2014-03-08

La grande belleza (2013), de Paolo Sorrentino

El artista, el cineasta, siempre busca la belleza. No lo lindo, sino lo bello que no es lo mismo. Como su admirado Fellini, como su admirado Maradona, Paolo Sorrentino la encuentra en este viaje, en este infrecuente hito del cine contemporáneo.

Para que ya de entrada sepamos que la película nos conmocionará, unos soldados disparan casi a cámara un cañonazo; la cámara, en uno de sus tantos elaborados movimientos de grúa, sube hacia una plazoleta donde hay (turistas?) que aplauden la maniobra polvorienta. Ahí nomás, varios planos (casi todos en veloces travellings) sobre monumentos, personajes fellinescos y un coro que canta mientras un grupo de turistas japoneses enlistan sus cámaras de fotos. Uno de ellos, se aleja un poco del grupo que escucha atentamente a la guía. Se acerca a un lugar que balconea sobre una vista general de Roma. Apresta su cámara reflex y dispara. Se seca el sudor de su frente y cae.

¿Qué nos genera la muerte súbita de un japonés que saca fotos en un monumento italiano?

Sorpresa.

Nunca esperamos que uno de esos turistas japoneses, incansables presionadores de botones, se muera allí, luego de gatillar tres o cuatro veces, la misma mala foto. La Grande Belleza sorprende en cada escena. El viaje nocturno (aunque haya escenas diurnas, es un viaje hacia la noche de la existencia, al ocaso de un hombre de 65 años que comprende y ve como la arena se le escapa entre los dedos) de Gep Gambardella (Tony Servillo) nos brinda una mirada sobre los humanos, sobre la vida y la muerte, sobre el amor, el paso del tiempo, del tiempo perdido, del arte y de la religión, entre otras cosas.

Y cuando la imagen de una coreuta de ojos tristes enlaza con la del japonés tendido en el suelo romano, rodeado por sus coterráneos turistas que ya no sacan fotos, escuchamos un grito de mujer desgarrador.

Sorpresa.

No es alguien que se consterna al ver a un hombre muerto. Es el grito de otra mujer, el grito de desenfreno que tan bien representa a esa fiesta de cumpleaños en una terraza, muy al estilo "Gancia", pero con un gran cartel de "Martini" que gobierna la noche romana. Es el cumpleaños número 65 de nuestro personaje Gep al son de un remixed de Rafaella Carrá que nos dice que ..."en el amor todo es empezar".

Buen comienzo.

Luego el nutrido grupo de invitados (muy parecido al de las fiestas de la tilinguería Menemista, en este caso Berlusconiana) se alista en dos columnas para bailar una de esas lindezas que hablan de mover la colita, arriba y arriba. Tras un par de (otra vez) travellings , pero esta vez mezclados con oportunos zooms, y primeros planos de bellas y no tan bellas mujeres y de jóvenes alocados y viejitos también alocados, la música y la imagen se ralentizan; Gep enciende un cigarrillo y su voz en off nos cuenta algo acerca de su infancia. Habla de la respuesta a una pregunta que siempre se hacían con sus amigos. La pregunta era: ¿Qué es lo que realmente te gusta más de la vida? Sus amigos contestaban: las vaginas. Gep, en cambio, prefería "el olor de las casas de los viejos". Allí supo que sería escritor, pero jamás se olvidó de las vaginas.

En el año 2007, por esas cuestiones del azar, entré a ver una película italiana que pasaban en el BAFICI. Se llamaba L'Uomo in Piu y era la ópera prima de un director llamado Paolo Sorrentino. Mucho me llamó la atención su protagonista, magistralmente interpretado por Toni Servillo, de quien pensé en ese momento (y lo mantengo) que era un dignísimo candidato a un triunvirato de los mejores tipos para salir de noche junto a Vinicius de Moraes y Frank Sinatra. Lo cierto es que Toni es el actor fetiche de Sorrentino y como tal, su alter ego. Toni o Gep, es en este precioso film, un escritor que sólo escribió una sola novela en su vida. Era jóven, tuvo un gran éxito, y desde esa vez, no escribió más. Ahora es un periodista que hace entrevistas especiales para un diario prestigioso y que vive de fiesta en fiesta, se acuesta a la mañana, casi todas las noches se encuentra con un grupo de amigos y amigas a tomar whisky y a mantener afiladas charlas.

Claro que la película no sólo es esto. Hay mucho más. Hay tertulias de artistas contemporáneos, niños prodigio que agigantan las billeteras de los padres, niños que quieren ser niños, mujeres gordas que se escaparon de una de Fellini, y mujeres bellas como la legendaria Fanny Ardant en una escena breve y llena de ternura y respeto. Y sorpresa tras sorpresa y grandilocuencia y reflexión tras reflexión. Nunca una ciudad filmada me pareció tan bella. La Grande Belleza debiera ser usada por las agencias de viaje para vender paquetes turísticos a Roma. Y en las escuelas de cine, el film debiera ser un ejemplo contemporáneo de como hacer una película que no se parezca a otras al tiempo que no aburra o enfade al espectador.

Sorrentino lo logra. Se guarda un Oscar más para el cine italiano mientras homenajea al gran Federico y al gran Diego.

Por Mariano Benito

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