martes 21 de mayo de 2024

Relatos de montaña

Cerro Nº 2 de Pontoneros, el lugar donde el viento fue protagonista de las caminatas

El sendero inicia en una de las márgenes del arroyo Torrontegui, hacia el sur en la ruta 40.

domingo 11 de septiembre de 2022
Cerro Nº 2 de Pontoneros, el lugar donde el viento fue protagonista de las caminatas
Unos 7,5 kilómetros separan a la ruta 40 de la cumbre de este maravilloso cerro. Fotos: Marcelo Martínez.
Unos 7,5 kilómetros separan a la ruta 40 de la cumbre de este maravilloso cerro. Fotos: Marcelo Martínez.
Por Claudia OlateIG: @olateclau
Fotos: Marcelo Martínez (IG: @marxelomartinez)

 

Intenté subir al cerro Nº 2 de Pontoneros un sábado con amigas. Era de esos días en que salís más por porfía que por ganas, porque hacía frío, lloviznaba y había algo de viento. “Quizás allá cambian las condiciones”, pensamos. Qué ilusas. Pero como esa vez, a pesar de caminar con los granizos que nos golpeaban fuerte, no llegamos, no podía quedarme con la espina y lo intenté nuevamente al siguiente fin de semana, para regresar victoriosa, cansada y con un frío que calaba hondo.

Repetí rutina. El auto a la vera de la ruta, el arroyo Torrontegui que bajaba fuerte, todavía en época de deshielo y subida empinada que te hace entrar en calor en pocos minutos. A la media hora de emprender la caminata más o menos, el sendero comienza a salir del bosque y se ve el lago Gutiérrez majestuoso.

El cerro no es de los más recorridos. En el primer intento de llegada, fuimos con algunas cintas que dejamos en lugares donde era fácil desviarse o perder el rastro. Esas fueron nuestras guías en la segunda vuelta, con otro compañero de caminatas.

Pasamos el bosquecito achaparrado, que te hace caminar agachada e intentando no terminar con una rama en un ojo. Salimos a un pequeño claro, descansamos un ratito. No son muchos kilómetros, pero sí un desnivel constante que cansa las piernas.

La vista desde el camino al cerro Pontoneros. Foto: Marcelo Martínez.

Cuando subí con amigas, pensamos que al ser un lugar donde va poca gente, aumentaban las chances de encontrarnos con algún animal. “¿Qué tenemos que hacer si nos encontramos con un puma?” nos preguntamos como si nos tomáramos un examen. Dimos todas las respuestas correctas y seguimos la caminata.

Pero hasta las mejores alumnas se olvidan lo estudiado. Cuando atravesábamos uno de los últimos tramos del segundo bosque, en una empinada subida, escuchamos un ruido muy fuerte, casi como un galope. Claramente, era un animal grande y en menos de un segundo, corríamos cuesta abajo olvidando todo lo que teníamos que hacer.

Quedó como una de las anécdotas, porque claro, a los pocos metros nos dimos cuenta de que no estábamos haciendo lo que se suponía, nos calmamos, nos reímos un rato de la actitud de todas, que incluso llevó a que una se subiera a un tronco caído, como si fuera el mejor de los refugios, y decidimos seguir camino.

Salimos de este bosque y nos encontramos un camino que iba hacia la izquierda y como otra opción, subir a la clásica “que te criaste”. Al fin de semana siguiente, cuando logré llegar a la cumbre, recordé que la segunda opción era la correcta ya que el otro camino me hizo caminar bastante en vano en mi primera aproximación.

El paisaje cambia totalmente en invierno, cuando la nieve cubre todas las montañas. Foto: Marcelo Martínez.

Subimos entre abrojos y tierra suelta. Muchas huellas en el suelo nos dejaban ver que los jabalíes andaban contentos por la zona. Bastante más arriba nos esperaba otro bosquecito que se atraviesa casi en diagonal hasta salir y ya no tener que caminar más por sectores arbolados. Solo se ve una subida tremenda, que te quema las piernas y te hace ir haciendo breves pausas constantemente.

Cuando se termina esa subida, hay una parte mucho más plana y amplia, con piedras bastante grandes donde nos refugiamos con mis amigas la primera vez ya que el viento azotaba fuerte y los granizos que caían se sentían como piedrazos en la cara.

No nos ocurrió lo mismo el fin de semana siguiente y solo paramos a comer algo y descansar un ratito. Todavía faltaba para la cumbre. Primero se llega a una falsa cumbre, desde donde el camino se divide también: a la derecha, el cerro Confluencia, a la izquierda, la cumbre de Pontoneros, el cerro Meta, el Ventana.

Ya a esta altura, cuando logramos llegar a la cumbre, el viento se sentía de lo lindo, pero caminando muchas veces no se llega a sentir tanto frío. Seguimos. Paso a paso. Algunas fotos, otras pausas para el descanso.

Mientras nos acercábamos a la cumbre, empezamos a ver que los pequeños yuyos que crecen entre el pedrero, estaban congelados. Nos avisaban que estaba frío. Con mucho, mucho viento, llegamos.

La cumbre del cerro Pontoneros se encuentra a 2150 metros sobre el nivel del mar. Foto: Marcelo Martínez.

¡Qué lindo se siente! No importa el viento ni el frío cuando llegas a una cumbre por primera vez. La vista desde los 2150 metros sobre el nivel del mar, es hermosa. Todo el lago Gutiérrez y un poco más allá, el Nahuel Huapi con sus islas y formas que solo se contemplan desde arriba.

Es una caminata larga, no difícil en cuanto a nivel técnico quizás pero sí muy exigente. Fueron unas 4 horas de caminata, entre descansos y paradas, para llegar a la cumbre. Son unos 7,5 kilómetros en los que el desnivel supera los 1400 metros y las piernas lo sienten de manera inmediata.

Con cada subida que hicimos posteriormente, comprobamos que siempre hay viento en este sector. Quizás más suave, quizás menos frío, pero por más que el lago se vea espejado, arriba la situación es otra.

Es una caminata exigente, de unas 4 o 5 horas hasta la cumbre. Foto: Marcelo Martínez.

En invierno, el paisaje cambia totalmente, como ocurre en toda la zona. Las montañas que en el primer ascenso vimos despejadas, son ahora un gran manto blanco, hermoso, perfecto. Las cornisas que se forman en los filos parecen dibujos hechos por algún artista. Y claro, la dificultad es otra. El bosque achaparrado que se caminó agachado, se transita casi por encima. La subida matadora ahora, lo es el doble. Pero la bajada, a veces es más rápida para quienes se animan al culipatín.

Pero en esa primera llegada, donde todo es novedad, nos abrigamos, nos sentamos en una piedra y nos comimos unos sándwiches con la vista hacia el este. Sí, la vista hacia los lagos es maravillosa, pero poder mirar las montañas que se extienden, una tras otra, divisar las más conocidas, buscar en el mapa las otras que desconozco, siempre me hace soñar con que otras cumbres y otros caminos son posibles. (ANB)

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