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VIDEO| “Papi, quiero darle una oportunidad”: la historia del niño que rescató un nido abandonado con huevos de tero

León tiene 10 años y no se resignó cuando los teros abandonaron tres huevos en la entrada de su escuela. Con una incubadora, lámparas y mucha paciencia, su familia logró que dos pichones rompieran el cascarón.
Los pichones nacen con un plumón muy fino que no repele el agua y no pueden regular su temperatura, por lo que en la naturaleza se meten bajo el plumaje de sus padres, a unos 37 °C, durante al menos dos o tres semanas.
Los pichones nacen con un plumón muy fino que no repele el agua y no pueden regular su temperatura, por lo que en la naturaleza se meten bajo el plumaje de sus padres, a unos 37 °C, durante al menos dos o tres semanas.

A comienzos de la primavera, una pareja de teros hizo su nido justo en la entrada de la escuela La Semilla, en pleno paso de los alumnos. El ir y venir constante los estresó y, finalmente, abandonaron los tres huevos que fueron rescatados por la comunidad educativa.

La escuela sabía que León, alumno de quinto grado, tenía gallinas y una incubadora en su casa, donde ya habían criado pollitos. Le propusieron llevarse los huevos y darles una chance. 

ANB dialogó con Lucas, padre del estudiante sobre esta experiencia maravillosa. “Yo ya los había visto tirados sin los padres como por cinco días. Les dije que no había posibilidad de sobrevivencia, porque con el frío el embrión había muerto”.

León insistió: “Papi, yo le quiero dar una oportunidad. No perdemos nada”. Lucas recuerda que aquello le “mató la ilusión”, aunque por dentro pensaba que era solo la esperanza de un niño. Un día volvió del trabajo y su hijo, superemocionado, lo tomó de la mano y lo llevó corriendo a la incubadora: dos de los tres huevos estaban rompiendo el cascarón. “Fue una alegría y un aprendizaje muy grande de que los niños muchas veces tienen la razón”, cuenta.

 
 
 
 
 
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Pero nacer fue apenas el principio. Los teros tienen otros tiempos que las gallinas: mientras estas tardan 21 días, ellos necesitan entre 27 y 30. A los 28 días de incubación nacieron los dos pichones. Luego vino el desafío de alimentarlos. A diferencia de otras aves, los pichones de tero nacen caminando y aprenden a comer por imitación de sus padres. La familia pidió ayuda a Silvina Alzogaray, ingeniera agrónoma integrante de un grupo de observación de aves, quien les aconsejó golpetear suavemente con el dedo índice junto a lombrices, bichitos bolita o grillos para mostrarles cómo picotear.

No fue suficiente. “No somos los padres reales y no teníamos mucha experiencia”, admite Lucas. Entonces empezaron a darles de comer directamente en el pico, con cuidado, pedacitos de lombriz y de bicho bolita.

El otro gran problema fue el frío. Los pichones nacen con un plumón fino que no repele el agua y no pueden regular su temperatura, por lo que en la naturaleza se meten bajo el plumaje de sus padres, a unos 37 °C, durante al menos dos o tres semanas. En la huerta agroecológica de la familia hay muchos insectos, pero en los días nublados el pichón empezaba a temblar. La rutina se volvió estricta: 15 minutos afuera para comer y de vuelta adentro. En casa, lo alojan en un cajón amplio con hojas, sectores de tierra, una lámpara y bolsitas de agua caliente.

No todo salió bien. Al quinto día, uno de los dos pichones amaneció muerto. Pero el sobreviviente, con unos ocho días de vida al momento de la entrevista, “viene muy bien, se lo ve muy enérgico y sano”. León, mientras tanto, “está feliz”. Su papá, dice, sigue asombrado.

“Es natural para nosotros este cuidado”

La otra voz es la de Malena Vetrano, maestra de grado de La Semilla, una escuela Waldorf de Bariloche. Su relato muestra un mismo hilo: el respeto por la naturaleza como parte del día a día escolar.

Vetrano explica que la escuela funciona como asociación civil y de manera autogestiva, y que las maestras acompañan al mismo grupo durante toda la primaria. Por eso conoce a León desde primer grado. Aclara que esta no es la primera vez que los teros anidan en la escuela, aunque sí la primera en que un alumno se llevó los huevos: “Ya son varias primaveras que pasa que en algún lado anidan, en el parque de primaria o en el bosquecito”.

La docente recuerda otro episodio, cuando en tercer grado fueron a sembrar trigo en la huerta, un proyecto que luego culmina en cuarto con la cosecha, la molienda y el pan hecho por los propios chicos. Descubrieron un nido en la mitad del terreno. La solución fue dividir la huerta y usar solo una mitad, para que mamá y papá tero siguieran con su proceso sin interrupciones. “Pasábamos de a dos o de a tres para no molestarlos, siempre hablándolo mucho con ellos sobre respetar la naturaleza que eligió ese lugar”.

Es el método habitual: cuando aparecen huevos, los chicos no los tocan ni los mueven, arman carteles que dicen “Cuidado, familia de teros” y colocan un cerco. “Cada vez que nos vamos a una excursión a la montaña, hablamos del cuidado de la fauna y la flora. Es natural para nosotros este cuidado”, resume. Y cuando los huevos eclosionan, la escuela convive con los pichones, que caminan por el parque mientras sus padres les enseñan a comer, caminar y volar.

Por eso, esta vez, con los huevos abandonados por sus padres, la comunidad escolar eligió intentar otra vía: darles una oportunidad.

El tero (Vanellus chilensis), conocido como tero común o tero real, es un ave muy frecuente en campos, parques y descampados de buena parte de Sudamérica. Es famoso por su carácter alerta y por sus fuertes gritos de alarma ante cualquier intruso.

Una de sus particularidades es que anida directamente en el suelo, en una simple depresión. Allí la hembra pone generalmente cuatro huevos, aunque en este caso fueron tres. Como sus pichones son nidífugos, es decir, nacen con los ojos abiertos y con capacidad de caminar a las pocas horas, no permanecen en el nido como otras aves.

Aun así, dependen de sus padres para aprender a alimentarse, sobre todo de insectos, lombrices y otros invertebrados, y para mantener el calor corporal durante las primeras semanas, hasta que desarrollan su plumaje definitivo.