La reinvención del western. "Meek's cutoff" (2010) de Kelly Reichardt
Tres familias de colonos se dirigen a algún lugar de Oregon en 1845. Meek es una suerte de guía, de baqueano especializado en encontrar atajos que hagan que estos interminables viajes que emprendían estos pioneros, sean algo más cortos. Pero Meek parece que esta vez no está en sus mejores momentos y las cosas se complican. Este sería un típico storyline del film, muy propio de las sinopsis que decoran las portadas de los DVD. Si bien lo expresado (en términos de argumento) es absolutamente verdad, es muy poco, comparado con lo que esta pequeña/gran película nos ofrece.
Así como sus protagonistas, que parecen estar a medio camino y no saber si seguir adelante (un adelante que no es para nada preciso) o volver, Kelly Reichardt, la directora de esta cinta, decide en el plano cinematográfico, optar por un camino intermedio, quizás conciliador de dos maneras de ver y de hacer el cine. La propia historia de esta realizadora la sitúa en ese cine contemplativo, característico de un gran porcentaje de la producción indie norteamericana, a la cual sigue haciendo honor (ver de ella, "Old Joy" o "Wendy & Lucy"). Sin embargo, la película no cae en un conjunto de bellos planos en donde nada pasa. No. Hay en Meek's Cutoff un magnetismo ya en los primeros segundos, que hace que sigamos hasta su superabierto final, a pesar de lo mínimo de su argumento y de el ya mencionado estilo contemplativo.
Es éste, un western directo en el cual sus protagonistas sienten el rigor del clima y las dificultades de su caprichosa geografía. Un western hiperrealista a la vez que poético. Podemos decir de que a pesar de haber vaqueros, colonos, armas, caballos e indios, todo es distinto. Una de estas diferencias tiene que ver con su personaje central, interpretado de maravillas por la actriz Michelle Williams, que comienza como una simple referencia sobre lo femenino para ir creciendo en intensidad, protagonismo y punto de vista. Es una de las tres mujeres que acompañan a sus maridos en esta odisea; de hecho el film arranca con un bellísimo y sugerente plano de ellas cruzando un río a la altura de sus cinturas. Ellas son, en un principio, tres vestidos incómodos que se arrastran en los suelos polvorientos de Oregon; son seis manos que hacen la comida y acarician a sus maridos cansados y dubitativos.
Y es en esta duda que crece en el grupo, donde la protagonista comienza a crecer paulatinamente, primero en sus apreciaciones acerca del dilema que los envuelve, luego enfrentándose con Meek , para por último ser el mayor referente del grupo y definir estrategias que conduzcan a la salvación, o no. Es también quien señala un camino distinto para tratar al extraño, al indio que aparece y que rápidamente el grupo estigmatiza como el origen del mal. Es quizás, la que marque el rumbo y el horizonte del desesperado grupo.
A Kelly Reichardt, poco pareciera preocuparle como termina este viaje. Sólo le importan las consecuencias que provocan los dos factores de riesgo que hábilmente están escritos en el guión, uno interno: la credibilidad sobre el guía, otro externo: la aparición de un indio solitario.
El devenir del grupo en este extraño road movie, tiene de todo pero en raciones mínimas, muy bien dosificadas, ejemplarmente narradas y, vuelvo a insistir con el término, de un magnetismo abrumador.
Para abreviar, un western sin duelos, sin saloones ni partidas de póker. Una mujer que se convierte en un personaje original dentro del género, que está tan lejos de las abnegadas y dulces acompañantes del héroe, como de las atrevidas y masculinizadas de otras propuestas que se vieron allá lejos y hace tiempo, dentro de la enorme galería de este género que quizás sea el más típico y representativo del cine made in U.S.A.
Por Mariano Benito