La corrupción, entre la realidad social y el escándalo mediático | ANBariloche
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La corrupción, entre la realidad social y el escándalo mediático

Para los medios, el caso resulta más atractivo que el problema de fondo: en policiales como en sociedad, como en cultura, como en política. Pero la corrupción no es una colección de anécdotas sino una característica estructural del capitalismo moderno, en todo el mundo. El abogado Alejandro Drucaroff, el politólogo Sebastián Pereyra y los periodistas Analía Argento y Daniel Míguez lo explican.
14/07/2013 00:00 Hs.
La corrupción, entre la realidad social y el escándalo mediático
La corrupción, entre la realidad social y el escándalo mediático

El Diccionario de la Real Academia plantea el tema en su cuarta acepción ("en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquéllas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores"), pero los medios opositores ubican el tema de la corrupción en primer plano y con límites acotados. La anécdota, el caso: el espectáculo. Sin embargo, y tanto que la codicia es uno de los siete pecados capitales, esta práctica atraviesa tanto los tiempos que parece merecer mejor enfoque, y en esta instancia del capitalismo se ha constituido en un elemento estructural del sistema. Para abordar esas visiones más amplias y realistas, Miradas al Sur dialogó con Alejandro Drucaroff, abogado de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigador en temas de responsabilidad y ética públicas; Sebastián Pereyra, politólogo de la UBA doctorado en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la Universidad de París, investigador del Conicet y profesor de Teoría Social en la Universidad Nacional de General San Martín (Unsam), además de autor de Política y transparencia, la corrupción como problema público; Analía Argento, editora política de El Cronista y autora de La guardería montonera y De vuelta a casa, y Daniel Míguez, periodista y autor de Diez años y Kirchner íntimo.

-En los medios se habla mucho sobre corrupción pero rara vez se ubica el tema en su contexto. Da más rating plantearlo como una cuestión de voluntarismo, algo que se puede barrer si se quiere, y no como un problema estructural de la sociedad capitalista contemporánea. Salgamos de esa falacia: ¿qué es lo que se denomina corrupción sistémica?

Alejandro Drucaroff: -Hablar de corrupción hoy sin considerar el mundo globalizado, los mecanismos de distribución de la riqueza y de apropiación de la renta y sus efectos sobre el poder implica perder el sentido del tema. También a nivel de nuestro país. Este fenómeno, vinculado al poder desde que el ser humano habita la Tierra, se ha acrecentado en las últimas décadas dado el grado extremo de desigualdad: en tal concentración, la corrupción afianza su camino. Desde lo jurídico, agregaría un primer concepto interesante: existe un pequeñísimo grupo, lo que el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz califica en su último libro, El precio de la desigualdad, como prácticamente una impunidad consolidada durante años que lleva a una situación de inmunidad. Y no es un juego de palabras

-¿Coincide con esta visión el autor de Política y transparencia, la corrupción como problema público?

Sebastián Pereyra: -A partir de la desigualdad podemos ir hacia otros temas que hacen a la discusión de la corrupción: la ética pública, el financiamiento de la política, el funcionamiento y las capacidades estatales... Una de las preguntas detrás de mi libro es cómo fue, en el caso de la Argentina y de otros países también, que llegamos a discutir tanto con un vocabulario relativamente escaso como es el de la corrupción. Intenté contar esa historia: cómo fue que la corrupción adquirió una centralidad cada vez más importante en la política nacional, en el caso de la Argentina en los últimos veinte años, y cómo eso se vincula a procesos de orden internacional con fenómenos parecidos.

A. D.: -Un tercio de los dineros del mundo circula por los paraísos fiscales, algo por definición ilícito: ¿cómo puede haber un paraíso contra el fisco? ¡Un tercio! Todo el dinero del tráfico de armas y de drogas. Toda la corrupción rica y privada, ya provenga de defraudaciones personales o -fundamentalmente- de la evasión fiscal... Este problema, al cual debiera apuntar el liderazgo mundial, se menciona alguna vez en una declaración del G20 o del G8, acaso hoy un poco más porque el nivel de ajuste hacia abajo es tan tremendo que se exige alguna explicación de por qué no pagan los que más tienen, quienes además generaron la crisis. Eso es corrupción. Claramente: corrupción. En un magnífico libro, El ataque contra la razón, el ex vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore denuncia que el 60% del tiempo de los legisladores en Washington se va en garantizar los fondos para la siguiente campaña electoral... Si la base de la campaña electoral es el dinero, debemos preguntarnos sobre cuán genuina es la democracia de la que estamos hablando. Esto no significa que no haya que plantear la función pública desde la base de la idoneidad, la ética y la eficiencia. Estos conceptos están en la ley argentina, que incluso establece la responsabilidad patrimonial a título personal para el funcionario; ni hablemos del que fleta un avión para ir al cumpleaños de la abuela... Este tipo de cosas son importantes, pero no podemos perder la perspectiva sistémica

-Tomemos un ejemplo: Ricardo Jaime cuando acepta un pago extra en las concesiones de transporte. Para los medios es más atractivo contar el caso, pero al otro día, cuando hay que dar la noticia de una tragedia ferroviaria, es imposible ignorar que no se ha cambiado la matriz de las privatizaciones de los ´90: una cosa se vincula con la otra. Sin caer en una observación canalla, ¿la microfísica del poder puede revelar que algunas personas acepten hoy prebendas sin pensar en el choque de mañana?

S. P.: -Totalmente. Hay que pensar qué lugar ocupan los escándalos en esa visión sobre las prácticas políticas, qué lugar ocupa el periodismo en la crítica, sobre todo los expertos o voceros de la anticorrupción. Pensar la matriz de la corrupción desde la lógica de los escándalos tiende a generar un énfasis que hace perder de vista otros elementos. La anécdota de la conducta particular de un funcionario habla del estatus moral de esa persona. Pero desde inicios de los años '90 a nivel internacional se empezó a discutir la corrupción como un problema de orden global: hubo un trabajo serio para pensarla en términos sistémicos, con elementos que salieran de la lógica del sistema penal y la punición de los casos particulares. Hace varias décadas se intenta esto y sin embargo se tiende a concentrar los escándalos políticos en una idea de corrupción con un personaje de estatus moral degradado y una persecución penal como clave para su combate.

-Alejandro ¿cómo ponerle carnadura a la idea de la corrupción sistémica en la Argentina? Se me ocurre el ejemplo de los actores que intervienen en la obra pública. Uno de ellos, la Cámara Argentina de la Construcción, es un ámbito empresarial que hace lobby, algo que en la Argentina no está legislado. Allí, entonces, entramos en un territorio oscuro. Si sometemos el valor del metro cuadrado de construcción en Argentina a diez auditorías de facultades de Ingeniería y algunos especialistas internacionales, encontraremos una porción inexplicable.

A. D.: -Correcto. Yo empezaría por el lobby porque, en realidad, donde está legislado actúa todavía peor. Se debería proscribir la idea de lobby. En los Estados Unidos, por ejemplo, una reciente investigación del Fondo Monetario Internacional determinó la relación directa entre el lobby del sistema financiero (quizás el más poderoso del mundo, junto con el de los medicamentos) y la obtención de modificaciones sustanciales en el régimen de contratación de productos financieros, como ellos lo llaman; para mí, la expresión es un disparate grotesco.

S. P.: -Un disparate del que después surgen derivados y modelos matemáticos que solamente conocen los que los hacen... El organismo de control de las sociedades financieras estadounidenses tuvo serios problemas para ejercer sus funciones porque no sabían exactamente cómo eran los productos... Eso surgió de un lobby muy fuerte que consiguió un nivel de desregulación que permitió apalancamientos escandalosos: con la plata hacer más plata y más plata y más plata; sucesivas multiplicaciones de dinero que no existe y que llevaron a esta crisis financiera internacional. El mundo entero paga hoy un efecto del lobby financiero: la modificación de las normas en función del interés de grupos económicos gigantescos. Ahí tenemos corrupción, en el nivel de la palabra más alto y claro. Pero lamentablemente eso interesa menos a los medios que si el presidente del Senado brasileño fleta un avión desde Brasilia para ver los partidos en el Maracaná. ¿Pero adónde apuntamos para tratar de resolver el problema? Hablar de transparencia en el nivel más bajo es obligado, pero el modelo va de arriba para abajo.

-Habría que armar un lobby para justamente volver a pensar los términos en los que discutir políticamente el problema.

S. P.: -Cuando uno piensa qué introduce esta idea de la corrupción como matriz, ve claramente que carga las tintas sobre la clase política, identificada como un actor relativamente autonomizado de los intereses sociales. Se podría decir que en cada país posee cierta razón de ser, porque la corrupción adquirió la capacidad de sintetizar los malestares de la democracia y de la representación; en ese sentido no es azaroso que la corrupción gane como vocabulario, frente a otros posibles, para discutir política económica. La corrupción ha logrado nombrar pero al costo de reducir las cuestiones: si hablamos de problemas de representación, podríamos discutir muchos elementos de orden diverso, y no si los políticos son corruptos en su mayoría. Hay un doble juego en el que la corrupción vuelve de manera cíclica porque hace foco sobre las cuestiones de la relación entre los representantes y los representados que siguen siendo importantes, como si los políticos representan los intereses de grupos sociales específicos. Pero nombrar así esos malestares de la representación los acota a un problema particular: conductas legales o ilegales, legítimas o ilegítimas.

A. D.: -Hace un par de semanas se publicó una noticia sobre la corrupción en el Partido Popular español en el gobierno, que hoy prácticamente lo pone en riesgo de continuidad por su gravedad: su tesorero durante veinte años, con estancias en Salta, con papelitos de almacenero donde anotaba cuánto le daba a cada uno... En lo fundamental, se probó que los aportes a la campaña se suelen vincular con prebendas, no tienen por qué ser directos: uno financia a alguien para después que ese alguien represente sus intereses... lo mismo que denunció Gore. Y hace un par de semanas, en paralelo, se publicó otra noticia, sobre Grecia, muy interesante: se conoció que el entonces primer ministro había recibido años atrás del gobierno alemán la lista de evasores fiscales griegos que tenían depósitos en bancos suizos. Grecia ya empezaba a estar mal y no se hizo absolutamente nada: se permitió que la evasión siguiera mientras se hacían los ajustes hacia abajo. Este juego de la política y el poder económico, con los efectos que genera en la ciudadanía, es lo que preocupa a la gente. Lamentablemente el escándalo no da cuenta ni propuesta de esto.

-Tenemos la certeza sobre la corrupción sistémica y su vinculación con decisiones del poder político y el económico. ¿Pero cómo se hace para que esto penetre en el debate cotidiano? Me incomoda mencionar que Jorge Lanata empieza a generar un formato, con información en casos periodística y en otros provista por agencias o ex agentes de seguridad, que nunca permitirá discutir este tema en serio.

S. P.: -El tipo de procedimiento espectacular que Lanata hace en la actualidad se inventa los años ´90, cuando adquiere centralidad esta intervención política de actores que no pertenecen al campo político: periodistas, expertos o figuras de organizaciones de la sociedad civil. Pero si la ponemos en perspectiva, la lógica actual de debate sobre la corrupción se centra casi exclusivamente en el escándalo como espectáculo. El escándalo como puesta en escena tuvo distintos elementos desde principios de los ´90, salvo durante los primeros años del gobierno de Carlos Menem, cuando la corrupción aparece movilizada por el propio gobierno como un elemento importante a ser considerado. Sin embargo, durante los años ´90 se discutía sobre corrupción con otra serie de elementos también. Un escándalo no es lo mismo que una investigación periodística que desencadena un escándalo. Si pensamos en países europeos fuertemente sacudidos por la corrupción durante los años ´90, no es lo mismo que un escándalo desencadene una investigación judicial, como en América latina, o que un escándalo sea el corolario de una investigación judicial.

-¿Cuál sería la agenda que hoy la ciudadanía argentina podría visualizar como algo que le permita pensar la corrupción de otras maneras?

A. D.: -Uno de los grandes problemas es el funcionamiento pésimo de la Justicia. Las pocas veces que se encara la corrupción, se lo hace sólo desde el punto de vista de la responsabilidad penal, los delitos y sus penas; una parte importante, sobre todo si se considera que el promedio de duración de las causas en la Argentina es de catorce años... Pero existe otra faceta que puede ser más veloz y es más importante: la recuperación de activos, por supuesto encarada no sólo contra el funcionario sino contra el participante del lado privado, quien motoriza la corrupción, porque seguramente no la habría sin el aporte privado. En la Argentina tenemos todas las normas para recuperar activos. Sin embargo, veamos quizás el caso más emblemático de corrupción desde el poder, los sobresueldos con fondos reservados de la SIDE [Secretaría de Inteligencia del Estado]: 600 millones de dólares en aquel momento, que se distribuyeron mes a mes entre los miembros del gobierno de Menem... Están por ir a juicio oral, tras casi catorce años, pero no se movió un solo papel para recuperar el dinero, salvo casos puntuales como el de María Julia [Alsogaray], pero por derivaciones distintas... Con respecto al hecho en sí de los sobresueldos, nada.

¿Por qué?

-Según un argumento, primero tiene que salir la sentencia penal. Pero es una discusión jurídica apasionante para dar: yo estoy convencido de que no es así. Todas las organizaciones de la sociedad civil a las que aludió Sebastián tienen posibilidad de accionar y deberían pelear por esto; de hecho en algunos casos lo han intentado y con resultados. Y hay que impulsar que el Estado persiga la recuperación de esos activos. Yo hago centro en el patrimonio porque el dinero es el altar ante el cual reza esta sociedad, y si realmente se instituye la idea de que el corrupto público y privado, el que se queda con el dinero, corre el riesgo de devolverlo, estaríamos frente a un cambio.

La mirada y los medios. Si los ciudadanos viven una vida vicaria por medio de los -precisamente- medios de comunicación, la televisión, la radio, las publicaciones gráficas y la web tienen una importante responsabilidad en la idea dominante de corrupción y en los temas de los que se debe hablar. Por esas construcciones simbólicas, cuando uno imagina a un empresario que se acerca a un político se lo imagina pensando en qué puede obtener como beneficio extra a la hora de un contrato público; sin embargo, ese imaginario no es exclusivo de este tiempo ni de este país. Cuando la prensa elude ese contexto, vulnera el derecho a la información.

-¿Cómo debe tratar el periodismo el tema de la corrupción para cumplir con el mandato básico de este oficio, tratar de decir la verdad, generar información creíble y chequeada, en lugar de hacer del escándalo algo verosímil aunque se carezca de elementos para creer en él?

Analía Argento: -Me siento muy cómoda porque siento que trabajo con responsabilidad; soy la autora de lo que quiero contar y puedo contar la historia como quiero. Eso es algo que los periodistas debemos defender mucho. Hace unos años, cuando daba clases en una universidad y en un instituto, enseñaba periodismo de investigación, unos alumnos muy jovencitos, de veinte o veintidós años, me plantearon: "¿Para qué discutimos tanto si lo que hay que hacer es lo que el medio le dice a uno?". "¿Cómo lo que les dice el medio?", les pregunté. Y les expliqué que más allá del condicionamiento que uno pueda tener en un medio, uno es un periodista. Quizás cuando se arranca uno se siente tímido y no se planta a los jefes, pero yo, quizás porque soy muy cabeza dura o muy idealista, creo que en cada lugar donde uno esté, coincida o no ideológica o periodísticamente con la empresa, siempre tiene un margen, una grieta para dar las batallas en las que cree. Si no, me dedicaría a otra cosa.

-En 1995, cuando estaba en la agencia Télam, se cumplían 50 años de Clarín y el grupo, que peleaba por la telefonía, sentía que Menem le debía muchas cosas. Unos pocos meses antes se había conocido el decreto secreto de 1991 por el cual habían pasado 50.000 toneladas de armas por la aduana. Pero la denuncia -que motorizó Clarín pero inundó a todos los medios- no hizo mella en las elecciones; y hasta ahora, aunque han pasado tantos años, todavía resta ver qué va a pasar con la condena a Menem.

Daniel Míguez: -Fue un caso emblemático. Pero como decía Analía de las investigaciones y lo que le planteaban sus alumnos: son acuerdos. Hasta ese momento, Clarín tenía un equipo de investigaciones que trabajaba y el 90 por ciento de sus propuestas eran rechazadas por los editores o las autoridades. Ésa no; ésa pasó. Pero la selección empresaria obedeció a su coyuntura política y a sus intereses. Menem les había dado muchísimo pero no todo; querían más. Y fue una denuncia veraz, bien investigada por Daniel Santoro, que tuvo las consecuencias que hoy estamos viendo con la sentencia a un ex presidente. Veremos cómo termina. Pero esto muestra cómo los medios a veces juegan y a veces no. A principios de los ´90, Página/12 investigaba y sacaba a la luz muchos hechos de la corrupción menemista; en ese momento yo estaba en Clarín y teníamos que leer Página/12 antes porque no podíamos publicar esas cosas.

A. A.: -Estas cosas me generan la duda sobre cuándo uno debe hacer lo que considera como periodista y cuándo uno termina por ser funcional. Daniel menciona que existía un equipo que proponía investigaciones, o sea que recibía información sobre hechos de corrupción... Hace poco publiqué en El Cronista unos audios tremendos del tren Sarmiento y que se viralizaron en las redes. Y sufrí una desmentida muy fácil: que eran una edición maliciosa mía, que había juntado audios de una semana... Como tenía todos los audios en mi computadora hubiera sido muy fácil verificar la verdad; sin embargo, me asustó la facilidad con que se desmiente a un periodista, aun con mi facilidad de probar que tenía esos audios antes y que mi fuente está chequeada y carece de intereses.

-¿Qué clase de dilema constituyen las fuentes para el periodista?

A. A.: -A veces uno en un medio es funcional o a otros, porque mi nota también la levantaron distintos medios quizás con otros intereses que no coincidían con los míos, y por eso tuvo tanta repercusión. Ahí se plantea un primer dilema. Y la fuente, sí, es el segundo dilema que tenemos los periodistas, porque a veces también pueden tener un interés. Por eso creo mucho en la responsabilidad y en el trabajo de cada uno para sostener una ética, aunque uno no tenga firmado un compromiso de ética; para volver al sentido común y a la ética de cada quien, las cosas como deben ser, más aún ante los intereses de otros.

-No sólo los estudiantes creen que los periodistas trabajamos para el medio: también lectores, radioescuchas, televidentes piensan que es así. ¿Qué opinan de este panorama que ha emergido como efecto secundario en la pelea por la ley de medios? Yo sé que no es así; sin embargo, la percepción es otra.

D. M.: -Edgardo Petrone ingresó en el diario Crítica en 1928 luego de que Natalio Botana le pidiera un editorial sobre Dios, y él preguntó "¿A favor o en contra?". Noto algo así instalado en los chicos de la universidad: que el periodista casi no tiene margen de autonomía de la empresa. Con el debate sobre el periodismo militante todo esto se reactivó: quién es militante y quién es independiente. Hay militancia ideológica y militancia por intereses económicos, intereses más banales, incluso por hacer carrera. La línea editorial que marca un medio de comunicación que te emplea es muy determinante, pero no creo que te sujete en un 100 por ciento. Por lo menos uno tiene que dar la pelea: el contrato del periodista es con el pueblo, no con su empleador; a su empleador lo une una prestación laboral por un salario, pero su compromiso moral es informar de la manera más ecuánime posible, con honestidad intelectual.

A. A.: -Sí. En un momento de mi vida decidí que empezaba a elegir qué hacía y qué no, y lo pagué, porque estuve mucho tiempo sin trabajar en periodismo. Y a los 37 años, luego de veinte, volvió a ayudarme mi papá... Yo cortaba el teléfono llorando porque mi papá me decía que había depositado 1.000 pesos y me trataba de dibujar la ayuda como un regalo para mis hijas... Pero yo había decidido que los sapos me caían indigestos... Ahora, a veces, me los como; es la realidad. Pero, como dice Daniel, el problema es cuando un periodista no se da cuenta o, peor, le da igual. Sufro mucho algunas cosas que nos pasan como periodistas, las sufro en el cuerpo; lo que me equilibró la cabeza es pensar que aunque uno no gane todas las batallas, uno tiene que saber que las da. Por eso me parece muy sano mucho de lo que hoy ocurre en el periodismo. Algunas cosas no: en esta batalla cultural, o mediática, también hay excesos de ambos lados. Pero hoy todos tenemos una lectura más crítica: la gente elige a quién escucha y a quién no, y los periodistas también nos cuestionamos, aunque nos peleemos entre nosotros. Básicamente surge algo sano: nos hacemos preguntas. Porque cuando dejamos de hacernos preguntas desaparece la inquietud que sostiene la vocación del periodista.

-Quisiera plantear tres temas cruciales en el debate de hoy: pauta oficial, publicidad privada y normativa del libre acceso a la información. ¿Cuáles son sus opiniones?

D. M.: -Desmitifiquemos la idea de que si el Gobierno no pone pauta en mi medio coarta mi libertad de expresión: el mercado publicitario privado es mucho más cuantioso que el estatal. La pauta publicitaria que reciben los medios del mercado de las empresas privadas es mayor. Quizá la falta de avisos oficiales afecte la posibilidad de mantener una empresa periodística para medios muy pequeños a los que les resulta más dificultoso recibir pauta privada: si alguien se pudiera quejar serían los medios comunitarios o pequeños, no Clarín, La Nación, Telefé, Canal 13 o América TV. Personalmente creo que no estaría mal que se establecieran parámetros sobre cómo distribuir la pauta oficial, pero para proteger a la prensa más débil. Ya vimos cómo se constituyó el monopolio de Clarín, por ejemplo: el pez grande se come al chico. Pues entonces hay que proteger a los chicos. Por lo demás, apoyo el libre acceso a la información siempre que no perjudique los intereses superiores de la Nación. Hay información sensible, decretos secretos, como en cualquier país, y ninguno la da a conocer alegremente a los medios... La información no es neutra ni el periodista o los medios son una simple polea de transmisión. Por eso, apoyo el libre acceso a la información con recaudos.

A. A.: -A mí me parece peligrosa, o al menos me hace ruido, la idea de que los periodistas tengamos productoras, nuestros propios programas. Por un lado está bien porque no dependés del medio en que trabajás, pero al mismo tiempo te podés volver rehén de cuestiones como la pauta publicitaria... Ahí depende de la espalda que cada uno tenga, de las ganas que tenga de decir las cosas como son. Y a los dueños de los medios que hoy defienden tanto la libertad de expresión, les diría que pagar sueldos acordes al trabajo del periodista también es una manera de defender esa libertad.

-Sobre lo que decía Daniel acerca de informaciones sensibles como los presupuestos reservados o las decisiones reservadas: también existen mecanismos de control en los otros poderes del Estado: hay comisiones del Senado que regulan y controlan esas disposiciones secretas del Poder Ejecutivo, por ejemplo, o las partidas presupuestarias para los servicios de Inteligencia. Y también la Justicia puede actuar, sin dar a conocer secretos de Estado. Entonces, ¿por qué se cree que los ciudadanos estamos indefensos?

A. A.: -Un problema posible que genera esa impresión es que, en mi opinión, los organismos de control están fallando. No tengo tanto miedo a la corrupción porque corrupción hay en todo el mundo y en todas las profesiones: en las naciones grandes y en las pequeñas, entre los empresarios y en el sector público, en las campañas políticas y en el poder... Pero sí creo que es necesario fortalecer los mecanismos de control en cada una de las áreas. Eso hace bien no sólo a los ciudadanos y al sistema, sino también a la gestión. A veces me enoja cuando se trata de tapar algunas cosas, porque quien defiende la gestión de la Presidenta de la Nación, por ejemplo, debe ser el más obsesivo en controlar que no haya fisuras en el Estado y que si se detecta corrupción se la combata. Esa es la mejor manera de proteger a quien se quiere, en todos los órdenes. Y si en algún momento el periodismo fue quizás intocable, por el lugar que ocupó dado los problemas de las instituciones tras lo que nos ocurrió en Argentina durante el terrorismo de Estado y los arduos años de la recuperación democrática, es algo que también debemos empecemos a discutir: no escapamos al contexto de nuestra sociedad.