La feria de Santo Cristo, un micromundo comercial en medio de Onelli
Gente, puestos, productos de todo tipo, manteros, gente, música y más gente. La feria de “la Santo Cristo”, como comúnmente se le llama, es un micromundo que existe sobre Onelli entre 25 de Mayo y Chubut. Con el paso de los años, fue aumentando exponencialmente la cantidad de feriantes, y también la demanda y la variedad de mercadería que se comercializa. ¿Quién regula el espacio? Nadie.
Al transitar por la zona un fin de semana, se pueden contar más de 100 puestos, más aún si se tiene en cuenta a los manteros que desde hace unos meses comenzaron a instalarse sobre 25 de Mayo. ¿La oferta? Todo lo imaginable. Ropa nueva y usada, plantas, comida, películas, discos musicales, anteojos, espejos, cuchillos y un sinfín de productos que suelen costar hasta un 50 por ciento menos que en los comercios tradicionales.
Los ingresos estimados de cada feriante no llegan a conocerse, sobre todo teniendo en cuenta que la diversidad de productos tiene relación directa con los costos y lo que recaudan a través de su venta.
Los puesteros se muestran reticentes a hablar. La polémica centrada en el lugar fue y es mucha y los intentos de desalojo con efectivos policiales incluidos, también. Años atrás, en 2010, un grupo decidió alquilar un lugar techado para funcionar. Así, 35 personas bajo la denominación Cooperativa Antú continuaron trabajando fuera de la calle. Pero no todos aceptaron ni formaron parte de la decisión.
Hoy la feria no tiene un referente o encargado visible, al menos, no para dialogar con la prensa. Guillermo es uno de los vendedores que accedió a dialogar con ANB. Hace cuatro años que tiene su puesto en el lugar. “Es mi forma de ganarme la vida”, manifestó.
Los feriantes varían en edades, sexo y origen. Hay jóvenes, grandes, y adultos mayores que venden absolutamente de todo. También puede verse extranjeros que llegan a Bariloche en busca de una salida laboral.
El público cambia, pero siempre es local. “Nosotros no queremos venderle al turismo, para eso está Mitre”, señaló Guillermo. La gente elige la feria para comprar productos puntuales que encuentran más baratos que en los comercios, pero también está el público que camina por Onelli y como paso obligatorio transita por esa vereda. Generalmente, los peatones terminan “tentándose” con ropa, anteojos o alguna película que quizás no pensaban comprar.
La feria funciona todos los días, pero los momentos fuertes de venta transcurren entre el sábado y el domingo, desde la mañana temprano hasta las 14, hora en que muchos puesteros comienzan la retirada. Durante esas 5 ó 6 horas en que la vereda se atesta de stands de todos los colores y motivos, el caminar por la vereda se torna un tema complejo. Son miles las personas que pasan por allí, que preguntan precios, se prueban zapatos o compran un pancho para ir comiendo.
El tránsito vehicular se ve afectado en toda la zona, especialmente sobre 25 de Mayo, donde las personas que van a vender lo que sea que encuentren, tienden sus mantas directamente en la calle, dejando un espacio muy reducido para una arteria que es doble mano.
La congestión de gente y vehículos llevó también a que el municipio cambiara de lugar una parada de colectivos que se encontraba entre 25 de Mayo y Santa Cruz. Ahora, el transporte urbano de pasajeros para unos metros antes, aunque sin dejar de ocasionar demoras.
Según lo que cuentan los feriantes, hubo intentos de organizarse y regular de alguna manera la situación, pero “es algo imposible”, manifestaron. Son demasiadas personas sin una organización definida. Los lugares para instalar los puestos los elige cada uno, pero “no te vayas a poner donde me ubico siempre yo, porque se arma”, remarcó Guillermo.
El hombre, que vende calzados, cuchillos y otras yerbas, relató que el principal problema o motivo de conflicto entre ellos mismos es la basura. Muchos no se ocupan de dejar limpio como deberían, y esto genera roces.
Una de las quejas recurrentes de los vecinos es, justamente, el estado en que queda la calle cuando los feriantes se retiran. Los residuos copa las veredas, los pocos cestos que hay son inexistentes y nadie se ocupa de limpiarlo.
Martín vende anteojos de sol y ropa. Tiene 23 años y está en la feria desde los 9. “Vengo cada mañana a ganarme el mango dignamente, porque tengo dos hijos que alimentar, uno de ellos es discapacitado”, confió.
Aclaró que está dispuesto a pagar un impuesto en función de sus ingresos. “Eso sí, si hago esto el municipio debe ponernos baños químicos y hacer algunas obras para poder trabajar en mejores condiciones”, sostuvo.
Fabio, por su parte, coincidió con Martín en cuanto a la predisposición a la cancelación de algún tipo de canon. “Pago lo que sea necesario. Nuestra intención es seguir trabajando como hasta ahora, sin perjudicar a nadie”, sostuvo el joven, quien también comercializa ropa en el lugar.
Al parecer, tampoco nadie se encarga de regular la situación. El municipio intentó varias veces, en vano, desalojar la feria. Los puesteros desafían cualquier autoridad y vuelven a instalarse en el sector. Las reuniones entre la Cámara de Comercio y el Ejecutivo local son casi moneda corriente, pero hasta el momento parecen no haber encontrado una solución a un problema que genera discrepancias con los comerciantes de la zona, más que con vecinos comunes.
Los propietarios de locales del sector exponen que existe "una competencia desleal", ya que "no pagan impuestos, por lo tanto pueden vender los productos mucho más barato", cuestionan.
El no pagar impuestos ni alquiler ni sueldos a empleados, son las características que más molestan a los dueños de comercios con respecto a la feria. Plantean una relación desigual que no pueden equiparar en cuanto a precio se refiere, planteos que fueron llevados al municipio, gestión tras gestión, sin obtener una decisión por respuesta.
Los inspectores municipales que fiscalizan los comercios no hacen lo propio en la feria. Son cuadras de las que se terminaron adueñando los propios feriantes, como consecuencia de que nadie les ordenara lo contrario. Como es de esperarse, nadie emite facturas por las compras, pero el personal de la Dirección General Impositiva (DGI) que recorre los locales comerciales exigiendo el cumplimiento de la ley -multando a quienes no lo hacen- está ausente en los cientos de metros que ocupan los puestos. ¿Inspectores bromatológicos? Menos. Solo los feriantes saben qué medidas de seguridad e higiene toman para elaborar los alimentos que los ciudadanos ingieren.
Tiempo atrás, en un intento por hacer de la feria algo más organizado y estable, fueron los feriantes quienes quisieron instalar baños químicos, para los que cada vendedor debía colaborar con una ínfima cuota diaria. “Ninguno quiso y seguimos como antes”, se quejó el puestero.
Al ser consultado sobre la posibilidad de ser reubicados en algún lugar cerrado, Guillermo dijo que prefiere la calle. “Vos me sacás de acá y yo al otro día salgo a robar. De esto, comemos con mi familia”, finalizó. (ANB)
Producción: Claudia Olate, Lucía Arana, Luis Leiva y Nicolás Malpede.
Redacción: Claudia Olate, Lucía Arana y Nicolás Malpede.
Diseño: Florencia Montenegro.
Fotos: Emiliano Rodríguez.