Ada María Elflein, el barrio de los mil laberintos
Más de tres décadas atrás se inauguraba el barrio Ada María Elflein. 27 edificios que en total suman 300 viviendas, hoy continúan albergando a más de 500 familias que viven en uno de los primeros barrios sociales de la ciudad.
Los pasillos que unen los departamentos terminan formando un laberinto en el que sobreabundan los perros y transitan los vecinos. La edificación comenzó a fines de los años 70 y a mediados de 1980 ya se habían mudado la mayoría de los vecinos.
“Yo llegué a los 4 años, todos mis recuerdos están en este barrio”, comenta Martín Pargade, uno de los vecinos que nos mostró el barrio, mientras se cierra la campera, porque el frío pega fuerte en la ladera en la que están ubicadas las viviendas.
Martín Pargade vive en el barrio hae más de 30 años.
Proyectos hay muchos. Entre los numerosos pasillos que pueden hacer desorientar a cualquiera que no sea del barrio, hay lugares comunes, algunos de los cuales supieron ser espacios verdes compartidos. Hoy en uno de los sectores hay una cancha y la idea es mejorarla. “Cuando, no sabemos, porque la burocracia tiene otros tiempos”, asegura Martín. Pero el objetivo es que los chicos del barrio tengan donde patear una pelota, donde compartir un momento.
Las ventanas dejan ver ropa tendida, plantas, mascotas que asoman a ver qué sucede afuera cuando las voces de los transeúntes rebotan entre los pasillos. La mayoría de la gente se encuentra trabajando. “Este es un barrio de gente laburadora, gente que sale todos los días a ganarse el pan”, asegura el joven que 30 años después, continúa viviendo en el Ada María Elflein.
En uno de los sectores hay una biblioteca llamada Ruca Quimn, Casa del saber en Tehuelche. Comenzó como un sueño de crear un espacio de contención para los niños del barrio cuyos padres no tenían los medios para ayudarlos en sus tareas escolares. Ángeles, la bibliotecaria del turno mañana, nos encuentra de casualidad en una de las calles y nos comenta que concurren a diario muchas personas, de todas las edades, aunque van muchos niños y adolescentes a terminar sus tareas.
“La biblioteca tiene una importancia enorme en el barrio”, dice sin dudar la joven. Antes, ese espacio estuvo ocupado por un destacamento policial, dependiente de la Comisaría 28. “Fue pedido por el barrio mismo, porque era todo un viva la pepa”, dice entre risas Alicia, la secretaria del espacio.
Ruca Quimn está abierta de lunes a viernes de 8 a 14 y de 15 a 21. Momentáneamente, por la mañana se encuentra cerrada, aunque de todas formas, la mayor concurrencia de gente se da en horarios de la tarde.
Cuenta actualmente con 567 socios, aunque solo 370 pagan la cuota mensual que es de 5 pesos por persona o 10 en el caso de un grupo familiar. Con este dinero, la dirección de la biblioteca se encarga de gastos menores.
Victoria, una vecina que lleva casi dos décadas viviendo en ese lugar, además de ser parte de la organización de Ruca Quimn, tiene un espacio de contención para jóvenes. Usualmente se realiza los viernes, aunque a cuando su salud se lo permite. Las reuniones se hacen en la biblioteca donde los chicos van y son escuchados por la mujer, que se terminó convirtiendo para muchos, “en una mamá”.
Victoria y Alicia llevan adelante la biblioteca del barrio hace 17 años.
Alicia por su parte vive en el barrio hace ya, tres largas décadas. Recuerda los comienzos, cuando recién entregaron las viviendas. “Teníamos un lío de llaves bávaro. Tuvimos que empezar a probar a ver en qué casa abría cada juego de llaves”, cuenta entre risas.
En sus 33 años viviendo en el Ada María Elflein, vio de todo. El crecimiento del barrio, los problemas sociales, la falta de apoyo de muchos gobiernos, la violencia, el apoyo entre los vecinos… Recuerda, y recuerda mucho. Especialmente menciona la época del 2001, cuando el país atravesaba una fuerte crisis económica, política y social, y el barrio no fue la excepción. “Aún me acuerdo de las familias con necesidades, que no podían ni alimentar bien a sus hijos”, dice con dolor.
En ese contexto, la biblioteca, corazón del barrio, pasó a ser también una especie de merendero. La solidaridad se hizo eco en la panadería Doña Eva que comenzó, casi 15 años atrás, a brindarles pan o facturas para la merienda de los pequeños y hasta el día de hoy continúa siendo un soporte para la comunidad de lectores.
Los barrios Alborada y Martín Güemes rodean al plan social de departamentos. Hacia abajo, casi en su límite, se esgrime un gran cartel donde reza el nombre del barrio y el lago Nahuel Huapi le sirve de fondo. Hacia arriba, edificios color marrón claro que se distinguen desde lejos, en los terrenos empinados que caracterizan a Bariloche. (ANB)