Tradición
VIDEO| Zapatería del Sur: Un emblema del Bariloche pueblo con más de 40 años de historia
En la calle Onelli al 800, el tiempo parece transcurrir a un ritmo diferente. Allí se encuentra la Zapatería del Sur, un emblema que ha superado cuatro décadas de historia en Bariloche.
Lo que comenzó como un pequeño taller de reparación se transformó, con el esfuerzo de sus dueños, en el punto de encuentro ineludible para las familias trabajadoras y los habitantes de las zonas rurales. Don “Tito” Palma y su esposa Teresa Montecinos, vecinos del barrio 2 de Agosto, rememoraron los orígenes de este sueño que comenzó en la década del 80, en un Bariloche pueblo.
LOS COMIENZOS: NIEVE, GARRAFA Y KEROSENE
La historia arrancó con un local pequeño dedicado a la reparación de calzado. Pronto, el oficio de hacer botas de campo a mano se convirtió en el corazón del negocio. Teresa Montecinos recuerda con nitidez aquellos primeros años:
“Hace 40 años que estamos acá; empezamos con un local muy chiquito, primero de reparación, y después con el tema de las botas de campo hechas a mano. Empezamos los dos, con mi marido, Tito Palma. Trabajábamos juntos en la zapatería para hacer calzado y botas de campo”.
El emprendimiento comenzó como un taller de reparación de calzados de cuero. Foto: Marcelo Martínez.
La calle Onelli de entonces era casi un páramo. Teresa evoca un Bariloche mucho más crudo que el de hoy:
“Era un Bariloche donde nevaba mucho; cuando recién entramos, teníamos nieve hasta arriba para venir de mi casa al negocio. La calle Onelli era algo muy desértico. Casi no había calefacción, solo un calefactor hecho con una garrafa y kerosene con el que también hacíamos el café y tomábamos mate”.
LA GENTE DEL CAMPO: TRES GENERACIONES DE CLIENTES
La Zapatería del Sur se convirtió en punto de encuentro obligado para quienes llegaban desde los parajes más alejados de la Línea Sur. Jacobacci, Pilcaniyeu, Comallo: familias enteras recorrían cientos de kilómetros para abastecerse de calzado resistente y duradero.
“Han venido hasta tres generaciones; hoy los que venían de niños ya son grandes y sus padres han fallecido. Tito les tomaba las medidas y les hacía las botas a mano a los niños; yo ayudaba a poner los ribetes y a coserlas”, explicó Teresa.
Teresa recuerda aquellas visitas como verdaderos eventos familiares, cuando la economía rural tenía otra escala y otro ritmo:
“Antes las familias eran de hasta ocho hijos y compraban calzado de puro cuero para todos; a veces venían una sola vez al año y compraban todo junto”.
El local tuvo que cerrar sus puertas por dos meses durante el confinamiento sanitario. Foto: Marcelo Martínez.
EL CAMBIO DE ERA: LA ZAPATILLA LE GANÓ A LA BOTA
Hacia mediados de los años 80, el mercado cambió. La modernización trajo máquinas para cortar y ribetear, pero también arrastró consigo el gusto por lo artesanal. Primero llegaron las máquinas, luego las zapatillas.
“Cerca del año 1985 la gente dejó de querer botas hechas a mano; los chicos preferían zapatillas”, añadió la propietaria del local.
El balance que hace Teresa sobre esa transformación es agridulce, sin nostalgia fácil:
“Bariloche ha cambiado, para bien y para mal. Antes se valoraba más lo artesanal; una bota hecha a mano duraba años, mientras que el calzado de ahora no dura nada, aunque la zapatilla ganó por comodidad”, expresó Teresa.
LA PANDEMIA: EL GOLPE Y LA RESISTENCIA
Cuando llegó el COVID-19, la Zapatería del Sur cerró durante dos meses. Para un negocio familiar que siempre fue también una red de contención social, fue uno de los momentos más duros de su historia.
“Fue una economía muy mala, a veces invirtiendo los ahorros para poder subsistir. Había mucho miedo, pero como hemos pasado tantas crisis económicas, nunca bajamos los brazos; cuando se pudo abrir, lo hicimos con la mentalidad de salir adelante otra vez”.
El local ofrece una amplia gama de calzados, desde urbanos, deportivos hasta indumentaria de campo. Foto: Marcelo Martínez.
“NUNCA DEJAMOS A UN NIÑO SIN CALZADO”
Si hay una frase que define la filosofía de este comercio, Teresa la pronuncia sin dudar. Para los Palma, el negocio siempre fue secundario frente a la persona que cruzaba la puerta.
“Es nuestra vida; lo construimos con mucho amor y cariño para la gente. Amo atender a mi gente, a la gente del campo, a los de Bariloche; para mí somos todos iguales. A veces, si alguien de la Línea Sur venía con poco dinero, le regalábamos algo o le decíamos que lo pagara después cuando cobrara. Nunca dejamos a un niño sin calzado; nuestra prioridad nunca fue solo el dinero, sino trabajar con el corazón”.