2023-08-13

Historias

Ñirihuau, el lugar donde se mantiene la vida rural a pocos kilómetros de la ciudad

Con un paisaje de estepa, la tranquilidad sigue siendo la cualidad que más destacan sus habitantes.
Por Claudia Olate

A pocos kilómetros de la ruta 40, desde lo alto del camino, se distingue un caserío, casi todos con humo que demuestran que hay gente, que hace frío y que no hay gas. El río serpentea el paraje, que muchos llaman barrio, pero cuya denominación a sus pobladores no les gusta. El lugar y el curso de agua, comparten el nombre: Ñirihuau.

Conocido por el puente ferroviario al que llegan cientos de personas a tomar fotografías, Ñirihuau todavía conserva la vida de campo, rural, con costumbres de antes, aunque en la última década el crecimiento lo haya llevado a cambiar un poco, inevitablemente, como ocurre en todos lados.

Todavía están los pobladores de antaño, los que vieron el Ñirihuau que no conocemos hoy. Los que trabajaron en el tren cuando paraba en la vieja estación, los que fueron parte de los hornos de ladrillos que daban trabajo a gente que venía de todos lados, los que salían a caballo del lugar porque no estaban los accesos que conocemos ahora.

El puente ferroviario es otro de los atractivos de Ñirihuau. Foto: Marcelo Martínez.

Ñirihuau no tiene fecha de aniversario, pero algunos datos de una escuela que funcionó allí en 1925 aproximadamente, la construcción de la estación, y relatos, dan cuenta de que hace cerca de 100 años, ya había paraje, ya había comunidad, por más chica que fuera.

Los alrededores, en los que se fundaron distintas estancias, fueron parte del crecimiento de esta población que si bien hoy es parte de Dina Huapi, se siente como un pueblo y no como un barrio más.

Los Acuña, los Hernández, los Mardones, los Rodríguez, los Lavagino, los Galván, los Riquelme…los apellidos son varios y la mayoría, sigue siendo parte de Ñirihuau, muchas décadas después.

“Antes era mucha menos gente, nos conocíamos todos. Eso ha cambiado un poco”, dice Ida Kelin de Hernández, sentada en la casa de su hijo y nuera, a pocos metros de la suya. Ida llegó a Ñirihuau cuando se casó con Segundo y era prácticamente adolescente. Nació en Bariloche, cuando tampoco era más que un poblado y las calles que hoy conocemos, solo eran transitadas por caballos o algún carro.

Ida vive en Ñirihuau hace casi 65 años. Foto: Marcelo Martínez.

En Ñirihuau tuvo a sus hijos, forjó su familia y allí sigue viviendo. Recuerda que, hace unos 60 años, la vida era otra. “Estaban los hornos que eran fuente de trabajo para mucha gente, venían hasta de Chile a trabajar acá”, recuerda la mujer.

En esas épocas, Ida se encargaba de ordeñar vacas junto a su suegra y vender leche a los pobladores o a quienes llegaban a trabajar al paraje. Recuerda que en esos años, la estación ferroviaria tenía una vida muy activa, hasta que hace décadas, en la época de Carlos Menem, los trenes dejaron de ser lo que eran.

Hoy, la mayoría de los vecinos tiene su trabajo en Bariloche o Dina Huapi, porque en Ñirihuau la única posible fuente laboral es la escuela 190.

“En los últimos 10 años creció demasiado. Ya no conozco a la gente, se pierde un poco la amistad”, piensa Ida previo a contar que antes, años atrás, los 25 de mayo, o los 9 de Julio, se celebraban entre el pueblo, con asado, con música. “Se armaba baile. Mi marido tocaba el acordeón”, recuerda.

El paisaje de estepa caracteriza a este lugar ubicado a unos 15 kilómetros de Bariloche. Foto: Marcelo Martínez.

Ahora, “quedamos pocos de los de antes. Creo que soy la más vieja”, señala Ida que, aunque está cerca de los 80, no los aparenta y sigue con su vida independiente, junto a sus ovejas y sus gallinas. Cada sábado, esta mujer se toma el colectivo 33 de Las Grutas y va a Bariloche a dar clases de catequesis, que durante años, también brindó en Ñirihuau.

Los recuerdos de antes, son un poco los de cualquier lugar. “Había menos maldad, la gente se ayudaba más”, opina Ida.

La vida de la comunidad, se empezó a centralizar en la capilla, que ofició las veces de centro comunitario, cocina, salón de festejos. “Antes dábamos misa en las casas o en la escuela. Cuando cambiaron la ruta, mi marido fue a ver quién era el dueño del terreno. Era de Vialidad pero no tenían ni idea, así que lo cedieron y se hizo la capilla ahí”, relata. En Ñirihuau, los pobladores son devotos de Ceferino Namuncurá.

El río Ñirihuau es uno de los principales atractivos para los visitantes. Foto: Marcelo Martínez.

Durante los años que pasaron, hubo épocas muy duras a nivel general y el paraje no fue la excepción. En esos momentos, los vecinos que estaban en mejores condiciones, se organizaban y cocinaban a diario para aquellos que no tenían ni para comer.

Adriana Cornelio vive en Ñirihuau hace 35 años. Se casó joven, con uno de los hijos de Ida, y formaron su vida allí. Hoy tienen cuatro hijos y un nieto y su marido trabaja en Bariloche, así que cada día de madrugada, sale rumbo a su puesto de trabajo. “Le falta poco para jubilarse, por suerte”, cuenta.

En su casa, a metros del río, la cocina a leña que pudieron rescatar hace muchos años, mantiene la casa abrigada. En la mesa, un plato con tortas fritas y el mate listo, nos dan la bienvenida.

“Hace unos 9 o 10 años empezó a crecer mucho. Antes dependíamos de Pilcaniyeu, ahora dicen que somos un barrio de Dina Huapi, pero solo nos buscan cuando hay elecciones, por los votos”, dice la mujer que además confiesa que prefiere evitar ir a la ciudad, salvo cuando “no queda otra”.

Adriana Cornelio vive en Ñirihuau hace 35 años. Hoy trabaja en la escuela Nº190. Foto: Marcelo Martínez.

El crecimiento trae algunas ventajas, como la posibilidad de contar con obras y servicios. Recién hace cuatro años los vecinos tienen red de agua potable en el paraje. Ahora esperan que no pase mucho más para tener gas, “ese es el caballito de batalla de cada elección, vienen y prometen eso”, crítica Adriana.

Pero más allá de eso, sí hay algunas contras cuando el crecimiento empieza. “Cuando un lugar crece, te quieren cambiar las cosas que ya teníamos o conocíamos de una forma”, sostiene.

Adriana calcula que hace un par de décadas, no eran más de 80 familias, número que ahora debe rondar las 200.

“Se fueron perdiendo muchas cosas que eran más de un lugar donde todos éramos familia, todos nos conocíamos”, lamenta Adriana mientras ceba mates y ojea el pan casero que tiene en el horno.

La familia Hernández, encabeza desde hace unos años, una campaña solidaria para Reyes. Ya ahora comenzaron con los trabajos para hacer rifas y sorteos y poder recaudar fondos con los que comprar juguetes y regalarles a niños de distintos parajes en esa fecha. A pesar del crecimiento, “todos ayudan”, destaca la mujer.

En 1971, Betty Mardone llegó a vivir a Ñirihuau junto a su padre. “¿Mardone sin s?” le pregunto y en su cocina, mientras le pone yerba al mate, me dice entre risas, “sí, parece que a los jueces de paz también les gustaba brindar y anotaban lo que querían antes”.

Betty Mardone llegó a Ñirihuau en 1971 y fue testigo del crecimiento. Foto: Marcelo Martínez.

Su padre, fallecido ya hace varios años, fue peón de la estancia Paso Flores, compró ese terreno y significó un antes y un después en la vida familiar. Nunca había tenido casa propia, siempre había vivido en estancias donde trabajaba. También la recuerda como una época triste, porque había fallecido su madre.

En una ventana de la entrada de su casa, Betty tiene un pequeño estante de madera que le hizo su nieto. Allí, coloca el celular para poder tener señal, porque la comunicación cuesta, como si a menos de 15 kilómetros no estuviera la ciudad.

A pesar de recordar con añoranza las épocas en las que todos se conocían, Betty remarca que hay que tener buena convivencia entre todos y también aprender a conocer a la gente nueva que se instala en el sector, en búsqueda seguramente, de una vida más tranquila.

La mala señal telefónica obliga a los pobladores a rebuscárselas para comunicarse. Foto: Marcelo Martínez.

Betty es una de las que encabezó la lucha para lograr tener, en 2005, una Asociación Civil con la que pelear para que todos los vecinos logren otros beneficios. Ahora, las principales necesidades son tener una sala de salud, porque, aunque vienen los agentes sanitarios con periodicidad, para atenderse, tienen que viajar a Bariloche o Dina Huapi.

Otro de los pedidos que haría la diferencia para quienes viven allí, sería que se mantengan en condiciones los caminos, que, en épocas de invierno, suelen ser intransitables por los pozos y la acumulación de barro.

“En el ’93 tuvimos luz. Uno lamenta algunas cosas que los viejos no llegaron a ver, pero es bueno poder ir consiguiéndolas”, dice esta mujer que, además, se confiesa poeta y tras mucho insistir, accede a leernos uno de sus escritos. Es que Betty quiere hacer un libro con sus más de 69 poemas que ya incluso, tiene registrados, y espera ese momento para darlos a conocer.

La estación donde supo parar el tren para cargas y descargas. Foto: Marcelo Martínez.

“Ya no nos conocemos todos, pero sigue siendo tranquila la vida. Ha llegado gente muy trabajadora y se mantienen algunas costumbres”, considera. En su patio, una oveja, las gallinas y su perro Puchero, la acompañan en el día a día.

Cerquita no más, ahora vive su primo, Héctor "Lolo" Mardones, en este caso, con s en el final del apellido. “Lolo” pasó parte de su infancia allí, donde su padre compró un terreno muchas décadas atrás.

La vida lo llevó a Bariloche, donde trabajó, fue padre y abuelo. Hace unos años, se jubiló y apenas pudo, volvió a su Ñirihuau querido junto a su compañera, Patricia.

Antes, cuando era chico y pasaba sus días por allí, “no había nada acá. Puros bosques de chacay y maitén, los coirones y nada más”, recuerda en la casa que hizo después de haberse jubilado como miembro de la Policía rionegrina.

Héctor Mardones vivió parte de su niñez y juventud allí y volvió a instalarse una vez jubilado. Foto: Marcelo Martínez.

Recuerda que, del otro lado del río, ya estaba la familia Acuña, que tenían tambo y chanchería. “Don Acuña era el único que tenía vehículo y salía en camión para el pueblo. La gente se paraba afuera de su terreno para hacerle dedo”, rememora.

“Era todo muy lindo…uno extraña las épocas de antes”, reflexiona y agrega las anécdotas de los bailes. “Nosotros éramos los músicos así que éramos los invitados de honor”, dice con una risa.

La vida sigue siendo casi rural. Un lugar donde no se escucha más que el auto del vecino cuando pasa cerca, aunque en verano, sobre todo, se vuelve concurrido por el río y los cientos de personas que llegan a pasar el calor por allí.

La comunidad sigue teniendo el epicentro en la capilla, o en la escuela 190, donde casi como una anécdota, los vecinos definieron una fecha de aniversario porque una inundación hace muchos años, hizo perder los papeles con los registros y fechas del establecimiento.

La Escuela Nº 190 donde asisten niños de Ñirihuau y también de Dina Huapi. Foto: Marcelo Martínez.

“Estuvimos indagando y hay registros de que en 1925 había una escuela que después de unos 10 años se mudó a Bariloche, donde actualmente funciona la escuela 266, con el nombre de Escuela de Frontera Nº1”, contó la directora Diana Hammar.

Diana lleva 30 años en la escuela Nº190 Modesto Inacayal y supo ver crecer a la comunidad, a los chicos que fueron sus alumnos y quizás hoy, llevan a sus hijos a clases. “Ha habido un cambio enorme en los últimos años”, asegura.

La escuela supo tener período rural, aunque ahora el ciclo es el de cualquier escuela de ciudad. Tiene jornada extendida y los chicos almuerzan allí. Hay 118 alumnos de nivel primario y 16 pequeños de jardín de infantes.

Ñirihuau, cuyo nombre significa cañadón de los ñires en mapuche, se mantiene con esa tranquilidad que invita a tomarse unos mates, mirar el paisaje en silencio, contemplando la estepa, el cerro Leones, los coirones que se mueven con el viento y el río, allá abajo, que le dio y le da vida a un grupo de familias que conforman el poblado. (ANB)

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