2018-08-05

Belisario Painefil, uno de los gauchos más conocidos de Bariloche

Hay historias que merecen ser contadas, y la de este hombre de campo, nacido en Pichi Leufu, es una de ellas.

Por Claudia Olate

Ubicar la casa de Belisario no es tarea difícil. Vive en el barrio Las Quintas hace largas décadas, y una bandera argentina flamea en lo alto. Así se distingue donde vive este gaucho de pura cepa, que nos abre la puerta de su casa y nos recibe casi con un reto, por haber llegado tarde. “Quienes me conocen saben que el reloj no lo tengo de adorno”, dice entre risas.

Al lado, como siempre, está Bernabela, más conocida por “Bela”, su compañera desde hace casi medio siglo, que no tarda en preparar unos mates. Belisario se sienta y de fondo están todas las fotos que de alguna manera, narran su historia.

Belisario es padre, es abuelo, es bisabuelo también, pero además y desde siempre, es un hombre de campo, con una infancia dura y con recuerdos que mantiene en su memoria con una precisión impecable.

Nació el 5 de abril de 1947 en Pichi Leufu. Hijo de Vicente Painefil y de Aurora Guajardo, tiene 13 hermanos más, uno de los cuales falleció hace 11 años. Su vida la pasó en el campo, aunque el trabajo, la familia y el destino mismo lo hayan traído tiempo después a Bariloche, cuando en realidad, la ciudad todavía era un pequeño poblado rodeado de monte.

“Nací en el campo, como era antes, en un ranchito con una estufa con leña de molle como calefacción”, recuerda mientras Bela ceba mates a su lado. La vida de Belisario tuvo varios destinos, pero recuerda que cuando tenía 6 años, lo llevaron a vivir un tiempo junto a su abuela, en la estancia San Ramón. De Rosa, guarda los más lindos recuerdos. No duda en afirmar que ella fue quien le enseño a ser solidaria y a respetar a los demás.

Tuvo un breve paso por la escuela primaria, pero cuando trasladaron a la pareja de su abuela a un puesto más lejano, tuvo que dejar. “Me gustaba ir a la escuela, en esa época había que ir bien derechito”, dice entre risas y rápidamente distingue lo que para él, es la educación del estudio. “Cuántos profesionales hay bien estudiados que no tienen ni un poco de respeto por la gente”, reflexiona con un mate en la mano.

Belisario recuerda que unos años después, decidieron llevarlo de vuelta  a la casa de sus padres en Pichileufu. “Yo no quería saber nada con irme de al lado de mi abuela, lloré como dos semanas seguidas”, relata. Y aunque pudo seguir estudiando un tiempo más en otra escuela, luego, como se acostumbraba antes en el campo, tuvo que salir a trabajar.

A los 13 años comenzó como peón de cocina en la estancia San Ramón, donde recuerda haber pasado 6 años de intenso trabajo. Belisario detalla hechos de su vida que pasaron hace más de 50 años con una precisión, que parece tenerlos anotados a fuego en su memoria.

“Cuando volvía a mi casa a ver a mis padres, a veces andando de noche a caballo veía alguna estrella fugaz. Mis deseos siempre fueron tener trabajo, poder hacer el servicio militar y ayudar a mis viejos”, indica.

El camino lo trajo un tiempo a Bariloche, “laburamos en la Cooperativa un tiempo haciendo zanjas para el cableado, pero a los meses nos quedamos sin trabajo”, recuerda.

Finalmente, el deseo de hacer el servicio militar se cumplió. Le tocó el Regimiento de Caballería 4, ubicado en San Martín de los Andes. De ese tiempo, guarda los más lindos recuerdos. “Mi superior se había encariñado conmigo, y me veía capaz a pesar de que no había podido estudiar”, relata y agrega, “me ofreció llevarme a Neuquén para que estudiara, y ¿sabés por qué no acepté? Porque no sabía dónde era Neuquén”, manifiesta.

Cuando terminó con el servicio y siguió buscando su lugar y su trabajo, la vida lo cruzó con su más fiel compañera: Bernabela. El 15 de agosto de 1970 se casaron, “ya estamos por cumplir 48 años de casados”, remarca el hombre de campo, que guarda en su haber historias para escuchar y aprender.

“Gracias a Dios tengo la compañera que tengo, sino no hubiera sido nada de lo que soy”, dice Belisario sin dudar por el amor a su esposa. Con ella llegó al barrio Las Quintas, a la calle Soberanía Argentina, a la cual parece rendirle honor con la bandera que flamea sobre su techo.

 

En aquellas épocas, Bariloche no tenía más ciudad que lo que hoy es el radio céntrico. “Esto acá era todo campo, no había nadie”, cuenta. Así fue que vio crecer el barrio, poblarse los rincones donde antes hubo monte.

Allí criaron a sus tres hijos, Norberto, Juan Carlos y Fabiana. Hoy tiene dos nietas, dos bisnietos y dos más en camino. “Van a llegar mellizas”, dice con emoción mientras su pequeña bisnieta llega a abrazarlo con un amor que se nota desde lejos.

Por más de 27 años, “veintisiete años y cuatro meses”, enfatiza Belisario para no perder la costumbre de los detalles perfectos, se desempeñó en la Cooperativa de Electricidad Bariloche. “En el ’98 renuncié porque habían hecho desastres con la administración, nos bajaron mucho los sueldos y ya no se podía seguir así”, relata.

Belisario siempre siguió apegado a sus costumbres de campo. Desfiles criollos, unas buenas milongas, la vestimenta de gaucho siempre impecable. Se hizo conocido por todos, por su forma de ser, por estar siempre presente en alguna fiesta campera.

Continuó luego trabajando en la estancia San Ramón, “y hubiera seguido pero me tuve que jubilar por problemas de salud”, explica. De todas maneras, del campo nunca se fue, y casi religiosamente va los viernes a jugar al truco con “los muchachos”.

La casa de Painefil la conocen todos, basta con indicarle a alguien a dónde se quiere ir, que rápidamente se llega a su “humilde rancho”, como dice él. Allí se junta toda la familia, los amigos, a compartir un buen asado, unos mates, con algún chamamé de fondo y una buena charla a la que Belisario nunca le dice que no.

“Yo no tengo problemas con nadie, camino con la frente en alto. Mi viejo siempre nos inculcó valores, nos dijo que no importaba ser pobres, pero siempre honestos, siempre con la frente en alto”, finaliza el gaucho de Pichi Leufu. (ANB)

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