lunes 27 de septiembre de 2021

Pensamientos

Un coihue de 500 años

De paseo por Puerto Blest, una historia que nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza ancestral que nos rodea.

miércoles 15 de septiembre de 2021
Un coihue de 500 años

Es una tarde de mediados de setiembre, fría y lluviosa, con viento y nieve, casi un temporal. Aun así, el bosque de Puerto Blest presenta unos maravillosos coloridos, un hermoso paisaje.

La exuberante vegetación de ésta verdadera selva con su alta precipitación y humedad, hace que además de la densidad de plantas y árboles, todo se halle tapizado con líquenes, musgos y hongos de muchas variedades por doquiera que uno ve.

Conforman un bosque particularmente bello y encantado.

De regreso de la Cascada Los Cántaros hacia la hostería, aparece éste inmenso árbol. Ha de tener unos 5 m de diámetro en la base y dicen que tiene unos 500 años de edad. Es un Coihue, muy común en los bosques de la zona de Bariloche, nada común si, que haya alcanzado éste porte y ésta edad.

De golpe pienso por primera vez…  que éste arbolito, quizá muy joven y pequeño,  ya estaba aquí cuando Colón descubría América… Pero,  ni él ni sus carabelas están aún aquí, tampoco las casas coloniales de la primitiva Buenos Aires, ni la primera hostería de madera de Puerto Blest construida allá por el 1903, ni siquiera la segunda que se remodelara en 2009… ni siquiera mi querido padre, Don Ruggero que hace una década dejó ésta vida… pero éste árbol sí, aún vive y crece aquí…

Claro, no se trata de una ruina de la antigüedad, no es un monumento de piedra testigo de una antigua civilización, o un hito histórico importante como el Ombú de Caseros en el gran Buenos Aires, con el mayor respeto que merece todo patrimonio de la historia, la arqueología,  los siglos y la cultura, éste es un ser viviente, que aún respira y crece después de 500 años.

Es un gran árbol, vivo y sano, corre savia desde sus raíces hasta su enorme fronda colmada de verdes hojas, también hoy amaneció, como cada nuevo día, y mantiene aún hoy vigente todo su ciclo anual con cada cambio de estación… Acaso… ¿puede no asombrarnos algo así?...

De golpe me conmuevo, lo abrazo como puedo, toco la corteza con la punta de mis dedos, casi venerándolo, con toda admiración y respeto, como si me hubiese reencontrado incluso con alguno de mis queridos abuelos, ¿Cuánto tiempo sin verte, cuanto habrás visto y vivido en todos estos años?, ¿cuánto tendrías para contarme?... quien sabe…  los secretos de éste bosque, el clima de aquellos tiempos primeros, si es cierto que andan hadas y gnomos en éstos parajes patagónicos, si es realmente el Martín Pescador el pájaro más bello del parque, si aún recuerdas algo de aquellos primeros colonos, de quien hizo éste sendero seguramente a pala, abriéndose camino en la espesura, para entonces desconocida… ¿Se asombró también al verte? … cuanto tendrías para decirme…  si no fuera tan grande mi torpeza con los dialectos y los idiomas distantes.

Pasó apenas un día, y aún no salgo del todo del asombro. En estos años estuve varias veces allí, y ésta es la primera vez que me conmuevo así. ¿Qué pasó? ¿Es que acaso hace falta ser algo más maduro para comprender esto del respeto y el asombro? ¿Será que algo faltaba desarrollarse en mí, para que por fin te reconociera?.

A veces somos tan torpes, tan ciegos a la belleza de éste mundo, que, aun formando parte, vivimos desconectados de lo natural, tan apartados de nuestra verdadera naturaleza en realidad, insensibles a todo, distantes, como anestesiados, perdidos en nuestros pequeños o grandes deseos personales mezquinos, perdidos en la trama de nuestra realidad por lo general cotidiana y miserable.

Hay un mundo fuera, con Sol, con lluvia, a veces incluso con ventarrones, tormenta y nieve, hay un de mundo de sensaciones diversas, de creaturas vivientes, en la magia del agua en lagos, ríos y mares, en la magia del bosque, en la infinita diversidad, como en sus tiempos, como en sus formas, en sus colores, en sus perfumes y sensaciones, como en el contraste de la luz del sol filtrándose entre las hojas y líquenes mojados de toda esta espesura.

Desde afuera me voy hacia adentro, hasta que de golpe me siento hermano, siendo, como soy también,  hijo legítimo de Gea, nuestra gran Madre Tierra.

Entonces en silencio, me siento unos minutos bajo el gran árbol.

Sin prisa, simplemente presente,  extasiado ante tanta belleza, admirando su vitalidad, su porte imponente, su persistencia, su propia entidad presente. Le agradecí por fin, su ejemplo de dignidad y entereza… y me despedí, prometiendo, volver uno de estos días a pedirle consejo, querido gran abuelo, querido gran jefe de la vida.

*por Alejandro Vaccari.

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