Institución
Colegio San Esteban: Cuarenta años de historia, enseñanza y dedicación
Cuando Carlos Besenyi terminó sus estudios secundarios y llegó el turno de la universidad, un consejo de su madre le hizo desestimar la docencia como posibilidad de profesión y eligió estudiar Ciencias Económicas. Aun así, la pasión y la vocación hicieron lo suyo y su vida está marcada por la enseñanza y la educación.
Hace 40 años, Carlos fundó el Colegio San Esteban, uno de los primeros establecimientos de carácter privado de la ciudad, aunque actualmente es una escuela pública de gestión privada, con aportes del gobierno provincial.
Susana y Carlos Besenyi fundaron hace 40 años este colegio. Foto: gentileza.
Si bien la fundación de esta institución fue en septiembre de 1984, la historia se remonta mucho antes. Carlos, un hombre culto y con acento británico debido a los años de estudio y trabajo en idioma inglés, es una eminencia de la matemática y este quizás fue el inicio de un camino que se convirtió en legado.
En la década del ‘70, Carlos Besenyi, luego de recibir una importante beca, brindó como retribución, cursos a docentes de reconocidas escuelas privadas de Buenos Aires sobre enseñanza y conocimientos de matemática.
Esto le valió un reconocimiento que creció cada día más y fue uno de los profesionales más solicitados para capacitar a docentes, debido a la novedosa metodología que implementaba para enseñar una de las materias que más amor y odio suele despertar en los estudiantes.
Durante los años que se desempeñó como capacitador en las instituciones más importantes no solo de Buenos Aires, si no incluso de distintos países, conoció a cientos de estudiantes que formaron parte de su vida.
Ya en la década del 80, una de aquellas alumnas que supo aprender matemática con Carlos Besenyi, lo contactó desde el sur del país. Es que, siendo adulta, había formado su vida en la Patagonia y sus hijos asistían a una escuela privada en Bariloche, pero las familias aspiraban a algo más.
“Los padres querían que hubiera continuidad del inglés en la educación de sus hijos y me pidieron que fundara un colegio en Bariloche”, dice Carlos en diálogo con ANB. Pero el director de aquella institución había sido profesor suyo y él no quería ser una competencia, así que solo tomó la decisión de iniciar una escuela propia, cuando el hombre le aseguró que no tenía problemas con la iniciativa.
El colegio actualmente cuenta con más de 1000 estudiantes. Foto: gentileza.
“Así fue como decidimos fundar una escuela”, añade con una memoria digna de envidiar. Los inicios del Colegio San Esteban fueron en la esquina de Curuzú Cuatiá y Pasaje Gutiérrez, que por ese entonces lucía totalmente diferente a como está hoy.
“Teníamos unos pequeños departamentos que reacondicionamos para hacer aulas”, relata el fundador del establecimiento. Este fue el momento decisivo en el que decidieron vender la casa de Buenos Aires que tenía junto a Susana, su esposa, y así armar definitivamente su vida en Bariloche.
La escuela fue creciendo rápidamente y pronto necesitaron más espacio. “El vecino nos alquiló su casa y las convertimos en aulas”, añade. En los inicios, el colegio contaba con 84 alumnos, pero el crecimiento fue rápido y constante, así que el siguiente paso, fue comprar un terreno donde hacer un edificio desde cero.
En 1985, con la propiedad ubicada en Villegas y Anasagasti ya comprada, colocaron la piedra fundacional de lo que luego fue la construcción del edificio. En primera instancia, el espacio que ahora ocupa la entrada de la escuela, estaba destinado a una pileta de natación que funcionó cuatro años y en la que muchos chicos barilochenses aprendieron a nadar.
Para continuar con la construcción y seguir ampliando las aulas, la familia Besenyi pidió un préstamo de cinco mil dólares. “Era a devolver en tres meses, pero justo vino la hiperinflación”, señala Carlos. Esto complicó el panorama económico, pero fue entonces cuando aparecieron los fieles amigos.
En este capítulo de la historia de la escuela, ligada íntimamente a la vida familiar, el rol que tuvieron los amigos que hicieron en la ciudad, fue vital. Tiempo antes, Susana había emprendido la búsqueda de húngaros o descendientes de húngaros en la ciudad, para retomar la vida de colectividad que tenían en Buenos Aires. Fueron estas personas quienes un día los llamaron y les entregaron el dinero para cubrir el préstamo, en una muestra total de confianza ciega en el proyecto y de verdadera amistad.
“Vinieron cinco húngaros que vieron que no podíamos hacer frente al préstamo, pusieron 1000 dólares cada uno y salvaron la escuela”, resume Carlos.
La ampliación de la escuela fue constante. En ese entonces, Susana sufrió un grave accidente en Buenos Aires, cuando al ser atropellada por un automovilista, sufrió la quebradura de sus dos piernas. Si bien esto la dejó postrada un tiempo, en el que ella dice que no podía hacer nada, su familia aclara que “nada la paraba” y continuaba llevando “la batuta” de la vida institucional y familiar.
El resarcimiento económico recibido tras el accidente, tuvo como fin, continuar con la construcción de la escuela. “De pronto nos quedó chico este edificio y nos enteramos del terreno de Anasagasti”, recuerda Susana.
En 1985 adquirieron la propiedad ubicada en Villegas y Anasagasti, donde construyeron el primer edificio del colegio. Foto: gentileza.
Con trabajo y constancia, lograron levantar otro edificio, donde actualmente funciona la escuela primaria. Pocos años atrás, previo a la pandemia, también adquirieron un predio en La Paloma, denominado Las Codornices, donde se realizan días al aire libre, actos y campamentos. El objetivo es que, con el tiempo, se pueda hacer un completo club que disfrute la sociedad barilochense.
Los objetivos de la escuela siguen impolutos desde el primer día y están impresos en el escudo de la institución que ilustran a las Letras, la Ciencia, el Deporte y el Arte. Las montañas, si bien hacen referencia a unos montes húngaros, también tienen vínculo directo con Bariloche y sus paisajes.
“Además de formar jóvenes con ideas de bien, otro de los objetivos era perfeccionar el inglés”, remarca Carlos. Fue este camino el que los llevó también, a convertirse en un centro abierto de exámenes de la Universidad de Cambridge.
San Esteban fue el primer rey cristiano húngaro y el que formó el Estado. Si bien la institución no es de ninguna denominación eclesiástica, sí prevalece la formación en la fe cristiana y sus valores. Así, cada 20 de agosto se vuelve una fecha especial, por ser el día del patrono del colegio.
Este año, el 11 de septiembre, el establecimiento cumplirá cuatro décadas y se preparan con distintos eventos para celebrar una fecha tan importante, que da cuenta, asimismo, de la dedicación que Carlos y su familia pusieron en la escuela.
Pasaron casi 40 años de aquel día en que inauguraron con pocas aulas y pocos alumnos. Hoy, la matrícula supera los mil estudiantes y los años, también acumulan miles de anécdotas, vivencias y crecimiento, pero “siempre está la responsabilidad de seguir con los objetivos iniciales”, finaliza Carlos. (ANB)