Una historia de la Guerra Fría
Con
la Alemania nazi virtualmente derrotada (Alemania se rendiría de
manera incondicional el 8 de mayo de 1945) y el país dividió en
dos, el ejército de los Estados Unidos y el Ejército Rojo se
encontraron en las afueras de la ciudad de Torgau, a la vera del río
Elba, a fines de abril de 1945; Berlín, la capital, era poco menos
que una inmensa ruina moderna. De alguna forma, la imagen es una
manera inevitable de comenzar a repasar lo que sucedería en Europa
(y en el mundo) a partir del período que se conoce como Guerra Fría,
que se extendió desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial
hasta el desmembramiento de la Unión Soviética y la desaparición
del comunismo, circunstancias que comenzaron a ser evidentes a partir
de la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989: la pared
se había construido en 1961 y "separó" aún más lo que ya
estaba separado de hecho a partir del 7 de octubre de 1949, fecha en
la que oficialmente se fundó la Deutsche
Demokratische Republik (DDR),
o la República Democrática Alemania (RDA) o Alemania Oriental o
Alemania comunista (Alemania se reunificaría el 3 de octubre de
1990)
La
historia contemporánea de Alemania y esa fotografía son una muestra
de lo que sucedería en casi todo los planos y en las más diversas
geografías: un enfrentamiento latente (y constante) entre dos
praxis políticas totalmente distintas que se disputaron la
supremacía mundial en
todos
los escenarios posibles y apelando a todas las estrategias conocidas,
excepto una: el enfrentamiento bélico directo. Hiroshima y Nagasaki
habían dado comienzo a una nueva era y en tanto y en cuanto los
soviéticos no tardaron casi nada en igualar el poderío atómico de
sus adversarios, la delgada línea del "face
to face"
no se cruzó casi nunca. Sin embargo sobran los ejemplos de
enfrentamientos reales que contaron con el apoyo de uno u otro
(Budapest 1956, Praga 1958, la Guerra de Corea, Cuba, la Guerra de
Vietnam, Chile 1973, Nicaragua, Granada, Irán, Afganistán y una
extensa lista de etcéteras).
Quien
primero, real y metafóricamente, describió el fenómeno que se
avecinaba fue Winston
Churchill,
en un conocido discurso que pronunció en Fulton, Missouri, el 5 de
marzo de 1946, poco tiempo después de haber dejado de ser Primer
Ministro británico: "Un
telón de acero ha caído sobre el continente europeo, desde Stettin,
en el Báltico, a Trieste en el Adriático. Al otro lado de esta
línea se encuentran todas las capitales de los antiguos estados de
Europa Central y Oriental... Esas famosas ciudades y todas las
poblaciones circundantes... están sometidas de uno u otro modo no
sólo a la influencia soviética sino a un altísimo y creciente
control por parte de Moscú".
El
libro de John
Lewis Gaddis,
un prolífico experto en la materia que además es profesor en la
Universidad de Yale, se ocupa de analizar las causas y las formas que
adoptó ese mundo bipolar: el capitalismo, Occidente, Estados Unidos
y las democracias liberales por un lado, y el comunismo, el Bloque
Oriental, la Unión Soviética, las democracias de partido único,
las Democracias Populares Europeas o la "dictadura del proletariado
por el otro". Lúcido y bien documentado, retrocede hasta los
inicios mismos del conflicto -la finalización de la Segunda Guerra
Mundial-, y parte de una premisa que más que una hipótesis se
transformó en un axioma: el convencimiento de que la Guerra Fría
era efectivamente inevitable porque quienes derrotaron a la Alemania
hitleriana (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión
Soviética) ya estaban en guerra entre sí de muchas maneras.
Argumenta puntual y textualmente:
"...la
guerra fue ganada por una coalición cuyos principales miembros ya
estaba en guerra, ideológica y geopolíticamente, si no
militarmente. Cualesquiera que fueran los triunfos de la Gran Alianza
en la primavera de 1945, su éxito dependió en todo momento de la
persecución de objetivos compatibles por parte de sistemas
incompatibles. La tragedia era ésta:
(Nota: aquí Gaddis
parafrasea al título de uno de los tomos de las memorias de
Churchill:
"¿Triunfo o tragedia")
la victoria exigía a los triunfadores o bien dejar de ser quienes
eran o bien renunciar a buena parte de lo que esperaban obtener tras
esta guerra".
El
libro recorre el período de manera clara y precisa (de hecho bien se
puede calificar a La
guerra fría
de "manual" y el adjetivo en ningún caso adquiere connotaciones
peyorativas) y trae a la memoria nombres, circunstancias y
situaciones que pertenecen a la historia pero que son, todavía,
demasiado contemporáneas: Potsdam, Yalta, Stalin,
Harry
Truman,
Churchill,
Fidel
Castro,
Konrad
Adenauer,
Ho
Chi Minh,
Mao,
el Plan Marshall, la OTAN, el Pacto de Varsovia, la COMECOM, el
mariscal Tito,
Dwight
Eisenhower,
Nikita
Jrushchov, Robert McNamara,
Gamal
Abdel Nasser,
John
F. Kennedy,
Walter
Ulbrich,
Chiang
Kai Chek,
Henry
Kissinger,
Richard
Nixon,
el caso Watergate, Leonidas
Brezhnev,
Ronald
Reagan,
Lech
Walesa,
Deng
Xiapoping,
Mijail
Gorbachov,
glásnot, perestroika, Erich
Honecker,
Alexander
Dubcek,
Václav
Habel,
entre otros.
El
texto ofrece una gran cantidad de datos, interpretaciones y análisis.
Es particularmente interesante la secuencia que describe la caída
del Muro de Berlín. La cronología y su exégesis sugieren que son
muchas las situaciones que son impredecibles (aún en un contexto en
el que el socialismo soviético admitía revisiones y cuando soplaban
vientos de cambio en distintos países de Europa Oriental) incluso en
sus maneras y sus formas: el Muro dejó de tener importancia de
manera poco más que casual, a pesar de las presiones y las protestas
que se sucedían en muchas ciudades situadas bajo la esfera de
influencia soviética.
Gaddis
recuerda que en medio de una Europa que cambiaba y luego de que
Gorbachov
(presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de
1989 a 1991) planteara -y llevara a cabo- su idea de perestroika
y en vísperas del cuadragésimo aniversario de la creación de la
RDA, Erich
Honecker,
jefe del Estado, advirtió, a comienzos de 1989 que cada vez eran más
los ciudadanos de Alemania Oriental que en verano viajaban a Hungría;
Hungría había eliminado su frontera con Austria al sólo efecto de
facilitarle las cosas a sus propios ciudadanos. Pero los alemanes del
Este se enteraron y comenzaron a atravesar la ex Checoslovaquia y las
propias tierras magiares "en
sus diminutos y contaminantes Trabants para cruzar la frontera a pie,
abandonando en ella a sus vehículos".
Muchos iban directamente a la embajada de Alemania Occidental en
Budapest para pedir asilo político: en octubre de 1989 había más
de 130 mil alemanes orientales en Hungría y desde Budapest dejaron
claro que no harían nada por impedir la emigración debido a
"razones
humanitarias".
Honecker,
el último presidente de la RDA, protestó duramente. Y Erich
Mielke,
ministro de Seguridad y de Inteligencia (que incluía a la Stasi, la
temible policía secreta de Alemania Oriental) acusó a Hungría de
"traicionar
el socialismo".
Muchos
alemanes del Este, incluso, habían ingresado por la fuerza a la
embajada de Alemania Federal en Praga. El 7 de octubre de 1989,
cuando se realizaban los festejos oficiales por un nuevo aniversario
de la RDA, Gorvachov
fue aclamado en medio de Berlín Oriental, ante "el
horror de sus anfitriones".
Gaddis
recuerda
que en el mismo palco y al lado de Honecker,
el general Wojciech
Jaruzelski (presidente
de Polonia y antecesor de Lech
Walesa
en el cargo) le preguntó a Gorbachov
si
entendía alemán; cuando el ruso respondió "un poco", el polaco
fue tajante: "Este
es el fin",
dijo. Para evitar la tensión que existía en Berlín Oriental luego
de la partida de
Gorbachov,
se anunció -de manera apresurada y con un decreto aún más
apresurado- a los berlineses que podían salir "por
cualquiera de los puntos fronterizos",
disposición que así redactada incluía a los puestos fronterizos
con Berlín Occidental. En un instante circuló le versión de que el
muro estaba abierto. No lo estaba, pero las multitudes ya estaban
frente a él, imposibles de controlar. "Los
guardias del puesto de control de Bornhoser Strasse se decidieron
finalmente a abrir las puertas y los extasiados berlineses orientales
inundaron Berlín occidental. En poco tiempo alemanes de uno y otro
lado se subían al muro, se sentaban en él y hasta bailaban; muchos
llevaban martillos y cinceles para empezar a derribarlo. Gorbachov
dormía en Moscú mientras tenían lugar estos acontecimientos, sin
enterarse de nada hasta la mañana siguiente. Se limitó a comunicar
a las autoridades de Alemania Oriental: "Han tomado la decisión
correcta".
El
mundo bipolar que Gaddis
recorre y explica con precisión no existe más. Incluso muchas de
sus geografías particulares son actualmente viejas denominaciones
cartográficas en desuso. En el caso de Europa, el mapa actual es
muchísimo más parecido al que se dibujó luego de la Primea Guerra
Mundial que al que existió entre 1945 y la década final del Siglo
XX: los años de la Guerra Fría.
La
Guerra Fría.
John
Lewis Gaddis
(RBA Libros, Barcelona, España, 2008. El original en inglés se
editó en 2005)