Sentido de pertenencia
Los duendes que fundaron una fábrica: la historia del sueño patagónico que nació en un garage y hoy sostiene a 65 familias
Hace 30 años, Leonardo Fiorentino despertó de un sueño que cambió su vida: unos duendes del bosque le pedían ser contados. Desde ese instante, la historia de una remera estampada en un garage de Bariloche se transformó en una empresa familiar que hoy fabrica cientos de productos, sostiene a decenas de trabajadores y proyecta una marca nacional de souvenirs patagónicos.
ANB reconstruyó, junto a la nueva generación al mando, la aventura de “Los Duendes del Bosque”: un emprendimiento que sobrevivió a distancias, crisis, máquinas imposibles, temporadas cambiantes y la terquedad hermosa de seguir creyendo.
Una aparición en sueños
La imagen de sus sueños: asi comenzó la historia. Foto gentileza.
Hay historias que empiezan con un plan, y otras que empiezan con un sobresalto. La de “Los Duendes del Bosque” se originó en una noche que Leonardo Fiorentino nunca terminó de poder explicar: soñó —o vivió, dice él— que unos duendes del bosque se le presentaban y le pedían que los diera a conocer. Que los sacara a la luz. Que contara su mensaje.
Leonardo vivía en Bariloche y venía del mundo gráfico porteño, de las calcomanías y las pequeñas producciones artesanales. Pero ese sueño lo desvió del camino lógico. Empezó a recorrer la ciudad buscando a alguien capaz de dibujar a esos duendes que tenía tatuados en la memoria. Probó con varios artistas, hasta que dio con uno: Gabino Tapia.
“En cinco minutos entendió perfecto lo que mi suegro quería. Dibujó el primer duende y Leo dijo: Ese es. Esos son los duendes que vinieron a hablarme”, recuerda Juan Martín Lowther, hoy uno de los dos responsables de la empresa junto a Tomás Fiorentino, hijo del fundador.
Desde ahí, la escena se vuelve cinematográfica: Leonardo cortando rollos de tela en el garage, llevando cortes a costureras, esperando hasta las cinco de la mañana para retirar las primeras remeras de la historia de la marca. A la mañana siguiente, caminaba local por local en el centro, vendiéndolas una por una.
Así nacieron los Duendes del Bosque: como un acto de fe, de arte y de sobrevivencia.
Una fábrica que nació de un sueño y creció con obstinación
Con los años, Leo y su esposa ampliaron su pequeño universo textil. Fueron a la costa, volvieron, compraron un galpón, después otro. Las remeras se multiplicaron. Llegaron los buzos, las camperas de corderito, el polar con la Patagonia bordada. Nació la estructura mayorista.
Hasta que llegó la segunda generación.
Crecer fue la premisa cuando la segunda generación tomo el mando. Foto: Marcelo Martínez
“Cuando entramos con Tomi, dijimos: Hay que crecer, hay que diversificarse”, cuenta Juan. Los locales propios se expandieron: Bariloche, El Calafate, San Martín de los Andes, Las Grutas. Y entonces surgió el desafío que marca a toda empresa familiar que decide romper su propio techo: reinventarse sin perder el alma.
El local se volvía más grande que la oferta textil. Necesitaban más productos. Compraron una máquina de corte láser, empezaron a fabricar imanes, tazas, llaveros, placas. Armaban su propio universo turístico, pero con diseño propio y sello regional.
Así nacieron dos grandes ramas bajo un mismo techo: la textil y la gráfica. Y creció tanto, tan rápido, que un día ya no había espacio para caminar entre cajas.
La fábrica, en la actualidad, cuenta con tecnologia de última generacion. Foto: Marcelo Martínez
Después de meses de desorden físico y logístico, decidieron dar un salto. Invirtieron en un galpón nuevo y en una tecnología que cambió todo: una impresora digital textil de última generación. Una de las pocas del país. La más austral del mundo.
“Esta máquina permite imprimir desde una sola remera, sin matrices, sin esperas, con tintas ecológicas. Volvemos a las raíces: los duendes dando mensajes sobre el cuidado del bosque”, explica Juan. Esa máquina no fue solo una compra: fue una declaración. De filosofía. De identidad. De futuro.
La empresa comenzó a trabajar para certificar como Empresa B, buscando garantizar procesos sostenibles, sin plásticos en el packaging, reduciendo residuos y repensando cada etapa productiva desde la responsabilidad ambiental.
El objetivo es siempre ser consciente con el medioambiente. Todos los detalles están pensados para transmitir el mensaje de los Duendes. Foto: Marcelo Martinez
Fabricar desde el sur: distancias, máquinas rotas y la convicción de quedarse
Hacer industria en Bariloche es difícil. Hacer industria textil y gráfica en Bariloche es heroico. “Si se rompe una máquina, hay que esperar un técnico de Buenos Aires. La distancia complica todo. Pero somos de acá y no nos sacás ni aunque nos mate”, dice Juan entre risas.
Ir a Buenos Aires cada mes para buscar proveedores, tendencias, nuevas ideas. Adivinar temporadas. Navegar crisis. Armar stock cuando el turismo sube y volver a ajustar cuando baja. Una coreografía que requiere paciencia, nervio y una fe que a veces tiembla, pero nunca se apaga.
De los duendes al deporte: el nuevo desafío
En los últimos años, la empresa encontró un nuevo camino: diseñar indumentaria deportiva para clubes locales.
Es otra escala, otro público, otro modo de pensar los productos. “Pero sería necio no hacerlo”, reconoce Tomás. “Tenemos la estructura y la tecnología, y es un desafío que motiva”.
No es solo vestir. Es profesionalizar imágenes, ordenar paletas, generar identidad. Y abrir una puerta que antes parecía fuera del alcance.
Un negocio que sostiene a más de 65 familias
Detrás de la empresa hay decenas de familias que se sostienen. Foto: Marcelo Martínez
La fábrica creció —y creció mucho— desde que la nueva generación tomó el mando. Hoy emplea a más de 65 trabajadores directos, además de talleres de costura externos y proveedores que dependen del movimiento constante de la marca.
“Es un orgullo enorme. Me emociona. Saber que todo esto sostiene a tantas personas… es muy fuerte”, confiesa Juan.
Un sueño que sigue generando historias: duendes tatuados, diseños copiados y turistas en la nieve
La marca ya es parte del paisaje emocional de Bariloche. Los duendes originalísimos de Gabino Tapia se transformaron en ícono. Tanto, que el año pasado dos personas se tatuaron literalmente al primer duende diseñado hace 30 años.
Viajeros se cruzan en Pucón con un polar de la marca. Familias mandan fotos desde Europa. Otros locales imitan sus diseños.
Y para la empresa, cada una de esas cosas es señal de lo mismo: la idea original sigue viva. Y sigue funcionando.
El sueño es un hecho: el crecimiento está en los distintos locales que hay en Bariloche y que han llegado a otras localidades de Argentina. Foto gentileza.
El plan mayor: transformar Los Duendes del Bosque en la primera gran marca de souvenirs turísticos del país
El objetivo ya no es solo Bariloche, ni la Patagonia. El sueño —ahora sí dicho en voz alta— es construir una marca nacional reconocible, al nivel de los grandes nombres patagónicos del chocolate, pero en el mundo del souvenir.
Próximo desafío: convertir a los Duendes en la marca nacional de souvenirs. Foto gentileza
“Queremos que cuando alguien piense en un recuerdo, piense en nosotros”, dice Tomás. “Y que si algún día hay un local en Mar del Plata, la gente vaya porque sabe que nuestra esencia es única”.
No pretenden vender cualquier cosa. Pretenden capturar la identidad de cada lugar. Como un puente entre el viajero y el territorio que visita.
Inventar pese al frío, al dólar, a las temporadas y al miedo
Las temporadas cambian. Las ventas suben y bajan. La nieve puede caer o no. El turismo puede explotar o apagarse. Pero la fábrica sigue.
Y cuando les preguntamos si alguna vez se les cruzó por la cabeza abandonar, ambos sonríen igual: “No. Nunca. Somos demasiado manijas”, dice Tomás. “Siempre queremos mejorar, comprar máquinas, hacer más”.
Esa “manija” es el fuego que sostiene la empresa. Un fuego que crece en familia. Que se alimenta del acuerdo silencioso entre quienes tiran para el mismo lado, aun en el caos.
Antes de terminar, Juan deja algo más que una frase: deja un método. “Buscar la mejora continua. No quedarse. No conformarse. No dormirte. La única manera de persistir es diferenciarse y seguir creando.”
Y Tomás agrega: “Y entender que Argentina tiene sus tiempos. Que hay momentos para crecer y momentos para aguantar. Pero no frustrarse. Nunca frustrarse.”
Treinta años después, aquellos duendes soñados en una noche patagónica siguen guiando un emprendimiento que ya es industria, marca, identidad y comunidad.
Siguen ahí, en cada remera, en cada sticker, en cada campera de corderito. Siguen en la fábrica donde 65 personas trabajan todos los días. Siguen en los nuevos productos, en los clubes que empiezan a vestir la marca, en los locales de toda la Patagonia.
Y siguen en el sueño —que ya no es de uno, sino de muchos— de convertir a “Los Duendes del Bosque” en una marca que represente a Bariloche en cualquier lugar del país.
Porque a veces, para construir una empresa que perdure, primero hay que creer en un sueño imposible. Y después, despertarse cada día para hacerlo real. (ANB)