Vivir después del fuego: El relato de los vecinos que perdieron todo
Por Claudia Olate
Ingrid muestra el espacio que supo ser el cuarto de sus hijos y llora. “No solo perdí mi casa, también mi fuente de trabajo”, dice mientras mira a su alrededor en el complejo turístico que supo trabajar durante largas temporadas. Ahora, todo se redujo a escombros, carbón y recuerdos.
La historia se repite en decenas y decenas de vecinos que tres días después de los incendios que azotaron a la Comarca Andina, intentan limpiar los terrenos, retirar los restos de viviendas que quedaron, empezar a pensar en cómo continuar después de una tragedia sinigual en la región.
El fuego comenzó el martes y se desataron distintos focos. Los vecinos, con rabia e indignación afirman una y otra vez que se trató de incendios intencionales. “No puede ser que haya un foco en un lugar y de golpe se prenda todo este sector”, dice Fabián mientras deja a un costado la carretilla en la que juntaba materiales carbonizados.
El matrimonio perdió su vivienda y además, su fuente de trabajo. (Foto: Marcelo Martínez)
Ingrid y Héctor vivieron muchos años en el exterior y hace casi una década decidieron radicarse en El Bolsón. Al poco tiempo compraron la propiedad y trabajaron turísticamente con las cabañas Olaf, ubicadas a la vera de la ruta 40 a la altura de Las Golondrinas.
“Parece que cada vez viene algo peor: pasó lo del hantavirus que nos golpeó un montón, luego la pandemia y ahora que empezábamos a levantar cabeza y a repuntar, nos quedamos sin nada”, dice la mujer que viste ropa que le regalaron sus amigos ya que se quedó absolutamente sin nada.
El fuego los sorprendió a la tarde, cuando su marido Héctor había ido hasta El Hoyo a comprar nafta. “Había empezado un foco atrás, en la montaña, tras un cortocircuito en un transformador”, recuerda Héctor mientras señala en dirección al cerro y agrega “cuando volvía vi humo a la altura de Cerro Radal, pero no me imaginé nada de esto”.
Las llamas estaban a unos metros del complejo turístico cuando “se escuchó como un bramido, como el rugido de un león”, rememora Ingrid en alusión al fuego avanzando en el bosque ubicado frente a Olaf.
El fuego avanzó rápidamente y consumió varios departamentos, el salón restaurante y su vivienda. (Foto: Marcelo Martínez)
Finalmente, casi sin que pudieran darse cuenta, las llamas ya estaban en el complejo. “Saqué a mis nenas y las subí al auto, ellas lloraban porque no querían que el padre se quede acá, fue muy desesperante”, dice todavía sin poder contener las lágrimas que le quiebran la voz. Así se fueron rumbo a El Bolsón, un poco sin saber qué iba a suceder.
Los bomberos voluntarios pasaron por el complejo, pero no fue mucho lo que pudieron hacer. El fuego avanzó y consumió todo a una velocidad increíble, pero también, además, su casa, ubicada justo detrás del edificio donde se repartían los departamentos en los que no había ningún turista afortunadamente: “el domingo se había desocupado el último”, recuerda el matrimonio.
“Nos quedamos sin nada. Sin nada”, remarca la mujer y agrega “no pudimos sacar ni la plata que teníamos en la casa”. En el edificio que supo ser su hogar, solo quedan escombros. Las paredes que quedaron en pie están quebradas y los bomberos les explicaron que no es seguro y habrá que demolerlas. En el resto del complejo, el trabajo de los Bomberos Voluntarios de El Bolsón ayudó para que quedara una cabaña en pie, “que es donde vamos a vivir ahora”, dicen. Mientras, un muchacho ya los ayuda para retirar lo quemado y ver cómo continuar.
“Te vas a dormir a la noche y pensas ¿qué voy a hacer? Las nenas se despiertan llorando, quieren volver a su casa, con sus cosas y ya no hay nada”, dice entre lágrimas la mujer.
Al día siguiente del incendio, los vecinos ya comenzaron a intentar limpiar los restos de sus viviendas. (Foto: Marcelo Martínez)
Todos los vecinos coinciden: de haber tenido provisión de agua, la situación podría haber sido distinta. No solo el trabajo de los Bomberos Voluntarios y Brigadistas no dio abasto, sino que además los vecinos no contaban con agua para poder apagar el fuego que consumía velozmente sus casas, a sus animales, al esfuerzo de toda una vida. En el complejo, como en todas las viviendas, el problema con el agua se repetía desde hace tiempo y el fuego fue el detonante final.
Fabían dormía la siesta cuando unos gritos muy fuertes, lo despertaron. “Abrí los ojos y no entendía nada, pero miré hacia afuera y el fuego ya estaba avanzando”, recuerda. Su mujer se había ido a El Bolsón junto a su pequeño hijo y por fortuna, solo estaba él, quien trabajó como bombero voluntario por lo que supo cómo reaccionar, tarea nada fácil cuando el fuego se encuentra cerca y ya no hay mucho por hacer.
“Fue un desastre” dice mientras hace un alto en las tareas de limpieza que realiza porque quiere levantar un lugar donde vivir rápidamente. “Tengo una carpa y un colchón, acá mismo nos vamos a quedar”, reafirma un poco más tarde su compañera Claudia.
Fabián apuntó contra la falta de agua, un problema que los aqueja todos los veranos. (Foto: Marcelo Martínez)
En el incendio se murieron sus cuatro cachorros y el gato de su hijo estaba desaparecido hasta que lo encontraron en el terreno, con quemaduras en las patas y muy asustado. “Esa heladera tenía 2 semanas”, dice mientras señala hacia los restos de chapa quemada que ahora ocupan parte de la vereda. Era parte de una inversión para un emprendimiento de conservas que habían comenzado recientemente. Detrás de las paredes, o de lo que queda de ellas, hay frascos de todo tipo y tamaño donde guardaban y vendían la producción. Hoy todo es cenizas.
El paisaje parece salido de una película. Además, por esos inexplicables recorridos del fuego, hay terrenos y viviendas quemadas por completo mientras al lado y a pocos metros, otras se mantienen intactas sin parecer siquiera que hubo un incendio en los alrededores.
“Con el agua de la pileta de mi nene intenté mojar los sectores que más podían arder, mojé las paredes de la casa, y me quedé sin nada porque estaba cortado el suministro, como ocurrió todo el verano y como viene pasando hace tiempo. Los reclamos los hacemos, pero se tiran el fardo unos con otros”, relata el hombre que ahora viste lo que pudieron darle en los lugares de aprovisionamiento de donaciones, porque se había quedado solo con un pantalón corto puesto.
Fabián tiene algunos snacks y productos alimenticios dentro de una bolsa. Se los dieron en el gimnasio de Lago Puelo, junto con una frazada con la que quería pasar la noche en el lugar donde hasta hace tres días vivía normalmente junto a su familia.
La mayoría de los vecinos intentó apagar las llamas con agua que tenían en piletas pero nada fue suficiente. (Foto: Marcelo Martínez)
“El primer día fue una locura. La gente corría desesperada, pasaban autos, los animales intentaban escapar y con el humo no se veía nada. Recién a las 3 de la mañana pude avisarle a mi mujer que estaba bien” cuenta a lo que Claudia responde: “pensé que estaba muerto, ese tiempo hasta comunicarnos fue eterno”. El matrimonio recibió luego la ayuda de una joven pareja de Córdoba que se encontraba de viaje y se acercaron a dar una mano con la limpieza del lugar. “Te da mucha impotencia ver que perdiste todo”, finaliza Fabián resignado.
La ruta que supo ser verde y rodeada de árboles se presenta ahora como un paisaje tétrico. Árboles que siguen en pie, pero carbonizados, la tierra ennegrecida por el paso del fuego y el constante humo que sigue brotando de algún lugar donde la lluvia no alcanzó, donde el agua de los medios aéreos y los brigadistas no fue suficiente.
El paso abrasador del fuego continuó hasta El Hoyo, subió por las laderas de los cerros y destruyó viviendas, campos, bosques y animales. En el interior de un terreno de grandes dimensiones se encuentra Miguel, intentando mover las chapas que cayeron en lo que supo ser un taller. “Acá vivía Alberto, un amigo de 70 años que está solo y se quedó sin nada”, cuenta el hombre que vive en El Bolsón pero desde que comenzó el primer foco de incendio salió junto a un amigo con una pala y una camioneta dispuesto a hacer lo que pudiera por ayudar a vecinos que no conocen.
Miguel trabajó junto a un amigo para ayudar a los vecinos y evitar que el fuego arrase con todo. (Foto: Marcelo Martínez)
“Éramos solo 2 y pudimos salvar un par de casas, con una motosierra hicimos cortafuegos en el bosque, pero nunca me imaginé que el fuego iba a llegar a la casa de mi amigo y acá al final, no pudimos hacer nada”, dice con el dolor y la resignación de ver que el sacrificio de tantos años, quedó reducido a restos quemados.
El fuego llegó primero al lugar que usaban como taller, donde trabajaban en la restauración de una camioneta Dodge que Alberto tenía hace unas 4 décadas y que ahora quedó destruida. “Cuando llegué lo encontré afuera de la casa, sentado, shockeado por no haber podido hacer nada para salvar su vivienda”, relata.
En el intento de ayudar, dice Miguel, que junto a su amigo fueron hacia la toma de agua donde se provee al pueblo y encontraron cortadas las mangueras que llevan el líquido hacia los tanques. “Claramente fue algo intencional, no pueden ser tantas casualidades, fue algo organizado y muchos hablan de una represalia por el no a la megaminería”, manifiesta con bronca.
Viviendas, autos y animales fueron consumidos por el fuego. (Foto: Marcelo Martínez)
Algunos kilómetros más al sur, cerca de la montaña, la familia Michalik llora la pérdida de una vivienda histórica. Ricardo recuerda que allí llegaron sus abuelos desde Polonia y a fines de 1930 construyeron la vivienda que el martes, el fuego destruyó. El hombre duerme ahora en la casa de su hija, a unos metros del terreno donde quedaron algunas gallinas vivas, pero no se anima a volver a su lugar. “Estuve muy mal, pero bueno, habrá que levantarse y volver a empezar”, dice con firmeza.
Su hija, Paola, abre el portón del terreno de su padre, abuelos y bisabuelos y señala el lugar donde estaba Ricardo intentando en vano apagar las llamas que afectaban primero al galpón. Luego, el fuego saltó al techo de tejuelas de la casa y en cuestión de segundos, todo quedó solo en los recuerdos.
En el barrio Eco Aldea, las quejas son varias. La desidia municipal, la falta de presencia de funcionarios, la inacción de bomberos y brigadistas. “Prefirieron apagar el fuego en los complejos turísticos que venir al barrio”, dice Macarena.
Los vecinos reclaman por falta de presencia de funcionarios municipales y provinciales de Chubut. (Foto: Marcelo Martínez)
Una de sus vecinas está internada en grave estado en Bariloche. “Mi cuñado intentó subirla al auto, pero la mujer estaba en shock y dijo que se iba a quedar a esperar al marido y se volvió a meter a la casa. Después la encontraron tirada y se le caía la piel”, relata la joven con dolor.
La ayuda entre vecinos es lo que prevalece. Se dan una mano como pueden. El que no sufrió el fuego en su vivienda, lleva ropa, comida y artículos de limpieza al que perdió todo. Intentan palear las cenizas, sacar los vidrios y remover las chapas. Muchos se encargan de cercar nuevamente lo que el fuego arrasó, para evitar ocupaciones o robos, como si quedarse sin nada no fuera suficiente.
Mientras, en el cielo sobrevuelan los medios aéreos y en el bosque ahora monocromático, resaltan los colores amarillos que distinguen a los uniformes y camiones de los brigadistas de incendios forestales. Recorren distintos puntos, buscando enfriar el suelo para que el calor que se espera para los próximos días, no reavive el fuego.
El paisaje es desolador en la Comarca Andina. (Foto: Marcelo Martínez)
La Comarca Andina sufrió uno de los incendios más trágicos del país. Además de la tristeza infinita de saber que los bosques nunca volverán a ser los mismos, o si lo hacen será en largos siglos, se suma el dolor de los vecinos que deberán empezar de nuevo, que literalmente de un momento para el otro, se quedaron sin nada, que perdieron todo lo que el trabajo y el esfuerzo diario habían permitido que tengan.
Mientras, se investigan los hechos para determinar si hubo culpables, si fueron intencionales, o si fue una vez más, le desidia de un Estado que nada invierte en prevención, que no provee los servicios básicos, que no se acerca al pueblo para vivir el dolor en conjunto.
“El problema es que la Jusiticia siempre mira para otro lado”, manifestó ayer el ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Juan Cabandié, como si no fuera también tarea de los gobiernos trabajar para que el fuego no se lleve vidas, casas y bosques enteros. (ANB)