16/02/2020

Antropología forense, memoria y paz

El filósofo Nahuel Michalski reflexiona sobre la nominación del Equipo Argentino de Antorpolgía Forense al Premio Nobel de la Paz.

Antropología forense, memoria y paz

*Por Nahuel Michalski

Ni el avance hacia la Patagonia de las langostas tucura sapo que migran del norte escapando del desmonte, ni los incendios forestales ni las ocupaciones de terrenos lograron, esta semana, opacar la inmensidad del hecho de que el Equipo de Argentino de Antropología Forense (EAAF), gracias a la intermediación del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), haya sido nominado al Premio Nobel de la Paz. Tanto orgullo no cabe en un humilde artículo. Se siente semejante a aquella otra ocasión en que pudimos ver al ARSAT 1 coronar la órbita terrestre. Pero, más allá del inevitable sensacionalismo ínsito a la noticia, ¿qué es propiamente lo que sí debería enorgullecernos? Creo que el asunto va por aquí: que aún seamos capaces de comprender la importancia de mantener vinculadas las ideas de memoria y paz. Y aún algo más: que se mantenga fresca la sensación de que dicha unión no resulta ni sencilla ni gratuita, sino que sólo es posible al precio de un costoso trabajo de extracción y sostenimiento. Piénsese, entonces, estos dos ejes desde alguna óptica filosófica.

La vinculación entre paz y memoria se ha tornado una exigencia ineludible sobre todo a partir del siglo XX, a raíz de la cantidad de violencia social que dicha centuria ha acumulado a escala planetaria. Las barbaries, genocidios y violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos que el contractualismo ilustrado moderno comenzara a pergeñar, y que fueran la gran promesa de caras al progreso posterior de los pueblos, ha implicado que toda la decepción, frustración y agonía colectiva en torno a esto deviniera en la inevitable necesidad de sanar las heridas y perdonar en nombre de un “seguir para adelante”. Sobre todo, cuando una enorme porción de esta violencia a los pueblos del mundo se ejecutó en nombre de “la seguridad del Estado y la ciudadanía”. En este sentido, consagrar una paz posterior liberadora, tranquilizadora, que permitiese que las comunidades golpeadas por el terror organizado “siguieran adelante luego de la barbarie”, demandaba un perdón colectivo de carácter casi divino por parte de aquellas; un perdón que, sin embargo, nunca es, ni debe ser, olvido. Y este es el centro conceptual de la cuestión: el carácter redentor del perdonar sólo resulta viable cuando lo que se tiene es una profunda memoria de lo ocurrido. Puedo perdonar lo que me has hecho porque puedo recordarlo, porque soy capaz de “traerlo hacia mi presente” y visualizarlo. Y ¡vaya! si los pueblos no han aprendido a tener memoria. Entonces, la memoria opera como ese arcano sagrado, como ese resquicio incluso a veces atemporal, donde la historia misma de lo ocurrido late efervescente habilitando la construcción de identidad. La memoria es identidad; y un pueblo sin memoria no tiene entonces ni historia ni identidad, puesto que, ¿no es acaso la identidad, tanto individual como colectiva, únicamente posible en tanto y en cuanto hay algo en el pasado contra lo cual identificarse ya sea para seguirlo como para rechazarlo? Por consiguiente, un pueblo sin memoria, ni historia ni identidad no tiene paz en la medida en que no es capaz de proporcionarle sentido existencial a los sucesos que ha debido atravesar, bueno y malos. Por esto mismo, el recordar siempre es un dotar de sentido que posibilita, gracias a lo memorioso-histórico, la clarificación del trauma, de la herida, y por tanto su superación individual y/o colectiva. De aquí, como se anticipó, el necesario vínculo vital entre paz y memoria . Solo a través de la memoria, la paz de una sociedad vulnerada en sus derechos más fundamentales es pasible de ser reconciliada con su identidad.

Pero nuestros antropólogos candidatos al Premio Nobel de la Paz -y ahora entendemos por qué motivo la paz y el trabajo antropológico de recuperar las memorias del pasado se han vinculado en dicha candidatura- han enseñado algo adicional: la importancia del esfuerzo organizado necesario por extraer y sostener la memoria en el presente a partir de los restos materiales del pasado. Y esto es lo que dignifica la cuestión, es decir, su dificultad. Una dificultad inherente a todo proceso de reconstrucción de sentido a partir de las huellas del pasado en nombre de la sanación de las heridas colectivas. Es decir, lo que nuestros antropólogos muestran es que recordar la barbarie sucedida, extraer los detalles del terror absorbido por una cierta población, demanda un trabajo de búsqueda, recolección, análisis, filtro, selección y, sobretodo capaz de sostener en el presente el sentido primordial implicado en los vestigios de las épocas de oscuridad. Es el hecho de que el proceso de reconstrucción de la identidad, la memoria y la historia -único proceso capaz de asegurar la sanación de las heridas y la posterior paz espiritual de una comunidad- sea esencialmente dificultoso lo que lo torna valioso y digno. Si el recordar para perdonar fuese una tarea sencilla, al alcance de la mano, si no implicara el descomunal trabajo de hacer vivir en el ahora el sentido último que conecta la actualidad con lo que ya fue, entonces nada grande habría en ello, ningún signo distintivo de un gran pueblo que recuerda lo que le han hecho y perdona en pos de “seguir para adelante”. Por esto, porque la paz y la memoria sólo pueden pensarse como un extraer, sostener y reconstruir, es que porta un profundo sentido aquella célebre frase del eminente pensador Marcel Proust: “el olvido es un poderoso instrumento de adaptación a la realidad porque destruye poco a poco el pasado que sobrevive y que está en constante contradicción con ella”.

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

Se puede encontrar más info sobre el trabajo de Michalski en sus redes como Instagram Facebook.

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