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Cooperativismo

La salida es colectiva: qué es (y qué no es) una cooperativa

Muchos argentinos forman parte del mundo cooperativo sin saberlo. Hoy repasamos su historia, derribamos algunos mitos y explicamos por qué el modelo sigue vigente. Una nota de Candela Spina — docente y cooperativista, Evergreen English.
26/09/2026 18:48 Hs.
Los Miembros del Consejo de Administración con Martín Vesprini, Subsecretario de Cooperativas y Mutuales de Río Negro.
Los Miembros del Consejo de Administración con Martín Vesprini, Subsecretario de Cooperativas y Mutuales de Río Negro.

Por la Prof. Candela Spina — docente y cooperativista, Evergreen English (Bariloche)

 

¿Vos tomás mate? Si alguna vez cebaste uno con Playadito o Piporé, fuiste parte del mundo cooperativo: ambas yerbas son elaboradas por cooperativas del Litoral. Y si vivís en Bariloche, la luz que encendiste esta mañana la distribuye la Cooperativa de Electricidad Bariloche. Como señala Javier Garbarini en su libro Manual para Cooperativas de Trabajo, gran parte de la población argentina interactúa o interactuó con una cooperativa, directa o indirectamente, aunque la gran mayoría no lo sabe.

Para entender mejor el modelo cooperativista los invito a hacer un breve recorrido histórico.

Un poco de historia

El movimiento cooperativo nace a mediados del siglo XIX en Rochdale (Lancashire, Inglaterra). Allí, 28 trabajadores de la industria textil —los célebres «Pioneros de Rochdale»— se organizaron para acceder a alimentos de mejor calidad a precios justos. Sin embargo, existen registros anteriores, cercanos a 1760, cuando un grupo de tejedores de Fenwick, Escocia, se asoció en busca de un beneficio mutuo y dio origen a una sociedad que perduró más de un siglo.

En 1895 se fundó en Londres la ACI (Alianza Cooperativa Internacional), que hoy tiene por objeto difundir información, definir y defender los principios cooperativos y promover el comercio entre cooperativas. En su primer Congreso participaron delegados de cooperativas de 13 países, entre ellos la Argentina.

El pasado 15 de septiembre, en Panamá, la Asamblea General de la ACI eligió a su Junta Directiva para el período 2026-2030 y reeligió para un tercer mandato consecutivo al argentino Ariel Guarco (presidente de Cooperar), lo cual indica la fuerza del movimiento en nuestro país.

Dato de color: La ACI fue una de las pocas organizaciones internacionales que sobrevivió a las dos guerras mundiales.

Empresas, no obras de caridad

Para el brasileño Roberto Rodrigues, ex presidente de la ACI, «el cooperativismo es una filosofía de vida». El modelo se apoya en valores y principios éticos, no en el lucro a cualquier costo: reinvierte en su comunidad, cuida el bienestar de sus miembros y adopta una mirada de largo plazo sobre el crecimiento económico, el desarrollo social y el ambiente.

Pero conviene aclararlo: las cooperativas no son entidades de beneficencia; son empresas con fines económicos. La diferencia está en quién es dueño y cómo se decide. La ACI las define como asociaciones autónomas de personas que se unen voluntariamente para satisfacer necesidades económicas, sociales o culturales, a través de una empresa de propiedad colectiva y gestión democrática.

Existen nueve tipos de cooperativas: de consumo, agrarias, de provisión de servicios, de servicios públicos, de crédito, bancos cooperativos, de seguros, de vivienda y de trabajo.

En Río Negro, el cooperativismo pesa más que en el promedio del país. Según el relevamiento provincial El Cooperativismo Rionegrino en 10 Selfies 2026, en la provincia funcionan 475 cooperativas y 51 mutuales, que en 2025 facturaron más de $279.000 millones. Son unas 63 cooperativas cada 100.000 habitantes, frente a unas 40 en todo el país (donde el INAES registra 18.379 cooperativas vigentes). Solo las cooperativas de servicios de Río Negro suman más de 150.000 asociados. En el Alto Valle predominan las frutihortícolas, en la Línea Sur las que sostienen comunidades rurales, y a nivel provincial las cooperativas de trabajo representan el 64,6% del total.

Sin patrón y sin empleados

Las cooperativas de trabajo tienen una particularidad que sorprende: no tienen empleados ni dueño. Todos sus integrantes son dueños en igualdad de condiciones y aportan su trabajo, conocimiento y experiencia. No se puede ser asociado sin trabajar en la cooperativa, ni trabajar en ella sin ser asociado. Sus miembros gozan de los mismos derechos que cualquier trabajador de su rubro, con una diferencia: esos derechos los resguardan ellos mismos.

Desde mi punto de vista, este último aspecto es uno de los más difíciles de comprender e interiorizar: dejar de pensarse como empleado y asumirse como dueño y responsable. Lo digo en base a mi propia experiencia como miembro de Evergreen English, una cooperativa de trabajo de docentes de inglés que decidió sostener un proyecto educativo con casi cuatro décadas de historia en Bariloche tras el cierre de la institución que le dio origen. Lo que más nos costó fue apropiarnos de esa lógica: las decisiones trascendentales las tomamos entre todas y todos en asamblea, mientras que el día a día lo resuelve el Consejo de Administración, elegido democráticamente. Aprender a trabajar en un sistema representativo y democrático es primordial para que la cooperativa se sostenga.

Una salida posible

A la luz de sus valores y principios, estoy convencida de que el cooperativismo es una solución real y al alcance de todos para generar puestos de trabajo resilientes, impulsar una economía sostenible y cuidar el bienestar de las personas que lo integran.

Como cooperativista y como docente, frente a una época que empuja al individualismo extremo y al «sálvese quien pueda», creo profundamente que la salida es colectiva.

La salida es colectiva: qué es (y qué no es) una cooperativa
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