Memorias de la Patagonia Rural: Carlos Chandía, el poblador de La Lipela | ANBariloche
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Memorias de la Patagonia Rural: Carlos Chandía, el poblador de La Lipela

Nació en Cuyin Manzano y luego sus padres fueron reubicados en la población aledaña a la ruta 237. Allí vive desde hace décadas, allí fue declarado "intruso" y allí recibió su reconocimiento como poblador del lugar.
15/12/2024 00:00 Hs.
El hombre que le hizo frente a los embates hasta que fue reconocido como poblador rural del lugar. Fotos: Marcelo Martínez.
El hombre que le hizo frente a los embates hasta que fue reconocido como poblador rural del lugar. Fotos: Marcelo Martínez.
Por Claudia Olate

Carlos Chandia sale de su casa apenas escucha el ruido del automóvil. Antes que él, su perro. Vive allí, en el sector conocido como La Lipela, a pocos metros de la ruta 237, hace largas décadas, aunque nació un 28 de septiembre de 1949 del otro lado de los cerros que tiene a sus espaldas, en Cuyín Manzano. 

Es de los pobladores rurales que le hacen frente a la vida, alejados de la ciudad, del pueblo. Vivió un tiempo en otros lares, pero “siempre me sentí más campesino que de ciudad”, dice. 

En esa casa donde prepara un mate, para la visita porque él, dice, toma mates solo a la mañana temprano, muy temprano, cuando despunta el día, en esa casa vivieron los últimos años de vida sus padres, Juan Del Carmen Chandia y Margarita Zumelzú.

Carlos Chandia nació en Cuyin Manzano el 28 de septiembre de 1949. Foto: Marcelo Martínez.

A esas tierras llegaron sus abuelos a principios del siglo XX y se establecieron en el lugar conocido como Mallín Chileno, en cercanías al río Limay. Venían escapando de Chile, aunque si de remontar al pasado se trata, sus antepasados, dice, son vascos. 

Allá por 1900, los habitantes de la zona eran pobladores rurales. Paisanos que vivían asentados en distintas poblaciones que se distinguían por las alamedas o algunos frutales. Luego, comenzó el desplazamiento. Cuando llegaron grandes terratenientes que se dijeron dueños de territorios que no alcanzarían ni a recorrer, muchos pobladores fueron reubicados, otros tantos, quedaron como empleados de las estancias y otros más, seguramente, desaparecieron en la historia.

La historia de Lindor Zumelzu e Isolina Gatica, abuelos de Carlos, no fue distinta. En esa reubicación, fueron a parar a Cuyín Manzano. Si bien los registros históricos datan que en 1910 ya tenía el registro de marca para sus animales, los registros de Parques Nacionales aseguran que recién llegaron en 1929…Las contradicciones de las instituciones en una época en la que los pobladores eran en su mayoría, analfabetos y tenían pocas herramientas para defenderse.

Pasaron los años y Margarita Zumelzu, una hija de ese matrimonio, se casó con Juan del Carmen Chandia, un carrero que venía del norte neuquino y años antes se había casado primero con otra pobladora de la zona. Una vez separado, contrajo matrimonio con Margarita, con quien pasó el resto de su vida.

“Éramos como once hermanos. Ahora solo quedamos unos cuatro”, relata Carlos. Además de tener buena memoria, siempre le gustó investigar, saber, conocer. Incluso, con sus relatos, realizaron un libro sobre los orígenes de las familias Chandia y Zumelzú, en conjunto con la biblioteca Osvaldo Bayer de Villa La Angostura. 

Carlos investigó para armar la historia de sus antepasados. Foto: Marcelo Martínez.

Carlos nació y se crió en Cuyin Manzano. Fue a la escuela y aunque ahora es un gran lector y le gusta indagar, en ese tiempo dice que no le gustaba estudiar. “Estuve como hasta los 17 años en 3° grado”, acota con una carcajada. Es que, como aclara después, no le gustaba la historia contada a conveniencia de algunos. 

La población estaba ubicada del otro lado del río de donde está desde hace más de un siglo la escuela, y desde hace unas décadas, la iglesia y el Salón de Usos Múltiples.

Los años pasaron, Carlos y sus hermanos buscaron otros rumbos y la edad avanzada de los padres, terminaron por definir el destino de esta población: Parques Nacionales los reubicó en la zona de La Lipela en la década del ‘80. Un lugar con más fácil acceso para Margarita y Juan del Carmen, quienes ya tenían sus buenos años sobre la espalda y la vida en aquel sitio no era fácil.

La vivienda ubicada a pocos metros de la ruta 237. Foto: Marcelo Martínez.

En esa época, Carlos recuerda que estaba en el Valle. Un primo suyo se había ido a trabajar a General Roca y decidió emprender el viaje también para conocer otros lugares. “Estuve dos años y medio y no me gustó la vida allá”, recuerda. A esto se sumó que conformó una familia y requería otras obligaciones. “Cuando me ‘matrimonié’, tenía que buscar algo”, agrega.

Volvió a sus pagos. Sus padres ya vivían en la casa de La Lipela y no tenían más animales ni ningún ingreso. La situación no fue fácil al principio, pero se quedó por aquel pago, donde crio a sus hijos también.

“A mi me costó mucho aceptar el cambio. Siempre me sueño que estoy allá, en la población vieja”, añade, pensando en el Cuyín de tiempos pasados, donde los pobladores eran más del doble de ahora, y la vida también era otra.

Pero se quedó allí, acompañó a sus viejos en los últimos años y como él dice, “me aquerencié”. Luego, vino el encontronazo con Parques Nacionales, que al morir sus padres, lo declararon “intruso” en la población. “A un argentino más argentino que el mate, declararlo intruso…”, expresa Carlos moviendo la cabeza a un lado y a otro y mira por la ventana, como intentando encontrar explicación las burocracias del Estado.

Carlos en el interior de su vivienda en La Lipela. Foto: Marcelo Martínez.

Los tires y aflojes no fueron fáciles, pero finalmente, tras treinta años de vivir allí, donde murieron sus viejos, a pocos kilómetros de la población donde nació, lo reconocieron como poblador. 

Los embates se repiten en la historia, y casi siempre los perdedores fueron y son los pobladores. 

En sus recuerdos tiene años trabajando por la zona de Las Bayas, donde fue testigo de historias similares. Recuerda una población en la que había una aguada y era codiciada por los terratenientes de la zona. Recuerda también que estos últimos eran turcos y recuerda, sobre todo, que el poblador de ese lugar murió misteriosamente, sin aparente causa. 

“Es que casi siempre gana el caballo del comisario, ¿no?”, afirma. 

Pero en su historia, al menos, pudo dar el brazo a torcer a esa costumbre y tras años de insistencia, ganó su título, como si fuera necesario, después de más de 70 años viviendo en la zona, justificar que es poblador.

Recién después de 30 años, lo declararon poblador del lugar. Foto: Marcelo Martínez.

En sus recuerdos, también rememora los tiempos de antes. Tiene en su retina imágenes de la ruta de antes, que iba flanqueando los cerros. Recuerda la época en la que se asfaltó la ruta 237, obra en la que trabajaron numerosos pobladores rurales de antaño. Recuerda ese almacén de ramos generales del “turco” Creide, donde solían hacer yunta los pobladores de los que ahora solo quedan recuerdos. “¡Qué buenos que eran para tomar vino!”, agrega divertido. 

Se crió viendo a los viejos tocar la guitarra y la verdulera. En las fiestas camperas, en las señaladas, no faltaba la polca o la rancherita para ponerle ritmo al encuentro. Ya de grande, quiso tocar también y en sus años de guía de caza, le encargó a unos cazadores que le consiguieran una, pero “una de las de antes, de las buenas”, remarca.

La verdulera llegó, una Hohner de principios de siglo XX. “Le faltaban unas teclas y se la llevé al Topo Guajardo para ver si la podía arreglar. Me dijo que esas piezas ya no se conseguían, que iba a tener que ponerle otras de reemplazo. Pero justo da la casualidad de que una señora le lleva restos de acordeones que tenía en su casa, por si le servían, y estaban las piezas que necesitaba la mía, ¿qué casualidad, no?”, relata.

Su verdulera, que lo acompaña desde hace largos años. Foto: Marcelo Martínez.

Carlos lamenta que actualmente se está perdiendo esa costumbre campera, de aprender desde chicos a tocar el instrumento. Así como se perdieron algunas otras costumbres, algunas músicas, algunas comidas. Por esto, también, se encuentra trabajando en el armado de otro libro, que recopile un poco de todo aquello que es parte de la historia de los pobladores rurales.

Sin dudarlo, toma la verdulera que yace al costado de un catrecito, se acomoda en su silla reposera que oficia de sillón y nos toca algo de su repertorio. Este instrumento, sin dudas, evoca al campo, a las fiestas familiares en las que se armaba algún baile, es la expresión musical de la vida rural.

La población Chandía- Zumelzú. Foto: Marcelo Martínez.

Vive solo, pero recibe siempre la visita de sus hijos o amigos. “Los hijos no son tuyos, hay que dejarlos volar, yo tengo que poder vivir solo”, dice. La casa está ubicada a pocos metros de un arroyo que lleva por nombre, Cornelio, como los pobladores de Cuyin Manzano. Un horno de barro en el frente, y una parilla rodeada de verde detrás de la vivienda, son el marco de su población, donde tiene algunos vacunos y un par de caballos. 

“Hoy ya no me iría de acá. Mientras tenga la comida, lo esencial, ¿para qué más? Quiero poder viajar un poco más (años atrás estuvo en España y quiere encarar al “Viejo Continente” de nuevo), recorrer los lugares con la historia del país. Mientras, paso mis días acá, tranquilo no más”, finaliza. (ANB)

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