2016-11-27

Experiencia hostel: ficción y realidad en primera persona

Palabras más, palabras menos, este podría ser el relato de un exestudiante que tras dos décadas retornó a la ciudad con sus compañeros de viaje de egresados. Esta vez, el lugar de hospedaje fue un hostel.

20 años después, distinto de aquel pero casi igual

Desde que despegamos de la ciudad de la furia imaginé que cuando el avión comenzara a sobrevolar las montañas las emociones positivas iban a golpearme en los pies hasta impedir que continuara en la butaca, como en aquel diciembre en que la promoción 1996 cantara “Bariló, Bariló” arribando a la ciudad. Pero no, lejos de sentir euforia incontenible me explotó  un airbag de reproches en la cara.

 Habían pasado 20 años y de aquellos 25 compañeros que juramos volver solo se encontraban a mi izquierda migajas de “Tito”, quien estaba siendo violentado por la azafata para que se despierte y enderece su asiento para el aterrizaje. Sin éxito por cierto. Dos filas más adelante escuché a Tomi y Jona  hablando de bonos estatales en los que habían invertido pero el llanto de un recién nacido impidió que lo siga escuchando. Quizás es la primera vez que no odié tanto ese sonido, aunque en el montaje de hechos solo quise llorar con él.

Más atrás sonaba el obturador de la cámara de Joco que intentaba capturar las primeras imágenes de los cerros con algo de nieve, todavía, en sus cumbres confundiéndose con algunas nubes. Intenté recordar los nombres que le asignaba la loca de geografía pero por suerte la memoria bloquea ciertos pasajes indeseables que no pensé olvidar. 

Joco había tomado el mando de coordinador en esta oportunidad y me preocupaba pensar que en unos minutos las comodidades que habíamos adquirido en estos 16 años de aburguesamiento se destruyeran entre los olores infrahumanos de un gringo en la cocina de un hostel, aquella tendencia en alojamientos que según Lucho nos devolvería algo de la juventud perdida.

Joco guió al taxista mientras Tito se limpiaba las lagañas. Pensé que quizás él sí se adaptaría pronto a nuestro nuevo formato de alojamiento.  El auto atravesó la Costanera y como chicos llegando a Disney nos estampamos contra las ventanillas cada vez que visualizábamos los boliches que habíamos recorrido en zigzag y disfrazados.  Algo se había despertado nuevamente y ya casi no me importaba dónde íbamos a dormir.

El taxi se detuvo frente a un mural plagado de colores que camuflaban una puerta de madera donde continuaba el dibujo. Nos recibió un pibe en bermudas y  sandalias. No soy gran observador de esos detalles pero me pareció aún un poco baja la temperatura para ese atuendo. Era Martín, el dueño del hostel  que entre risas y gastadas nos quitó las valijas de las manos para mostrarnos el lugar. Después nos invitó a acomodarnos dejando el check in para después.

En el living un yanqui le gritaba “¡retruco!” a un cordobés y éste le redoblaba la apuesta. Tito y Tomi descubrieron el ping pong y soltaron las valijas para acechar a dos brasileros. Todo se puso picante.  No se tardó en organizar un torneo, ni en aparecer las primeras pintas de cerveza artesanal que se deslizaron por la barra.

Al cabo de un rato entendía las sandalias y bermudas de Martin, y recordé que el equipaje seguía en recepción. Ni los bolsos, ni nosotros habíamos llegado a las habitaciones. Tampoco nos habíamos registrado aun, pero había atardecido y el foco se movió a la cocina donde un grupo de alemanes organizaba la cena que más tarde íbamos a degustar entre 15 nuevos buenos conocidos.

 

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