2026-03-09

Cuentos

Pelota de trapo

Un cuento para leer y disfrutar de una mañana casi otoñal e iniciar la semana de una manera diferente.

La campana del patio sonó antes de lo previsto; el gesto de su mano fue claro, tan claro que no hubo nadie que no lo entendiera. Había que entregarle la pelota. Nos reunió a todos en el centro del patio, justito en el mismo lugar donde hacía dos horas habíamos formado para entrar a clases. Cuando uno está en 4° grado, esas cosas están bien marcadas, uno llega a la escuela, da unas vueltas por el patio, corretea con los amigos en un torbellino interminable de volteretas y, cuando suena la campana, es el momento donde uno debe dirigirse a formar, toma distancia y siempre se coloca en el mismo lugar, se canta la canción a la bandera y se entra a clases; solo si llueve se ingresa directo al aula, aunque la campana se toca igual. Esa campana es la misma que nos alerta y nos indica que finalizó el recreo. Esta vez, fue distinto y la tocaron antes. Pelota en mano, ojos desorbitados y un ambiente que en un instante pasó de estar en pleno alboroto propio de un recreo a estar en completo silencio, la señorita Silvia nos miró fijo unos segundos, que ahora a la distancia confieso parecieron eternos, bajó su mirada observando la pelota, sonrió y, siendo muy rápida y directa, le hundió un cuchillo serrucho dos veces, para que no queden dudas de que no se puede jugar a la pelota en la escuela. La dejó caer al piso, levantó su mirada y nos dijo con una voz serena.

- ¿Qué parte no se entiende, que no se puede jugar a la pelota en la escuela? – Ahora sigan, que les quedan 5 minutos.

Las miradas de todos se centraron en la pelota que, ahora pinchada, reventada, se encontraba tiesa, ya sin vida, desparramada en el piso.

No había nada que hacer, la pelota estaba muerta, inmóvil, ante el asombro que nos tenía a todos paralizados. Raspones, empujones, caídas, goles y sueños se los debíamos a ella, que con el solo hecho de rodar cobraba vida.

Las nenas que tenían el elástico enrollado en las manos lo guardaron en el guardapolvo, yo creo que sintieron como si a ellas con una tijera se lo hubiesen cortado. La pelota yacía sin vida en el medio de los baldosones rojos del piso del patio que solíamos pintar con alguna tiza que nos robábamos del aula. Los pantalones cortos y las polleras mostraban nuestras piernas expuestas a los calores propios que indican que se va acercando el verano y resaltaban las medias blancas, grises, negras y azules que todos llevábamos puestas.

Fue Roberta, que recordó que su papá le había contado que, a su edad, él jugaba con una pelota de trapo en una plaza del barrio donde vivía cuando era chico. Sin dudarlo, Roberta se sacó sus zapatos y una por una introdujo sus medias dentro de la pelota. Fue inmediato, nos miramos y, sin mediar palabra, todos nos sentamos; sin desabrocharnos los cordones, nos sacamos los zapatos y, una tras otra, colocamos las medias dentro de la pelota. Cuando la vimos redonda, brillaba como nunca; la sentimos reír, cómplice de nuestros sueños; vivía nuevamente. Dicen, yo no lo oí, pero dicen, que le dijo a Mario al oído que le pegue como nunca antes le había pegado; lo que sí puedo confirmar es que la vi sonreír cuando salía disparada con la fuerza del puntapiés que, con la puntería ejemplar de un morterista experimentado, la hizo ingresar a la sala de maestras que estaba justo enfrente, donde se ubicaba la campana. El estruendo de la ventana se escuchó en toda la escuela, los vidrios rotos se desparramaron por toda la sala, mientras que el café de la taza recién servido le manchaba todo el guardapolvo blanco inmaculado a la señorita Silvia, que aún guardaba el cuchillo en el bolsillo; cuchillo, que ya no podría reventar más la pelota que ahora era de trapo.

Fin.

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