rajá, turrito, rajá
Hay
lecturas que nunca terminan y existen textos a los que es
indispensable regresar de tanto en tanto. No se pueden abandonar. La
sentencia del título debe ser una de las más famosas y reconocidas
de toda la literatura argentina. No requiere de mayores
explicaciones, es contundente, lapidaria, final y deja una especie de
sensación ridícula y desamparada en quien la recibe. Tanto es así
que el gran David Viñas
-escritor, historiador, ensayista y notable polemista, quien murió
recientemente- caminaba por la calle Corrientes, en Buenos Aires, con
una remera con esta leyenda estampada en el pecho: "Rajá,
turrito, rajá".
Viñas,
en varias oportunidades, explicó que tanto Roberto
Godofredo Christophersen Artl
como sus personajes transitaban senderos en los que, poética y
filosóficamente, la idea de Dios no existía. El escriba y sus
fabulaciones habían sido prolijamente abandonados por las
divinidades. Incluso las urbanas.
La
frase es una respuesta que el farmacéutico Ergueta, sentado en un
bar de Perú y Avenida de Mayo, le lanza en la cara al casi
desesperado Remo Erdosaín. Ambos forman parte de la galería de
personajes que Roberto
Arlt imaginó para su
extraordinaria novela Los
siete locos, publicada
originalmente por Editorial Latina en 1929. Erdosain, un gris
cobrador de una compañía azucarera, es acusado de robar 600 pesos
y siete centavos. "Y
lo asombroso para Erdosain no consistía en el robo, sino en que no
se revelara en su semblante que era un ladrón... Cuando tuvo la
idea, cuando una pequeñita idea lo cercioró de que podía defraudar
a sus patrones, experimentó la alegría de un inventor. ¿Robar?
¿Cómo no se le había ocurrido antes?".
Erdosaín,
casado con Elsa, sufría la falta de dinero en una Buenos Aires (y un
país) cosmopolita, hija de la Ley de Educación de 1883, de la Ley
Sáenz Peña y de las desigualdades, que se preparaba para ser el
escenario del primer golpe de Estado que sufriría la Argentina.
Moría el yrigoyenismo. Comenzaba la Década Infame, retornaba el
fraude y la llamada "república restrictiva". Erdosain, conminado
por sus jefes para presentarse con la plata y los recibos, deambula
por la ciudad en busca de una solución. Necesita dinero. De lo
contrario, irá a la cárcel. El azar lo encuentra con el
farmacéutico Ergueta, un tipo absurdo y mefistofélico, transformado
en un fundamentalista cristiano, que habla de revoluciones sociales
que no explica y que se casó con una prostituta para expiar su
espíritu y cumplir con los ritos. Le cuenta su drama y lo manguea.
"Rajá, turrito,
rajá". Y Erdosain
huye, avergonzado. Va al encuentro de el Astrólogo, un extrañísimo
y cínico sujeto que piensa en otra revolución (no se sabe si
fascista o comunista, aunque parece estar claro que se tratará de
una sociedad totalitaria en la que la tecnología tendrá un papel
fundamental) a la que piensa financiar a través de la explotación
de mujeres y de prostíbulos. Aparece, justo allí, otro personaje
extravagante: el Rufián Melancólico, cuyo verdadero nombre es
Arturo Haffner, viejo profesor de matemáticas que comparte algunas
de las ideas del Astrólogo (aunque fundamentalmente está aburrido
de casi todo) y también es un
cafishio: vive de las
mujeres, de las putas, y hasta se propone prostituir a una ciega. Él
formará parte del intento, será el administrador de la cadena de
prostíbulos, y resuelve, por el momento, el problema de Erdosaín.
Antes, durante y después, está Barsut, primo de la mujer de Remo, a
quien odia y detesta. Todos se detestan. No está enamorado de Elsa:
sólo quiere humillarla. No la ama, no la desea, no pretende robarle
la mujer a Erdosain. Quiere ridiculizarla. Y es él, Barsut, quien
denuncia a Erdosain a la compañía azucarera. Barsut, que le
obsequia a Erdosain una brutal e inexplicable paliza cuando confiesa
la delación, es la imagen de una obsesión. Todo es una miseria, una
colección de extraordinarios personajes miserables, solos, dementes
citadinos, soñadores absurdos y peligrosos, desesperados acaso,
imaginados por un Arlt
-hijo de inmigrantes
y con estudios primarios incompletos- que, como todos, no tiene otra
alternativa que la de ser fatalmente contemporáneo, un sujeto de su
tiempo y de su circunstancia, que resuelve su literatura de manera
brutal (en el sentido poético del término) Erdosaín, atormentado
pero cerebral, resuelve secuestrar y asesinar a Barsut. La sentencia,
la trampa, la fábula, el conflicto, la probable estafa, la mentira,
están planteadas. Elsa ya ha abandonado al angustiado y metafísico
Erdosaín: "¿Qué
importa que yo sea un asesino o un degradado? ¿Importa eso? No. Es
secundario. Hay algo más hermoso que la vileza de todos los hombres
juntos, y es la alegría. Si yo estuviera alegre, la felicidad me
absolvería de mi crimen. La alegría es lo esencial. Y también
querer a alguien..."
Arlt
crea un mundo fabuloso y atroz, en el que el argumento y la trama
están íntimamente relacionados con los personajes. Los
siete locos es una
inimitable novela de personajes atormentados por su existencia, todos
encerrados en un laberinto genial. No es casual que se trate de un
texto clásico, canónico, por motivos distintos -pero también
inobjetables- por los que El
Aleph de Jorge
Luis Borges, por
ejemplo, está también en el mismo anaquel de la misma biblioteca.
Dice Erdosain, inmerso en su propio soliloquio: "...Si
ahora viniera un dios y me preguntara: ¿quieres tener fuerzas para
destruir la humanidad? ¿Yo la destruiría? ¿La destruiría yo? No,
no la destruiría. Porque el poder hacerlo le quitaría interés al
asunto. Además, ¿qué iba a hacer yo sólo en esta tierra? ¿Mirar
cómo se oxidaban las dínamos en los talleres y cómo se
desmoronaban los esqueletos que estaban a caballo encima de las
calderas? Cierto es que él me ha abofeteado, pero, ¿me importa eso?
¡Qué lista! ¡Qué colección! El capitán, Elsa, Barsut, el Hombre
de Cabeza de Jabalí, el Astrólogo, el Rufián, Ergueta. ¡Qué
lista! ¿De dónde habrán salido tantos monstruos? Yo mismo estoy
descentrado, no soy el que soy, y sin embargo, algo necesito hacer
para tener conciencia de mi existencia, para afirmarla. Eso mismo,
para afirmarla. Porque yo soy como un muerto..."
El
libro puede leerse de manera independiente porque plantea un
escenario concreto. Pero es imposible no avanzar hacía lo que se ha
transformado en su segunda parte, Los
lanzallamas, novela
publicada en 1931. Los personajes se repiten. La trampa se hace
evidente. Unos viven. Otros son asesinados. Dentro de algunas
inmortalidades alguien imaginará otras líneas sobre Los
siete locos, un texto
único e invulnerable.
La
novela Los siete
locos, de Roberto
Arlt, se ha publicado
en muchas oportunidades. No obstante es pertinente sugerir una de
sus versiones clásicas e históricas, la de Editorial Losada, que
en 2009 lanzó en Buenos Aires la edición que conmemoraba el
setenta aniversario del libro.