Gloria, de Sebastián Lelio: sensible, divertida y profunda
La versión de Umberto Tozzi del clásico de Van Morrison, es la que se escucha en la última escena de la película y, a su manera, representa bastante a la Gloria de este film, que ilumina no sólo las mañanas.
Gloria, cerca de los sesenta años, tiene la energía que muchos de treinta deben envidiarle. Un ímpetu y unas ganas de vivir y de animarse sin prejuicios, que es notablemente mostrada, sin estridencias y manteniendo todo el tiempo el verosímil de un buen relato de ficción.
Gloria, trabaja de oficinista. Está separada, tiene dos hijos ya adultos y se la ve todo el tiempo en la búsqueda de algo. Uno no sabe bien qué, puede suponer que sea una mejor comunicación con los hijos, un nuevo amor, una cuota mayor de felicidad, tal vez que su vecino la deje dormir por las noches. Lo cierto, es que no una búsqueda frenética ni forzada. La naturalidad y frescura con que Gloria se acerca a distintas situaciones, nos habla de una persona con no pocas cualidades, pero también nos quiere decir que no hay que hacerle caso a las revistas y que no todo lo interesante, vivo y latente, le pasa a los jóvenes.
Gloria frecuenta clubes de "solos y solas", los que son presentados no como reductos de melancolía y decadencia, sino todo lo contrario: lugares en donde bailar, tomar un trago y, a veces, encontrar a alguien para pasar un momento de placer sexual. Allí, conoce a un hombre, probablemente de unos sesenta y pico, también divorciado, con el cual conecta en un plano de cierta profundidad, tal vez, algo cercano al amor. No adelanto más de la trama, sin antes mencionar que todo lo que ocurre luego es absolutamente posible, real, triste y alegre en partes iguales, y que en el fondo, cuando en ese final magistral, Gloria, baila sola en una fiesta de casamiento al son del tema Gloria, vemos a una persona que ha encontrado eso que ha estado buscando; cada uno interpretará probablemente de distintas maneras que es "ese algo".
La construcción del relato es muy precisa y original. Los distintos personajes que la secundan están muy bien, no sólo en relación a sus trabajos actorales, sino a su status dentro de la ficción construída. Si bien son parte o surgen de un guion de esos pensados para la conquista de todos los espectadores, estos seres aportan frescura y realismo y entre todos, se configuran en el necesario contrapeso para soliviantar la casi constante presencia de Gloria.
En el Festival Internacional de Berlín del 2013, se dice que la gente aplaudía de pie y que ese sonido tan esperado por los responsables del film, duró un tiempo cercano al de los records, al menos de dicho festival. Y es que no es para menos, cuando se logra amalgamar eso tan difícil en el cine actual, que es una vocación popular no exenta de intenciones artísticas.
Hay que destacar que el cine chileno ya no es uno o dos directores. Todos recordamos a Miguel Littín y un poco más acá a Patricio Guzmán y a cómo, contra viento y marea, hicieron flamear la bandera araucana durante algunas décadas. Hoy, la situación es otra; la cantera cinematográfica de nuestro país hermano está dando mucho material interesante y varias gemas que quedarán en la historia mundial de la cinematografía. Cine industrial, cine popular y cine de vanguardia demuestran como a pesar de tantas desavenencias y obstáculos, de la política, de la economía y de la naturaleza no han impedido el surgimiento de una de las cinematografías más destacadas de la última década. Sebastián Lelio, es uno de estos nuevos exponentes de la cinematografía chilena y Gloria ha sido su cuarto largometraje.
En esta entretenida, sensible, divertida y profunda película, acompañamos con esa cámara tan atenta y delicada a esta señora de las seis décadas que todo el tiempo nos dice que a la vida no hay que tomársela tan en serio.