24/01/2021

El doble desafío de los emprendedores rurales

Tener un proyecto propio no es tarea fácil, pero menos aún cuando la ciudad está lejos y todo implica mayor esfuerzo.

El doble desafío de los emprendedores rurales
Cada vez hay más familias rurales que apuestan por los emprendimientos.
Fotos: Marcelo Martínez.
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or Claudia Olate

“Cuando tenía que hacer los cursos virtuales para emprendedores, me iba a la ruta donde había un punto wifi, o en el auto con la compu me estacionaba afuera de la casa de una amiga en Pilcaniyeu, porque con la pandemia ni siquiera podía entrar”, cuenta María Fernández como al pasar, casi como una anécdota.

Es que ser emprendedor nunca es fácil. Muchas personas tienen el sueño de tener un proyecto propio, de no tener jefes, de vivir de lo que uno produce/crea o fabrica, pero no todos se animan a hacerlo porque requiere esfuerzo, paciencia y mucho sacrificio, sea donde sea, y especialmente, cuando es en zonas rurales.

Cada vez son más las familias que se animan y apuestan por esta manera de vivir, aunque claro, lleva tiempo poder subsistir únicamente de lo que producen. María y su marido Luis empezaron con Puente Viejo casi sin querer, más por una pasión familiar que por proyecto económico.

La familia Fernández comenzó el emprendimiento casi sin darse cuenta, sembrando orégano para consumo propio. (Foto: Marcelo Martínez)

El matrimonio que tiene dos hijos, vive en Pichileufu y hace unos años comenzaron con la siembra de orégano. La cosecha fue tan buena que era demasiado para el consumo familiar y le obsequiaron a amigos y conocidos. Ese fue el puntapié inicial.

De a poco comenzaron a ampliar la producción, con pequeños pasos porque, además, son docentes rurales y no disponen del tiempo al 100% para dedicarle a la siembra y cosecha de aromáticas.

En 2016 comenzaron a vender primero en el Mercado de la Estepa y de a poco, la huerta se fue ampliando e incorporaron más aromáticas: albahaca, tomillo, estragón, romero… “Cada vez le agregamos más cosas y todos participamos, acá el que no siembra riega, y el que no riega, limpia y así”, sostuvo la mujer en relación a la participación de toda la familia en Puente Viejo.

María y Luis Fernández son docentes rurales además de manejar su emprendimiento. (Foto: Marcelo Martínez)

Algo similar pasa en El Manso, en el predio de la familia Santana Carro en El Manso. Gladys y Oscar llevan 33 años juntos y casi 20 años ininterrumpidos viviendo en el lugar. Son nacidos y criados allí, pero “como todos los jóvenes, cuando éramos chicos queríamos salir del pueblo y vivimos varios años en Bariloche”, cuenta Oscar en el pequeño puesto en el que venden sus variados y deliciosos productos.

La vida los llevó de vuelta a su lugar de origen, más grandes y con otra visión de futuro, vieron en el campo donde nacieron, la oportunidad de criar a sus hijos de una manera diferente y de a poco, también encontraron la oportunidad de vivir con lo que producían.

Gladys y Oscar están juntos hace 33 años y hace 20 que viven en El Manso. (Foto: Marcelo Martínez)

Oscar comenzó a hacer dulces con frutas que cosechaban ellos mismos. Los frascos se fueron multiplicando, como así también lo que producen. Hace unos 11 años forman parte además de la Feria Franca que durante la temporada estival, se instala cada sábado en la plaza Belgrano de Bariloche. Allí llegan con sus dulces caseros, los más ricos panes y budines que hace Gladys y siempre alguna verdura recién cosechada.

“No fue fácil”, dice Oscar y cambia rápidamente por un “no es fácil”. El esfuerzo es mucho y continuo. La huerta e invernaderos demandan atención constante para poder cosechar, producir y vender en el verano.

Gladys se ocupa de la huerta y Oscar es el encargado de los más ricos dulces. (Foto: Marcelo Martínez)

María y Luis coinciden. No es tarea fácil. La falta de conectividad, las distancias, conseguir insumos, habilitaciones y trámites suelen poner todo cuesta arriba. Pero como dicen, el esfuerzo tiene su recompensa.

El emprendimiento Puente Viejo, sin ir más lejos, participó en 2020 en Emprendedores de Río Negro, un programa impulsado por el Banco Patagonia y la fundación Nobleza Obliga. Justo en el año que iba a ser más difícil para ellos, porque por la pandemia el certamen se reinventó y todo fue virtual, cuando antes, se realizaban encuentros, charlas y seminarios presenciales.

"Nos enteramos de casualidad por un familiar que vive en Beltrán y lo vio en internet”, contó María en la casa en la que viven hace largos años y desde donde viajan a diario (en épocas normales) a Pilcaniyeu para dar clases.

Puente Viejo fue el emprendimiento ganador del certamen Emprendedores de Río Negro del Banco Patagonia. (Foto: Marcelo Martínez)

Es que la familia vive en una zona sin teléfono ni mayor conectividad. Hasta ese momento, no tenían internet en su casa y la comunicación era casi una misión imposible. Se inscribieron en el programa y cada vez que tenían que realizar cursos o participaciones de modo virtual, tenían que trasladarse a otro lugar, lo que se hizo doblemente dificultoso en el contexto de pandemia.

“La verdad es que no pensábamos que podíamos ganar. Nos anotamos porque los cursos eran re interesantes, pero eran más de 1300 emprendimientos y uno era más lindo que el otro”, remarcó María con verdadera humildad.

Allí fue cuando María tenía que salir en búsqueda de señal, ya sea para llamar, para conectarse a internet, para dar aviso de cómo iban en el certamen, pero “nuestra intención es demostrar que se puede, que con poco se hace algo. Prácticamente todo lo que usamos es reciclado, salvo el nylon de los invernaderos que tuvimos que pagar en cuotas”, indicó. En esta línea también diseñan sus empaquetados: frascos de vidrio, sobres de papel madera, todo lo que tenga menor impacto en el medio ambiente.

Emprender en la zona rural tiene más dificultades que en la ciudad, pero las familias apuestan por sus proyectos. (Foto: Marcelo Martínez)

Oscar y Gladys por su parte arrancaron vendiendo tortas fritas y dulce de sauco, pero de a poco la variedad se fue ampliando. Saberes tenían de sobra, “nacimos en el campo, nuestras familias fueron de las pioneras en esta zona, aprendimos de niños cuál era la manera de cultivar, de hacer semillas, de cuidar las plantas. Al fin y al cabo, somos lo que comemos”, dice el matrimonio mientras recorren la enorme huerta donde además tienen una gran cantidad de frutales que hoy sirven para dar trabajo a otras personas que se encargan de cosechar, porque claro está, no hay manos que den abasto cuando de cultivar se trata.

Lo que se hereda no se roba, dice el dicho y parece que el empuje y las ganas también la tienen los hijos de estos emprendedores rurales que se dedican día a día a producir, bajo el sol, la lluvia o el frío intenso de la Patagonia.

Bruno es el hijo mayor de Gladys y Oscar y también apostó por un proyecto personal. Como si siguiera los pasos de sus padres, vivió varios años en Bariloche donde trabajaba con el turismo estudiantil, hasta que se cansó y volvió al pago. Además de ayudar a sus padres, decidió emprender el mismo y así comenzó a fabricar cerveza artesanal, “artesanal de verdad”, dice.

Bruno tiene su proyecto personal dividido entre la cerveza y el camping, ambos se llaman La Vieja Huella. (Foto: Marcelo Martínez)

La Vieja Huella es producto de sus conocimientos cerveceros, paciencia y ganas de hacer algo diferente. “Empecé hace unos cinco años aunque hace dos se tornó algo más serio”, relató y explicó que aprendió de adolescente, cuando iba a la secundaria, pero recién hace poco se animó a fabricar de manera más “formal”.

El nombre surgió porque dentro del campo donde viven, siembran y producen, pasaba el camino viejo de El Manso del que queda apenas, una vieja huella. La producción de una tirada demora unos tres meses porque Bruno se toma el trabajo de carbonatarla con azúcar, para que no implique agregados de otro tipo.

El estado de las rutas, la conectividad y el acceso a los insumos son algunas de las dificultades que atraviesan los emprendedores rurales. (Foto: Marcelo Martínez)

“Acá siempre pensás en el futuro: trabajas mucho en septiembre para ver resultados en enero o febrero”, remarcó Bruno mientras nos muestra el camping recientemente inaugurado que también decidió emprender de manera personal. Con una visión ecológica y cuidada, son pocas parcelas muy separadas entre sí, para que la gente siga manteniendo la privacidad y la tranquilidad a la hora de acampar a las orillas del río que en verano hace de “nuestro jacuzzi”, bromeó.

“Con los años la gente empezó a descubrir El Manso como destino turístico, antes era todo muy distinto”, recordó Oscar. La familia cuenta con un par de cabañas de alquiler, “hicimos una hace muchos años y hace poquito terminamos la otra. Todo cuesta, todo es laburo”, remarcó.

Emprender nunca es fácil, pero tiene sus escollos extras en áreas rurales. Sin embargo, las familias rionegrinas se animan a apostar por lo suyo, por utilizar sus saberes, lo que aprendieron como forma de vida y contagian a otras personas que deciden seguir los pasos y fortalecer las economías locales. (ANB)

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