2014-04-26

"The Ox-Bow Incident", de William A. Welmann. Cine y linchamientos

Los acontecimientos recientes que involucran a ¿personas? que asesinan en masa a una sola, el llamado "linchamiento", es un tema viejo en la humanidad y en el cine también. Hay muchas películas que tratan la cuestión, y hay una, perteneciente al género western, que no sólo debe rescatársele por su temática abordada desde un encumbrado humanismo, sino también por sus valores cinematográficos.

Extraña (o no) paradoja es la que da origen a la palabra "linchamiento" ya que es una derivación que se dio a partir del apellido de un funcionario judicial norteamericano, un magistrado de Virginia llamado Charles Lynch. Paradójico por dos razones: la pertenencia al ámbito judicial y al país que se jacta de ser el modelo mundial de la democracia y paladín de la justicia. Ya en 1936, el director Fritz Lang, huyendo del nazismo descubría sentimientos y conductas similares a la de los alemanes que encumbraron a Hitler, en la propia sociedad norteamericana y filmaba otra película de linchamientos llamada "Furia". En 1943, el director norteamericano William A. Welmann se atrevía al tema dentro de uno de los géneros cinematográficos norteamericanos por excelencia: el western. Nosotros, los argentinos, carecemos todavía de películas que hablen del tema, del cual, aparentemente ya somos expertos.

The Ox-Bow Incident es una rara avis dentro del género mencionado, ya que en esta ocasión, la presencia de vaqueros, caballos, salones y diligencias están al servicio de contar una historia cuyo tema principal tiene que ver con la injusticia de la pena de muerte y del obrar de ciudadanos comunes en actos aberrantes que ensombrecen a la condición humana. Wellmann filmó casi toda la cinta en estudio porque quería centrar toda la atención del espectador en el núcleo del relato. Sus 75 minutos de duración le dan al film la contundencia que su tema merece y gracias a la gran pericia narrativa de su director, ese tiempo pasa volando. Se suma a ello, la bella y contrastada fotografía en blanco y negro de Arthur Miller y las actuaciones de Henry Fonda, Dana Andrews y Anthony Quinn entre otros.

La película comienza y termina con el mismo plano. Dos vaqueros llegan y se van de un perdido pueblo de Nevada en 1885. La pericia y talento de Wellmann (que es también la del gran conjunto de directores del llamado período clásico norteamericano) no sólo se percibe en la invisibilidad de la cámara y del montaje, sino también en detalles como la de los planos de inicio y final, que son iguales aunque cambia el sentido de movimiento de los personajes; inclusive hay un perro callejero que en el inicio cruza la calle antes que los dos jinetes entren al pueblo, y al final, el mismo cansino perro, cruza la calle en sentido inverso, clausurando el film, impregnándolo también de cierta melancolía y tristeza. El silencio del animal ante la experiencia humana, en este caso triste y amarga.

Wellmann se permite incluso jugar poéticamente con su cámara y la luz en dos momentos claves de la cinta: en el travelling que muestra a una docena de vaqueros acodados en el mostrador tomando whisky después del incidente que da título al film, y cuando el personaje de Dana Andrews es "iluminado" por un simbólico rayo de luz de luna antes de los linchamientos. Y también hay un par de cuestiones que hablan de un director que está en todos los detalles y que en este caso involucran a personajes secundarios que muestran cómo esos cineastas clásicos del Hollywood de los 20, 30, 40 y 50, no dejaban pasar oportunidad para (como dice Scorsese en su notable documental "A Personal Journey with Martin Scorsese Trough American Movies") contrabandear opiniones y miradas muy comprometidas sobre la realidad social, los temas tabúes y las miserias de la condición humana. Me refiero a la presencia de una mujer dentro del grupo linchador, que alela a la propuesta de efectismos o demagogias; a la posible homosexualidad del hijo del militar sureño que encabeza la turba y a la presencia creciente del extrañísimo personaje del negro religioso. Todos estos elementos le dan a la película una categoría y un realismo inusitados salvo quizás en sus minutos finales, el momento en que el bueno de Henry Fonda, siempre defensor de justas causas, lee la carta que ha dejado una de las víctimas a su mujer. Sin embargo, y a pesar de su contraposición al realismo exhibido hasta allí, esta última escena no molesta y, de alguna manera refuerza un mensaje necesario. Transcribo las líneas del personaje interpretado por Dana Andrews a su esposa:

"Mi querida esposa: el Sr. Davies te contará lo ocurrido aquí esta noche. es un hombre bueno y ha hecho todo lo posible por mi. Supongo que hay otros hombres buenos aquí...pero no se dan cuenta de lo que están haciendo. Por ellos es por quien siento lástima...porque dentro de poco esto habrá terminado para mi, pero ellos tendrán que recordarlo el resto de sus vidas. Un hombre no puede tomarse la justicia por su propia mano y colgar a gente sin perjudicar a todos los demás, porque entonces no viola sólo una ley sino todas.

La ley es mucho más que unas palabras escritas en un libro, o los jueces, abogados o alguaciles contratados para aplicarla. Es todo lo que la gente ha aprendido sobre la justicia y lo que está bien o está mal. Es la mismísima conciencia de la humanidad. No puede existir la civilización a menos que la gente tenga una conciencia. Porque si las personas tocan a Dios, ¿cómo lo hacen si no es a través de su conciencia? ¿Y qué es la conciencia de alguien más que un pedacito de la conciencia de todos los hombres que han vivido?

Supongo que eso es todo, salvo que beses a los niños de mi parte y que Dios los bendiga. Tu esposo, Donald."

Por Mariano Benito

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