La dinámica de lo impensado
Un rato antes de escribir estas líneas el cronista esperaba su turno en un banco. Mientras leía Vigilancia líquida, de Bauman y Lyon, escuchó el fin de la conversación entre el cajero y el cliente. Por supuesto, las voces se filtraban entre los bordes de las mamparas que, desde que balearon a Carolina Píparo en La Plata, los bancos deben tener para optimizar la vigilancia. Felices fiestas, dijo el cajero. No, loco, si nos vemos antes... ¡Esta noche misma, en el robo al supermercado!, contestó un muchacho joven que segundos después salía de bambalinas con el casco de motoquero en la mano. Todos festejaron, incluyendo por supuesto al guardia de seguridad privada que siempre está plantado al lado de las cajas para controlar que nadie use teléfonos móviles.
Vigilancia líquida trae una frase del director creativo publicitario Josh Rose que define bien la sociedad del control virtual: "Internet no nos roba nuestra humanidad, la refleja. Internet no entra dentro de nosotros, nos muestra lo que hay dentro de nosotros".
Lo que pasa en la Argentina, de norte a sur y de este a oeste desde hace casi dos semanas, es una muestra de lo que somos y no queremos ver. Una sociedad que no convive en la diferencia. A lo sumo, una sociedad en la que coexisten mundos en los que los mismos que tratan de escapar al panóptico de la vigilancia del gran hermano son quienes después publican en las redes sociales las fotos de los electrodomésticos que se robaron. Una sociedad que en los márgenes desarrolla las mismas culturas de estupidez e impunidad que se respiran en el centro. Cuando un jefe policial hace caja, se compra la cuatro por cuatro. Cuando un político hace una diferencia, se muda al barrio privado. En la era post-panóptica, de pinchaduras de teléfonos, de rastreos satelitales de conversaciones, de drones del tamaño de un colibrí, de dos mil millones de usuarios de Internet escaneados con los más sofisticados programas, los ricos y privilegiados necesitan exhibir lo que creen riquezas. Muestran su notable capacidad de consumir bienes que puedan ser mostrados. A sus vecinos del country, al jardinero que trabaja en negro, a la empleada de casa que trabaja en negro, al vigilante privado que se entera de demasiadas cosas, a sus vecinos. Por supuesto, se los muestra a las autoridades fiscales, que tienen un banco de información útil para utilizarla en la vigilancia líquida y, según el caso, será usada para intimarlo a pagar impuestos.
Sí, esa es la centralidad del poder. Una centralidad que estalló y que, en consecuencia, no tiene conductas que les den esa supuesta ventaja de cincelar el futuro. En las márgenes están las barriadas populares y las villas. Allí, al interior de las casas, hay familias trabajadoras y no sólo violencia doméstica, birra y televisión prendida todo el día.
El polaco Zygmunt Bauman, que tenía 17 años cuando se produjo el levantamiento del Ghetto de Varsovia, estudió la relación entre el Holocausto y la modernidad, con toda la industrialización de la muerte que automatizaba a criminales seriales. Después estudió la postmodernidad y las culturas donde la idea de lo serial y lo sólido se pulverizaron.
En Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias, define como categoría sociológica la producción de residuos humanos, constituida por excluidos, emigrantes, refugiados y demás parias.
¿Y la conciencia obrera? ¿Dónde queda la ética proletaria? ¿Cómo definen su identidad las capas de asalariados de bajos ingresos que viven en la periferia, viajan como sardinas y ven cómo aumentan el precio del pan, la leche, el plasma o las zapatillas de marca? Atrás van quedando, a escala de un mundo de 7.000 millones de habitantes, las organizaciones obreras. La deslocalización de las industrias manuales y virtuales, la tercerización de procesos para abaratar las cadenas de valor, la financiarización del capital se come la ideología burguesa de la era industrial. Los burócratas de la Organización Internacional del Trabajo, cada vez más, se dedican a dar recomendaciones a los gobiernos sobre tópicos en los que el contrato de trabajo se bastardea. Recomendar o sugerir es lo mismo que nada. El gran capital tiene el poder transnacionalizado. La nueva oleada de talentosos empresarios de la era virtual consolida esa tendencia. El funcionamiento político es a escala nacional. No tiene márgenes para evitar los mundos de las márgenes.
Con una ácida mirada de la modernidad y la mirada burguesa sobre la identidad obrera, Bauman sostiene que "la cruzada por la ética del trabajo era la batalla por imponer el control y la subordinación. Se trataba de una lucha para obligar a los trabajadores a aceptar, en homenaje a la ética y a la nobleza del trabajo, una vida que ni era noble ni se ajustaba a sus propios principios de moral". El laburante que sale de su casa para dejar a los chicos en la escuela e ir al trabajo sabe que el espacio público, la puta calle, está acechada por situaciones inclasificables. Mezcla del rumor del vecino, del último caos de tránsito o la última muerte que le muestra la tele. A veces coexiste, otras se contagia, otras queda apenas alienado por un escenario que no puede pensar.
Fin de un año agitado. En ese entramado de miedos perceptibles están ahora las bandas de saqueadores, con alumnos correctos y vagos consuetudinarios. También están los policías que, con mucha eficacia, avisaron que abrían un paréntesis de la vigilancia real. Así, en la percepción del oportunista, el gran hermano se dormía una siesta. ¿De cuánto sirve saber el grado de conspiración de esos agentes y los saqueadores? ¿Alguien piensa que se llegará a detectar a los que la clase política llama autores intelectuales?
Aunque sea prematura una definición, esta implosión de las fuerzas policiales asociada a los desmanes a la propiedad privada constituye uno de los desafíos más grandes a la democracia de estas tres décadas. Aunque los propios gobiernos provinciales y el nacional insistan con que es una amenaza a las instituciones, parece que el mayor riesgo es que los hechos invisibles hayan salido a la luz. En un país donde la seguridad parecía ser la diseminación de cámaras, los patrulleros inteligentes o los partidos de fútbol sin hinchada contraria, ahora no hay excusas.
En la percepción de los grados bajos de las policías, tanto hablar de inseguridad y no pagar salarios altos, resultó una oportunidad para la rebelión. Hubo y hay escenas para todos los gustos, incluyendo los policías tucumanos reprimiendo a quienes se manifestaron con carteles contra la connivencia de los uniformados con el delito. Hugo Moyano no dudó en decir que así como los camioneros llevan los camiones, los policías deben llevar sus armas a las asambleas, porque son sus herramientas. Nadie tuvo la iniciativa de convocar a un espacio multisectorial que pudiera dar marco y contención al encausamiento de esta crisis. Dos semanas atrás, los ministros Jorge Capitanich y Axel Kicillof intentaban tantear a empresarios y sindicalistas para que la banda de la negociación salarial de 2014 empezara con el 20%. Gente sin derechos sindicales y en franca ilegalidad impuso aumentos entre el 35 y el 50%. Este cronista habló con dirigentes de los trabajadores docentes: están helados, no pueden siquiera configurar por estas horas cómo se sentarán a la mesa paritaria.
El ministro de Seguridad bonaerense, Alejandro Granados, gana notoriedad por querer agarrarse a piñas con un opositor al que calificó de mogólico. Más allá de sus millones y de sus relaciones con el poder, nadie sabe cuál es la ventaja de tener a Granados al frente de la Bonaerense. La ministra de Seguridad de Córdoba, Alejandra Monteoliva, que llegó por la crisis de los narcopolicías, salió eyectada antes de que alguien se enterara de si sabe algo sobre seguridad. De la flamante ministra de Seguridad de Nación, María Cecilia Rodríguez, se dice que es especialista en catástrofes. Pese a este tsunami, no se la escuchó en la crisis. Quien tomó la conducción es su segundo, Sergio Berni, que años antes era su jefe. No queda claro cuáles son las capacidades para que se haya invertido el orden jerárquico entre Rodríguez y Berni.
En tres décadas, si las provincias y la Nación tuvieran que mostrar sus avances en la generación de políticas democráticas en la materia y, sobre todo, en la conducción de fuerzas que reparten su tiempo entre prevenir el delito y gerenciar el delito. Parte de las cajas policiales son la rueda de auxilio de los presupuestos de cada provincia. Parte de las cajas ocultas de la política tienen ese mismo origen. Es muy probable que estas fisuras entre las fuerzas policiales y los gobernadores no sean lo suficientemente fuertes como para que salgan a luz esas zonas oscuras. Sin embargo, en una visión entre optimista e ingenua, esta crisis puede dar lugar a alguna oportunidad para cambiar estas cosas.