Dia de la madre
El legado de Roxana: Amor, resiliencia y vocación
"El amor de una madre es paciente y perdona cuando todos los demás abandonan, no falla o flaquea, incluso cuando el corazón está roto" Helen Rice (poeta estadounidense)
Hay casas que se recuerdan por sus muebles, por el jardín o por las fotografías que decoran sus paredes. Y hay otras que se quedan para siempre en la memoria por algo mucho más difícil de construir: la sensación de que siempre hay lugar para uno más.
La casa de Roxana Altamirano era así. No había grandes sillones ni demasiados muebles. Había alfombritas tejidas, almohadones y espacio para que entraran todos los chicos que quisieran quedarse. A veces eran tantos que la familia podía llegar a compartir sus días con 20 o 25 personas. Había tareas escolares, cenas a deshora, amigos que se convertían en hijos y una puerta que parecía no cerrarse nunca.
Ese hogar no nació de una vida sin dificultades. Se construyó, precisamente, en medio de ellas. Roxana tenía cinco hijos pequeños cuando debió asumir prácticamente sola la crianza, después de que su pareja se fuera de la casa cuando el menor todavía no había nacido. Tenía trabajo, responsabilidades y una realidad económica compleja. Sin embargo, en lugar de permitir que aquella ausencia definiera su historia, eligió seguir adelante.
Roxana, a los 19 fue mamá por primera vez. Crió sola 9 hijos, cinco biológicos y cuatro del corazón. Foto gentileza.
Este domingo, cuando celebren el Día de la Madre, su historia invita a mirar más allá de los regalos, los saludos y las fotografías familiares. Habla de esas mujeres que sostienen hogares enteros mientras intentan encontrar fuerzas para sostenerse a sí mismas. De las que trabajan, cuidan, acompañan y resuelven, muchas veces sin que nadie alcance a ver todo lo que hacen. Y también recuerda algo fundamental: detrás de una madre que parece poder con todo, muchas veces hay una red de afectos que la ayuda a no caer.
Roxana tiene 56 años, nació y se crió en Bariloche, y cuando empieza a contar su historia aparece enseguida una pista para entender por qué su casa terminó siendo refugio de tantos.
“Mis padres fueron gastronómicos, fueron dueños de hoteles, muy emprendedores los dos, muy trabajadores. Realmente estoy orgullosa de ellos”, cuenta. Fue a la escuela María Auxiliadora y creció en una familia en la que el trabajo y los encuentros tenían un lugar central. Su papá y su mamá eran personas de puertas abiertas. Siempre había alguien en la casa buscando cariño, refugio o simplemente un lugar donde estar, incluso cuando se trataba de personas a las que apenas conocían.
“Eso me quedó a mí. Como que lo mamé”, explica.
Una imagen vale más que mil palabras (y eso que faltan en la foto).
Sin darse cuenta, Roxana empezó a reproducir aquella manera de entender la familia. Primero fue hija de una casa en la que siempre había espacio para alguien más. Después sería la madre que ampliaría su hogar para que sus hijos y los amigos de sus hijos tuvieran dónde crecer.
Su propia maternidad comenzó muy temprano. Se juntó a los 15 años, se casó a los 18 y a los 19 tuvo a Iván, su primer hijo. A los 21 nació Nahuel; a los 22 llegaron los gemelos (Miguel y Rocio) y, a los 25, Santiago.
Pero cuando Santiago tenía apenas cuatro meses por nacer, el papá de los chicos decidió irse de la casa. De un momento a otro, Roxana tuvo que reorganizar su vida alrededor de cinco hijos y de una responsabilidad que ya no podía compartir de la misma manera.
Trabajaba en la salud pública desde los 19 años, pero la situación económica era difícil. Según relata, no recibía los salarios de sus hijos, que cobraba el padre, y sostener la casa implicaba multiplicar sus esfuerzos.
“Fue bastante complicado. Eran cinco hijos”, recuerda.
Roxana y sus hijos. Un corazón que supo criar a los suyos y abrirle la puerta a cuatro más. Foto gentileza
Durante casi 20 años trabajó de lunes a lunes. Cumplía su jornada laboral, limpiaba patios, cortaba el pasto y tipeaba trabajos para compañeros que estaban estudiando. Todo lo que pudiera hacer para que a sus hijos no les faltara nada encontraba un lugar en su agenda.
Hubo un tiempo en que dormía apenas tres horas por día. No lo cuenta para despertar lástima. De hecho, cuando mira hacia atrás, sorprende la forma en que recuerda aquellos años. No los describe como una etapa triste, fea o pesada. Habla de agradecimiento, de juventud, de energía y, sobre todo, de las personas que la acompañaron.
“Yo decidí quedarme con mis hijos, empezar una vida con ellos y para ellos”, explica.
En aquel momento, dice, tenía dos caminos: quedarse sumida en la tristeza o mirar hacia adelante y asumir la responsabilidad de los hijos que ambos habían decidido tener. Eligió el segundo. No porque fuera sencillo, sino porque sabía que debía encontrar una manera de seguir.
Faltaron un par a la foto actualizada, igual la casa estaba llena. Foto ANB
Durante dos años vivió sola con los chicos en el Valle. Después decidió regresar a Bariloche porque su mamá estaba muy delicada de salud. Quería acompañarla y estar cerca de su papá. Ese regreso significó también recuperar una red familiar que nunca la había dejado sola.
Su mamá falleció joven, pero su papá y sus hermanos fueron fundamentales para sostenerla. Su padre, recuerda, fue una columna vertebral de amor y cariño. Él y su hermano Javier la ayudaron a conseguir un préstamo hipotecario para ampliar la casa que su papá le había regalado, un departamento pequeño que ya no alcanzaba para todos.
La ampliación no se pensó en función de los muebles ni de las comodidades. Se pensó en los chicos.
“Era todo la casa, alfombritas tejidas, almohadoncitos, entonces podían entrar todos los chicos que pudieran entrar”, cuenta. Y entraban.
Con sus cinco hijos empezaron a llegar los amigos. Cuatro de ellos prácticamente se criaron con la familia: Gustavo, Daniel, Jonathan y Fernando. No eran hijos biológicos de Roxana, pero con el tiempo dejaron de ser simplemente los amigos que iban a pasar la tarde. Se convirtieron en hijos del corazón, en adultos que siguieron en contacto, en nuevas familias y en nietos que también encontraron en ella a alguien a quien querer.
Los nueve chicos crecieron compartiendo aquella casa en la que siempre había lugar para uno más. Y mientras Roxana trabajaba para que no les faltara nada, también procuraba enseñarles algo que consideraba esencial: la lealtad, el cuidado y la protección entre hermanos.
“Hay que enseñarles códigos, lealtades entre ellos, cuidados, protección, el cuidarse los unos a los otros”, dice.
La casa del corazón inmenso y las puertas abiertas siempre. Foto gentileza
Pasaban mucho tiempo solos mientras ella trabajaba. Por eso, más allá de resolver las necesidades cotidianas, quería que aprendieran a acompañarse. Que supieran que podían contar entre ellos. Que entendieran que la familia no era solamente vivir bajo el mismo techo, sino estar presentes cuando alguno lo necesitara.
Hoy, cuando repasa aquella historia, siente que esa enseñanza dio sus frutos. Está orgullosa de las personas en las que se convirtieron sus hijos y los hijos del corazón. Algunos la visitan casi todos los días; otros aparecen en ocasiones especiales. Pero el vínculo permanece.
De sus hijos biológicos, ocho nietos llegaron a ampliar la familia. Si suma a los nietos del corazón, perdió la cuenta, aunque calcula que son más de 20.
“Realmente me siento bendecida por esa situación y por tenerlos”, dice.
No habla de una familia perfecta ni de una vida en la que todo salió como estaba previsto. Habla de una familia que se fue armando con el tiempo, con ausencias, con ayuda, con pérdidas y con decisiones cotidianas. Una familia que siguió creciendo aun cuando la vida no siempre dio tregua.
Algunos nietos (en realidad nietas) y, obviamente, faltan...Foto ANB
En esa construcción, el acompañamiento de sus padres y sus hermanos fue decisivo. De los seis hermanos que eran, hoy quedan ella y su hermana menor. Las pérdidas también forman parte de su historia, pero el vínculo familiar continúa, con los tiempos y las posibilidades de cada uno.
Porque si algo aprendió Roxana es que nadie debería tener que hacerlo todo en soledad. Ella trabajó incansablemente para sacar adelante a sus hijos, pero no olvida a quienes estuvieron cerca cuando necesitó ayuda.
Los encuentros en familia fue una manera de vivir, siempre. Foto gentileza
Una vida dedicada a cuidar
La maternidad no fue el único camino que Roxana recorrió con perseverancia. A la par de la crianza, construyó una trayectoria de 34 años en el Hospital Zonal de Bariloche, donde ingresó cuando tenía 19.
Su primer destino fue la atención primaria de la salud, un área a la que siempre terminó regresando. Con el tiempo pasó por distintas funciones, entre ellas dos etapas en la jefatura de Recursos Humanos y la jefatura de Mantenimiento y Servicios Generales. Sin embargo, hay un lugar al que considera su gran amor: el DAPA, donde comenzó su recorrido profesional y donde pasó gran parte de su carrera.
“Siempre vuelvo a mi origen, que es el DAPA, la atención primaria, que es lo que a mí me gusta”, cuenta.
También estudió. En medio de las jornadas laborales, las tareas domésticas y la crianza de sus hijos, completó una licenciatura en servicios públicos y políticas públicas y una tecnicatura en políticas públicas orientada a la salud. Ahora está terminando una tecnicatura superior en Gestión de Servicios de Salud. Solo le falta rendir la tesina, una instancia que debió postergar después de un accidente que sufrió en febrero y del fallecimiento de uno de sus hermanos.
"Que nada te impida hacer lo que vos querés" es un lema de vida para Roxana. Foto gentileza
Para ella, estudiar nunca fue solamente una meta personal. También era una manera de mostrarles a sus hijos que las dificultades no tienen por qué convertirse en una barrera definitiva.
“Fue como un ejemplo para ellos, que nada te impida hacer lo que vos querés hacer”, señala.
Su vocación, además, no termina cuando finaliza el horario de trabajo. Roxana reconoce que suele dedicarle al hospital cuatro o cinco horas más por día, muchas veces sin cobrar por ese tiempo. No lo dice como una obligación que otros deban imitar, sino como una forma de devolver algo de lo que recibió a lo largo de su vida.
Y en febrero tuvo una muestra concreta de que ese compromiso había dejado una huella.
Después de su accidente necesitó una prótesis para la mano. La respuesta de sus hijos y sus familias, sus compañeros de trabajo, los pacientes y los vecinos fue inmediata. Entre todos reunieron el dinero para comprarla. En una semana, y en apenas tres días desde que se organizó la ayuda, ya tenía la prótesis.
Aquella respuesta la conmovió. No se arrepiente de las horas que dedicó al hospital ni de haber elegido una profesión vinculada al cuidado de los demás. Al contrario, encontró en ese gesto una forma de comprender que el afecto y la solidaridad que había ofrecido durante tantos años también habían regresado a ella.
La respuesta de la familia ante un accidente que sufrió en febrero fue la muestra del amor sembrado. Foto ANB
Su ingreso a la salud pública, de hecho, había sido casi una casualidad. Su hermano debía dejar su puesto para incorporarse a la Fuerza Aérea y le pidió que lo cubriera durante una semana. La idea era que después encontraran a otra persona. Antes de empezar, él le anotó las tareas en un cuaderno y le dio tres consejos: trabajar, aprender y no refugiarse en la frase “no me corresponde”.
Roxana siguió aquellas indicaciones al pie de la letra: La semana se convirtió en 34 años.
“¿Qué habría pasado si decidía otra cosa?”
Cuando se le pregunta si se arrepiente de algo, responde sin dudar: no.
Y cuando la conversación se dirige a las madres jóvenes que sienten que no pueden más, a las que se enfrentan a una realidad que las desborda y no saben cómo seguir, Roxana no ofrece una fórmula mágica. Habla desde su propia experiencia, desde las decisiones que tomó y desde todo lo que hoy puede ver cuando tiene a su familia reunida.
Les diría que busquen fuerzas donde puedan encontrarlas: en sus creencias, en sus hijos, en las personas que las rodean. Que se permitan mirar más allá del cansancio de ese día y pensar en todo lo que todavía puede construirse.
“Yo miro a mis hijos y hoy digo: ¿qué si hubiese decidido otra cosa?”, reflexiona.
Entonces aparecen las imágenes de su presente. Sus hijos adultos, sus nietos, el cariño y los pequeños gestos que a veces dicen más que cualquier discurso: que alguien le prepare un mate, que le alcance una tortita, que la mire con amor, que quiera estar cerca.
“Valió la pena”, afirma.
"Valió la pena" reconoce Roxana rodeada de una parte de su familia. Foto ANB
No desconoce el esfuerzo que significó criar a cinco hijos mientras trabajaba y buscaba otras formas de generar ingresos. Recuerda las jornadas de nueve horas en salud, los patios que limpiaba, el pasto que cortaba, los trabajos que tipeaba y aquellas noches en las que el descanso parecía un lujo imposible.
Dormía tres horas por día. Durante casi dos décadas.
Pero en su casa había chicos que la esperaban. La familia cenaba tarde, hacía las tareas escolares entrada la noche y se acostaba, muchas veces, a las dos o tres de la mañana. Todavía hoy se ríe al contar que son todos noctámbulos.
Por eso, aunque desde afuera aquellos años puedan parecer una sucesión interminable de renuncias, ella los recuerda de otra manera. No porque el cansancio no existiera, sino porque el sentido que encontraba en lo que hacía era más fuerte.
“Era como decir: no los puedo dejar, a ellos no les puede faltar nada”, explica.
Y entonces llega el momento en que su relato adquiere una dimensión distinta. La mujer que durante años se ocupó de que sus hijos tuvieran comida, educación, una casa y un futuro también reconoce que recibió de ellos algo que no había calculado cuando tomó aquella decisión.
“Eso no fue un sacrificio, fue un amor recíproco”, dice.
Hace una pausa y encuentra las palabras que resumen toda su historia: “Yo me quedé con ellos y ellos me salvaron”.
No es una frase dicha para cerrar una entrevista. Es una manera de entender su vida. Porque Roxana no solamente sostuvo a cinco hijos cuando las circunstancias se volvieron difíciles. Encontró en ellos una razón para levantarse cada día, para trabajar, para estudiar, para abrir las puertas de su casa y para seguir construyendo incluso cuando había motivos para detenerse.
Y sus hijos, a su vez, crecieron en ese amor, lo multiplicaron y lo extendieron hacia otras personas. Los amigos que encontraron refugio en aquella casa también formaron parte de la historia. Después llegaron sus propias familias, los nietos y una red de afectos que todavía hoy la acompaña.
El amor que queda
Hay algo especialmente valioso en la manera en que Roxana mira el pasado: no lo hace desde el resentimiento. La ausencia del padre de sus hijos fue una dificultad real, pero no permitió que esa ausencia ocupara todo el espacio de su historia. En su lugar, construyó vínculos, buscó ayuda, trabajó y eligió concentrarse en lo que sí podía hacer.
Eso no significa que todas las madres deban soportarlo todo ni que pedir ayuda sea una señal de debilidad. La historia de Roxana también demuestra cuánto importan las redes familiares, los hermanos que acompañan, los padres que abren sus brazos, los compañeros que se convierten en amigos y las personas que aparecen cuando más se las necesita.
Ella tuvo una familia que la sostuvo y, al mismo tiempo, hizo de su propia casa un lugar donde otros podían encontrar contención. La generosidad que había aprendido de sus padres se convirtió en una forma de vivir y terminó multiplicándose a través de sus hijos y de los hijos del corazón.
Hoy es el Día de la Madre. Habrá abrazos, mensajes, reuniones familiares y recuerdos de quienes ya no están. También habrá mujeres que atraviesen la jornada con preocupaciones, con cansancio o con la sensación de que todo depende de ellas. Algunas estarán criando solas; otras compartirán la crianza, pero igualmente sentirán el peso de las responsabilidades. Muchas seguirán adelante sin saber todavía cómo resolver lo que viene.
A ellas también les habla esta historia.
No para decirles que deben dormir tres horas, trabajar sin descanso o renunciar a sus propios sueños. Tampoco para asegurarles que todo esfuerzo tendrá una recompensa idéntica. La vida de cada familia es distinta y nadie debería tener que demostrar cuánto ama a sus hijos a través del agotamiento.
La historia de Roxana recuerda, más bien, que incluso en los momentos más difíciles puede haber caminos por construir, que el amor se expresa en los pequeños gestos y que una familia puede ser mucho más amplia que los lazos de sangre. Que los hijos también acompañan, que pedir ayuda importa y que los vínculos que se cultivan a lo largo de los años pueden convertirse en un sostén inesperado.
La historia de Roxana recuerda que incluso en los momentos más difíciles puede haber caminos por construir. Foto ANB
A sus 56 años, con 34 años de trabajo en la salud pública, una carrera más por terminar y una familia que no deja de crecer, Roxana se siente orgullosa de lo que construyó. No porque todo haya sido fácil, sino porque reconoce en sus hijos los valores que intentó transmitirles: el esfuerzo, la lealtad, el cuidado y la unión.
Su legado no está solamente en los títulos que obtuvo, en las tareas que cumplió o en las horas que dedicó a trabajar. Está en aquella casa que siempre tenía lugar para alguien más. En los hijos que crió, en los amigos que se volvieron familia, en los nietos que llenan de nuevas voces sus días y en el afecto que vuelve, una y otra vez, a la mujer que tantas veces lo ofreció primero.
Porque hay madres que dejan enseñanzas en palabras. Roxana las dejó, sobre todo, en la forma de vivir.
Y cuando intenta explicar qué fue lo que le permitió atravesar todo, vuelve al principio, a la respuesta que estuvo presente desde aquella infancia de puertas abiertas y que siguió acompañándola durante los años más difíciles.
El amor. Ese amor que la llevó a quedarse. Y que, como ella misma reconoce, también la salvó. (ANB)