Carta
Bariloche: cuando el neo-turismo desplaza a la ciudad
Por Fernando Del Campo*
En San Carlos de Bariloche el turismo dejó hace tiempo de ser solamente una actividad económica. Hoy funciona, cada vez más, como el principio organizador del territorio. La excusa para “las inversiones”. La imagen que se proyecta hacia afuera —el Centro Cívico, las chocolaterías, las cervecerías artesanales, el lago Nahuel Huapi de fondo— compone una postal de prosperidad que ha consolidado a la ciudad como uno de los destinos turísticos más importantes del país. Sin embargo, detrás de esa escena se desarrolla un proceso más profundo y menos visible: la transformación estructural de la ciudad en función del visitante antes que del habitante.
Quien camina hoy por el centro puede advertir cambios que hace apenas una década eran difíciles de imaginar. Donde antes había viviendas familiares o pequeños comercios de proximidad, hoy predominan alojamientos temporarios, restaurantes orientados al turismo y locales que responden a una lógica de consumo global. El centro, como también otros puntos estratégicos de la ciudad, lentamente, dejan de ser barrios para convertirse en escenarios.
Este fenómeno no es exclusivo de Bariloche. En muchas ciudades turísticas del mundo se discute sobre dos procesos que, aunque distintos, suelen aparecer entrelazados: la gentrificación y la turistificación.
La gentrificación ocurre cuando un área urbana se valoriza y la población original comienza a ser desplazada por residentes con mayor poder adquisitivo. El uso del espacio sigue siendo residencial, pero cambia el perfil social del barrio y también el tipo de comercio y servicios que se instalan.
La turistificación, en cambio, implica un cambio más profundo en el uso del suelo. Los espacios dejan de estar pensados para la vida cotidiana de quienes habitan la ciudad y pasan a orientarse casi exclusivamente al visitante. Viviendas que se transforman en alojamientos temporarios, comercios que dejan de atender necesidades locales para convertirse en servicios turísticos, espacio público que se reorganiza en función del consumo.
En Bariloche ambos procesos se dan en complementariedad y, por ende, se potencian. He aquí el neo-turismo, cuando los desarrollos inmobiliarios no sólo favorecen a las inversiones de afuera, sino que además no se utilizan como vivienda permanente, se destinan a la especulación o al turismo de elite.
La expansión de plataformas de alquiler temporario —impulsada especialmente a partir del auge turístico posterior a la pandemia— aceleró la conversión de departamentos y casas en unidades destinadas al turismo. El resultado es conocido por quienes buscan alquilar: menos oferta de vivienda permanente y precios cada vez más inaccesibles.
Cuando una vivienda deja de ser hogar para convertirse en mercancía turística, el mercado inmobiliario reconfigura el territorio. Y esa reconfiguración tiene consecuencias sociales: vecinos que deben mudarse a zonas más alejadas, precariedad en el acceso a servicios, pérdida del comercio barrial y encarecimiento general del costo de vida.
Mientras tanto, en sectores con paisajes privilegiados —laderas, costas de lagos o áreas boscosas, la Base del Cerro Catedral, por mencionar algunas— se observa otro fenómeno: la llegada de nuevos residentes con alto poder adquisitivo, desarrollos inmobiliarios con capitales foráneos. Migrantes por amenidad, trabajadores remotos, inversores que buscan calidad ambiental o refugio de valor. En esos casos se produce un proceso de gentrificación: el suelo se valoriza, cambian los perfiles sociales y quienes no pueden sostener ese nuevo costo terminan desplazándose hacia la periferia.
El turismo, en este contexto, funciona como un poderoso motor de valorización del suelo. La renta potencial de cada lote o propiedad aumenta y el mercado inmobiliario responde rápidamente a esa expectativa. El Estado, muchas veces, acompaña ese proceso mediante habilitaciones, rezonificaciones o, simplemente, a través de la falta de regulación.
El resultado es una ciudad cada vez más fragmentada: el centro y algunas zonas estratégicas crecientemente turistificadas, sectores paisajísticos de alta valorización inmobiliaria y periferias populares que absorben el desplazamiento de quienes ya no pueden pagar el precio de vivir en la ciudad.
Paradójicamente, mientras el turismo genera empleo e ingresos, también produce tensiones que afectan la vida cotidiana de quienes habitan la ciudad: crisis habitacional, congestión estacional, presión sobre los servicios públicos, problemas energéticos recurrentes y crecientes impactos ambientales sobre un entorno natural particularmente frágil.
Frente a este escenario aparece una pregunta inevitable: ¿estamos frente a un modelo de desarrollo exitoso o ante una forma de monocultivo económico?
El turismo es, sin duda, una actividad estratégica para Bariloche y nadie discute su importancia. El problema surge cuando se convierte en el único motor de la economía urbana y termina subordinando la planificación de la ciudad a la lógica de maximizar la renta inmobiliaria-turística.
En ese punto el debate deja de ser “turismo sí o turismo no”. La cuestión de fondo es otra: ¿quién gobierna el territorio? ¿El mercado inmobiliario vinculado al turismo o una planificación pública orientada a garantizar el derecho a la ciudad?
Regular los alquileres temporarios, garantizar un stock mínimo de vivienda permanente, generar suelo urbano por iniciativa propia, proteger la actividad económica/ comercial local y preservar el entorno natural son parte de esa discusión. Pero también es necesario abrir urgentemente otro debate estratégico que Bariloche viene postergando: la diversificación de su matriz económico-productiva.
Una ciudad de más de 150 mil habitantes no puede depender casi exclusivamente de los desarrollos inmobiliarios, del turismo y de su estacionalidad. Bariloche cuenta con capacidades científicas, tecnológicas, educativas y productivas que pueden impulsar otros sectores: economía del conocimiento, innovación tecnológica, producción regional, potenciación del eje urbano-rural, energías renovables o industrias vinculadas al ambiente y la montaña, entre otras. Aprovechar ese potencial permitiría reducir la dependencia del turismo y generar empleo más estable y diversificado.
Pensar el futuro de Bariloche implica, entonces, recuperar la capacidad de planificar la ciudad con una mirada de largo plazo. Una ciudad que reciba inversiones, que reciba turistas, pero que al mismo tiempo siga siendo habitable para quienes la sostienen todos los días.
Porque si ese equilibrio se pierde, el riesgo es claro: una ciudad cada vez más visitada, pero cada vez más difícil de habitar.
Y una ciudad no puede sostenerse solamente con turistas.