Un trozo de crayón | ANBariloche
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Literatura

Un trozo de crayón

Los domingos se convierten en un momento ideal para la lectura y qué mejor que hacerlo con un cuento de Daniel Ruiz.
01/02/2026 16:50 Hs.

El niño tomó un trozo de crayón y comenzó a realizar un dibujo en una hoja de papel que había encontrado minutos antes debajo del sillón del comedor, ese mismo que nunca se corre y suele ser el universo de diversos objetos perdidos, de gran valor por cierto para cualquier chiquillo. El niño no buscaba una hoja de papel, su hallazgo fue casual, él buscaba una pequeña pelota que días atrás jugando con su perro simón, fue a parar a ese vasto mundo de objetos perdidos que la casa se empecina en que se concentren ahí. Echado en el piso, estiró su pequeño brazo y mientras trataba de encontrar su pelota, se topó con una hoja de papel rayada, arrancada vaya a saber a saber uno de que cuaderno; al tocar la hoja la trajo contra su pecho y decidió llevarla a la mesa del comedor, acomodó su silla, corrió la taza de chocolatada que ya estaba vacía, comió la última galletita de vainilla con glasé y comenzó a dibujar.

Las rayas iban y venían, círculos chicos, círculos grandes y sin forma definida que creaba su mano cuando se movía con un impulso prehistórico; de repente , sin querer, partió su crayón y antes que un llanto se apodere de su alma, tomó otro de la caja de madera pero esta vez marrón y continuó con su tarea. Las rayas que iban y venían, intentaban cubrir el interior del contorno, pero era inútil detener la impronta de su crayón que se empecinaba en no respetar los márgenes estipulados por la Real Academia de Arte Español. No sé si el niño controlaba a ese crayón o era el crayón que controlaba al niño, pero de aquella hoja que tenía en un principio los márgenes sucios, ahora no era posible distinguir la mugre de un color. Los rayones ocupaban por completos los márgenes, aunque estos colores no eran igual que en el centro de la hoja y en un rincón en lo alto había un circulo no muy definido con un imponente color amarillo patito.

La mano del niño llevaba el crayón y del algún modo, no sé cómo, pero había una conexión con su boca que entreabierta dejaba salir su lengua y como el mejor de los contorsionistas de un circo ruso la giraba completamente y la trababa entre sus diente. Era asombrosa la concentración que había en aquel escenario, que ni el inicio de su programa favorito de dibujos animados lo distraía. No habían pasado más de 5 minutos y el crayón dejó de ejercer la presión necesaria para dibujar y el niño alzó su mirada, con una mezcla de alegría e incertidumbre buscó a su papá y se lo dio buscando su clara aprobación. El papá tomó la hoja de papel y sabiendo que era para él, sonrió, miró a su pequeño hijo y no dudó en comentar que era un hermosos dibujo, aunque no tardó en preguntar de que se trataba; antes que el pequeño niño logre responder, su hermano de apenas 2 años más grandes que él, ofuscado ante la pregunta del padre que no lograba reconocer lo claro, le respondió, un burro papá, es un burro.

El papá volvió a mirar y tuvo que esforzar su mirada, retraerse en su interior y efectivamente había un burro, rodeado de pasto verde y cielo azul despejado y un inmenso sol color amarillo patito. Los niños ahora miraban sus dibujos preferidos en la televisión y el padre volvió a abrir sus verdaderos ojos, los que se cierran con el tiempo, pudiendo apreciar el verdadero arte.

Fin.