Bariloche y cine
El flamante secretario de cultura de la provincia de Río Negro, Hugo Aristimuño, parafraseó a Aimé Paine al decir: "Ser culto es saber quién es uno". Inmediatamente me asaltó la pregunta inevitable y necesaria: ¿Sabemos los barilochenses quienes somos?
Es una pregunta que sólo voy a intentar contestarme desde esa parte de la cultura que es el arte cinematográfico o, como muchos quieren llamarlo hoy, el arte audiovisual.
Imagino que Bariloche, es una ciudad que siempre estuvo en la mente de los responsables de los Espacios Incaa como uno de "los lugares a conquistar" dentro de la inmensa geografía nacional, tan carente de lugares donde ver cine, fundamentalmente de cine argentino. Sin embargo, tengo la sensación que nosotros no hemos acompañado como se debe a esta iniciativa, salvo en casos puntuales. Cuando el mismo se instaló en ese lugar tan caro a los barilochenses como lo es la biblioteca Sarmiento, algunos pensamos que las cosas se equilibraban; que se podía contrarrestar o paliar la invasión de producciones hollywoodenses (y generalmente no las más destacadas) y así comenzar a generar un flujo positivo de público que se inicie sin prejuicios, en nuestra rica cinematografía y en las de otros lugares del mundo (también acalladas por la omnipresencia norteamericana).
El romance duró un año. En su carta de renuncia como coordinadora del Espacio Incaa 1560 (es decir Bariloche) Mariana Bettanin expresaba: "Las tareas administrativas y logísticas para el mantenimiento de la sala INCAA fueron coordinadas por mí de modo voluntario, acompañadas de la misma manera por la Comisión Directiva de la Biblioteca y concretadas por sus trabajadores, en un esfuerzo que superaba la capacidad operativa de la institución".
Y aquí surge la primera reflexión sobre la mítica Biblioteca Sarmiento. Sabemos de su historia y de su importancia a través de décadas en pos de la cultura de nuestra ciudad; sabemos también que los sueldos de su personal son pagados por la provincia desde el año 2011 y que las proyecciones de las películas son a través de un reproductor de dvd o blue ray, es decir no se necesita ni el conocimiento de un idóneo ni el mantenimiento de un equipo de proyección de 35 mm. La publicidad del espacio a través de los medios es gratuita, entonces: ¿por qué no se pudo sostener el espacio allí? Una pregunta que probablemente no le interese a casi nadie. De hecho, el espacio Incaa cerró y nadie se rasgó las vestiduras. Y otra: ¿fue una buena idea instalar allí el espacio si el esfuerzo superaba la capacidad operativa de la institución?
Hoy, hay nueva sala. El Estado municipal pareciera dar garantías de que la cosa funcione, al menos a través de un espacio propio y con el personal adecuado para ello. Sin embargo, es necesario una mayor participación de la gente, fundamentalmente de los usuarios, es decir de los espectadores de cine. Y para ello, hay que estar detrás y delante de las decisiones.
El Estado municipal, a través de sus funcionarios y empleados de la secretaría de Cultura, debe entender que no siempre las decisiones tomadas en Buenos Aires, son las mejores o las más apropiadas para nosotros y nuestra idiosincrasia; esto pasa en todos los niveles de las políticas audiovisuales y es una lucha constante de aquellos que vivimos en el interior para poder acceder al tan ansiado "federalismo".
La programación de la sala tiene que estar atenta a dos cuestiones fundamentales: la calidad de las propuestas (algo que no siempre se tuvo en cuenta) y la existencia de un nuevo público, fruto del nuevo lugar de emplazamiento del espacio. Y por supuesto que no se trata sólo de proyectar películas. Es interesante la posibilidad que tiene el Estado en esta oportunidad para intentar formar nuevos espectadores de cine, alejados del consumismo pochoclero que generalmente nos proponen las cadenas multisalas y porqué no, generar mayores vínculos e interrelaciones entre los habitantes de distintos barrios de la ciudad. Pero para ello hay que hacer un trabajo riguroso y planificado, no exento de una cuota muy grande de paciencia.
El Festival y nuestro cine
Una de las cosas que más me interesa corroborar y comparar dentro de la propuesta del festival, tiene que ver con la producción local de cine y audiovisual. El festival es un espacio clave para ello, ya que es la casi única vidriera (aparte de internet, claro) que los realizadores tienen para mostrar sus trabajos. Río Negro tiene dos escuelas de cine; una en Gral. Roca y la otra en El Bolsón. Es de esperar que la producción audiovisual crezca o al menos que año a año sea más o menos constante. A ésto hay que sumarle el hecho de que tanto en el valle como en Bariloche, hay muchos realizadores, un centro de producción audiovisual dependiente de la UNRN y un constante éxodo desde Buenos Aires hacia la montaña, de técnicos y artistas del medio, que se vienen a estas tierras más tranquilas en busca de la paz perdida.
Córdoba y Santa Fe son hoy, claros exponentes de que se puede por fuera de la gran metrópoli. Sus películas y sus series tanto de ficción como de documental, ocupan los lugares preferenciales de festivales como el BAFICI o Mar del Plata. Esto es el fruto de varias cuestiones: la creación de escuelas de cine, la implementación de políticas públicas para el fortalecimiento de estas industrias, años de experiencia y de sumar producción y una cuota importante de cinefilia en su población cinematográficamente activa.
Tenemos las escuelas de cine, sus alumnos y todos los realizadores de la región pueden aprovechar las políticas que el estado nacional hoy genera para el fortalecimiento de la industria y a ello, sumarle las que se puedan generar desde el gobierno provincial y municipal (hay que volver a insistir con la ordenanza municipal de regulación de espacios y creación de fondo de fomento). La sumatoria de producciones que vayan creciendo en cantidad y calidad podrán hacer realidad que Río Negro y fundamentalmente Bariloche, se puedan convertir en un verdadero polo audiovisual de carácter nacional.
Y volviendo al principio, hay que entender que un festival, también se alimenta de público. Un público que no es el habitual de las salas del shopping. Un público que hay que crear, conservar y aumentar, tal cual lo han hecho nuestros hermanos cordobeses y santafecinos. El nuevo espacio Incaa es una oportunidad para ello. No volvamos a perderla.