2011-03-06

Sin retorno, de Miguel Cohan (2010)

Otra vez, (afortunadamente) vuelvo a recomendar cine nacional. Y creo que la última fue Carancho, que curiosamente tiene algunas cuestiones en común con este film: accidentes en la vía pública, justicia y policía cuestionables, miserias humanas y escenario urbano (jungla de Buenos Aires) poblado por seres que no miran hacia delante, ni hacia atrás, ni a los costados. Seres esta vez de clase media; pero no aquella clase media de décadas atrás, que fue ejemplo, no. Esta vez es la que tenemos (somos) hoy, cansada, egoísta, corroída por la corrupción, encerrada en el "no te metás".

Dirección: Miguel Cohan. Con Leonardo Sbaraglia, Martín Slipak, Bárbara Goenaga, Luis Machín, Ana Celentano, Arturo Goetz, Agustín Vásquez y Federico Luppi. Guión: Miguel Cohan y Ana Cohan. Fotografía: Hugo Colace. Música: Lucio Godoy. Fernando Pardo. Dirección de arte: Federico Cambero. Edición: Sonido: Eduardo Esquide. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 105 minutos.

Hay momentos en el transcurso de un film, que quedan para siempre en la memoria. A veces es una escena, a veces una secuencia completa, a veces un plano. El rostro de Leonardo Sbaraglia cuando leen su sentencia, o el de Ana Celentano atendiendo a Sbaraglia en su consultorio odontológico, son dos de esos memorables momentos de buen cine. Pero esta película tiene más de dos buenos momentos, tiene su duración completa, muy bien narrada por el debutante Miguel Cohan, hasta hace poco tiempo atrás asistente de dirección de Marcelo Piñeyro.

Estamos ante un policial, al que la mayoría de la crítica especializada remite al cine de Aristarain ( a su obra policial), y tiene razón. Aquello que se ponderaba de títulos como "La parte del león" o "últimos días de la víctima" en relación a una narrativa clásica y contundente, se observa en buena medida en esta película. Pulso narrativo, precisión, ausencia de golpes bajos y subrayado, y, lo más importante, una película que no señala al culpable, sino que nos deja a nosotros los espectadores, sacar nuestras propias conclusiones.

El cine negro norteamericano de los 30 y los 40, partía de situaciones de personas que por una razón u otra se veían envueltos en un conflicto contra la ley. Pero fundamentalmente, este cine abrevaba en una sociedad que generaba o propiciaba cierta decadencia moral, caldo de cultivo de delincuentes. En este caso, el caldo de cultivo de estos seres envueltos en conflictos legales y morales, es la bendita clase media argentina; desde una clase media baja (Federico Luppi) pasando por una intermedia (Sbaraglia) y cerrando en una media/alta, la de la familia de Slipak. Y allí, en esa clase cacerolera a la vez que autoritaria e intolerante, anida la hipocresíaa, el doble discurso, el miedo, el egoísmo y varios de los males que nos definen (en parte) como sociedad.

Vuelvo sobre la cuestión de no señalar culpables, de dejar que los hechos nos cuenten lo que pasan, del ir y venir de un personaje a otro, sin tomar nunca partido por alguno de ellos; en fin, dejarlos vivir y respirar dentro de un relato que los contiene y los hace cambiar; acaso el postulado número uno del cine.

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