Sociedad
Deuda para vivir: cuando el crédito organiza la vida
En la Argentina actual, el endeudamiento de los hogares dejó de ser una herramienta de consumo. Esa idea quedó atrás. Hoy, el crédito no amplía posibilidades: las reemplaza. No es que las familias se endeuden para consumir; necesitan endeudarse para vivir.
Durante décadas, el crédito permitió acceder a bienes durables o proyectar gastos. Ese esquema se rompió. Una parte creciente de los hogares recurre a tarjetas, préstamos personales o billeteras virtuales para cubrir gastos básicos: alimentos, servicios, transporte o útiles escolares. Lo que antes era excepcional —financiar la subsistencia— se volvió cotidiano.
Este cambio no es casual. La devaluación inicial del gobierno de Javier Milei, combinada con una inflación persistente y una recomposición desigual de los ingresos, configuró un escenario en el que el salario dejó de cumplir su función más elemental: sostener la vida material. En ese vacío, el crédito aparece como reemplazo.
Pero ese reemplazo no es neutro. Permite llegar a fin de mes, pero condiciona el siguiente. Las tasas de interés —especialmente en saldos impagos— no solo encarecen el acceso al dinero: organizan el tiempo. Hacen posible consumir hoy a costa del ingreso futuro. La deuda no resuelve el problema: lo posterga y, muchas veces, lo agrava.
En ese punto, deja de ser un instrumento financiero para convertirse en algo más profundo. Como planteó Michel Foucault, el poder no actúa solo mediante prohibiciones, sino a través de dispositivos que organizan conductas. El crédito, en ese sentido, no obliga, pero configura un entorno en el que endeudarse se vuelve inevitable.
La vida cotidiana empieza a ordenarse en función de vencimientos, tasas y refinanciaciones. El deudor no es solo quien debe dinero: es quien organiza su tiempo, su trabajo y sus expectativas en torno a esa deuda.
A su vez, el sistema incorpora una lógica que combina cálculo y sanción. En el costo financiero se incluye el riesgo de incobrabilidad, que terminan pagando los usuarios cumplidores. Pero cuando esos mismos usuarios se atrasan, ese riesgo reaparece bajo la forma de intereses punitorios. El resultado es una estructura que puede duplicar el costo sobre la misma persona.
Este proceso también tiene efectos subjetivos. Como advierte Franco Berardi, el capitalismo contemporáneo no solo explota trabajo: también captura la dimensión psíquica. La deuda genera ansiedad, disciplina comportamientos y reduce el horizonte de futuro. No solo se paga: se internaliza.
Todo esto ocurre en relaciones contractuales desiguales. Los contratos de tarjeta de crédito son de adhesión: no se negocian. La Constitución Nacional y la Ley 24.240 reconocen esta asimetría y prevén herramientas para equilibrarla. Sin embargo, su aplicación efectiva aparece limitada.
La pregunta entonces no es solo económica o jurídica, sino política:
¿cómo puede ser que, cuando endeudarse para comer se vuelve una práctica extendida, no se multipliquen las acciones para revisar o limitar este sistema, aun cuando existen herramientas legales para hacerlo?
Gerardo Biglia
Abogado (UBA) y docente en ESRN 123 y ESRN 132