Las opiniones y los balances al aire libre
Cabe recordar que en 2007 se había presentado como candidato a gobernador en Río Negro al mismo tiempo que el radical Miguel Saiz se presentaba a la reelección con apoyo del kirchnerismo. La propia Cristina Fernández de Kirchner apoyó públicamente a Saiz quien se impuso a Pichetto. Eran los tiempos de la Concertación Plural, que llevaba a Julio Cobos como candidato a vice. En estas elecciones, con el radicalismo divorciado del kirchnerismo, el senador peronista tuvo su revancha: obtuvo el 42% de los votos al encabezar la lista para senadores mientras que Saiz tuvo el 25,4%. Pero Pichetto nunca tuvo buena sintonía con la Casa Rosada: en la visita de la Presidenta a Bariloche el 26 de septiembre -entre las PASO y las legislativas-, el propio Pichetto se quejaba de que Cristina no lo nombró en ningún momento. Tres días antes de las elecciones, en una entrevista al periodista Santiago Rey (de AN Bariloche), Pichetto ya hablaba de un poder en retirada. El centro de la campaña de Pichetto en Río Negro no fue ser parte del kirchnerismo, sino ser un gestor eficaz para las necesidades de la provincia. Es cierto, su lugar protagónico en el Senado le permite ser el portavoz de los intereses tanto de los exportadores del Valle como de los sectores turísticos de la Cordillera y de la localidad atlántica de Viedma. Pichetto expresa un problema aún no resuelto: si bien se coparticipó el 30% de las retenciones agropecuarias, todavía las provincias obtienen recursos de la Nación en función del vínculo que establecen sus autoridades provinciales o municipales.
Río Negro es parte de una Patagonia que cambió bastante de signo el pasado domingo. Salvo en Tierra del Fuego, donde el kirchnerismo hizo una buena elección, el resto de las provincias exhibe un comportamiento preocupante para el oficialismo. Concretamente en Neuquén, ganó el Movimiento Popular Neuquino pero con una lista contraria al acompañamiento que los Sapag hicieron en esta década. Quien encabezó la lista de senadores fue el dirigente sindical petrolero Guillermo Pereyra, aliado de Hugo Moyano, cuyos próximos pasos son indescifrables en temas muy sensibles, como por ejemplo, las inversiones en el yacimiento de Vaca Muerta, donde el acuerdo YPF-Chevron fue aprobado por la Legislatura pero requiere de un acompañamiento permanente. En Chubut, arrolló Mario Das Neves con el 55,84% y el candidato oficialista Norberto Yahuar, todavía ministro de Agricultura, sacaba el 21%. El gobernador de esa provincia, Martín Buzzi, se encontrará ahora entre dos fuegos: había ganado la gobernación en 2011 de la mano de Das Neves, pero saltó al kirchnerismo al compás del gran impulso de la Presidenta, reelecta en ese momento con el 54% de los votos. Ahora, Buzzi puede ser un buen gestor de las necesidades de Chubut en la Casa Rosada, pero deberá cuidar sus espaldas en su ex jefe político Das Neves. En Santa Cruz, el radical Eduardo Costa, con el 42% de los votos logró desplazar las pujas del peronismo local que tienen como protagonistas a los seguidores históricos del kirchnerismo y el gobernador Daniel Peralta, distanciado de ese espacio.
¿Qué es hacer política? El escenario árido del sur argentino se reproduce en la mayoría de los distritos. Los reacomodamientos o saltos por intereses y conveniencias se dieron en varios distritos. La pregunta que revolotea, tras la caída electoral del kirchnerismo, es si habrá un polo de atracción por fuera del oficialismo capaz de aglutinar voces críticas como la de Pichetto. La respuesta es abierta. Depende, en alguna medida, de que el círculo más cercano a la Presidenta tome nota del nuevo escenario: no sólo hacia adentro, donde es fácil reconocer los errores, sino de cara al conglomerado de referentes que aglutina el peronismo y el kirchnerismo. Está claro que el Frente Renovador no tiene ni los recursos del Estado ni la estructura política como para prometer, en los próximos dos años, un anclaje para las necesidades de gobernadores, intendentes o dirigentes disgustados con el Gobierno Nacional.
A su vez, dentro del oficialismo ya se conocieron las voces de quienes tuvieron buena performance electoral. Es lógico que en un primer momento, salieran al ruedo prematuros aspirantes a la Casa Rosada como es el caso de los gobernadores de Chaco y Entre Ríos, provincias en las que el Frente para la Victoria tuvo buenos números. Tanto Jorge Capitanich como Sergio Urribarri salieron a mostrar que no sólo Daniel Scioli es una espada para 2015. Estos dos gobernadores, aunque provengan de provincias relativamente chicas, quieren exhibir una adhesión más cercana al kirchnerismo que el propio Scioli, quien nunca se mostró como un alineado pleno aunque sí como un aliado cumplidor de la Presidenta. Sin embargo, lo que está en juego estos dos años para el oficialismo no es armar y desarmar candidaturas, sino gestionar el Estado de un modo que mejore la calidad de vida de la sociedad y que, como consecuencia, pretenda recomponer las simpatías electorales. Y lo segundo tiene que ver con la manera de hacer política: lo que un poco ligeramente ha sido catalogado como hegemonía no fue más que una gran adhesión electoral acompañada por un Ejecutivo centralizado y un Congreso con mayoría oficialista. Eso no es poco, es casi una proeza en un país con un anclaje potentísimo del gorilismo político, de un individualismo creciente, de destrucción del Estado y de medios de comunicación mayoritariamente opositores. No obstante los logros, desde la Casa Rosada en los últimos dos años hubo una clara construcción radial: desde el Poder Ejecutivo hacia la periferia, pasando por círculos concéntricos en los cuales se privilegió la cercanía ideológica o el silenciamiento de las diferencias. Eso fue eficaz pero, como todo, ante los cambios de escenario puede ser peligroso darle continuidad. La realidad es que no bien reasuma la Presidenta se van a poner en marcha una serie de cambios. Y no sólo deberían ser relevos de nombres en cargos clave, sino que deberían contemplar la jerarquización de aquellos dirigentes que mostraron su capacidad de diálogo y de búsqueda de alianzas al mismo tiempo que sus convicciones hablen por la historia y no por las declamaciones.
Hacer política sectaria en tiempos de reacomodamientos reduce la capacidad de buscar dónde estuvieron las fallas. Por el contrario, una apertura a recomponer vínculos con sectores de la sociedad no kirchneristas permitiría salir de esa rústica oposición entre "propios y ajenos" que es sólo funcional para quienes detentan cuotas de poder o privilegios que el común de los militantes o representantes políticos no tiene.
Por caso, los resultados en la provincia de Buenos Aires dieron un duro golpe al oficialismo (ver nota relacionada). Pero fuera de una visión tremendista, se trata nada más que del mensaje de las urnas. De ahí en más se pueden elegir distintos caminos. Desde el que se monta en el triunfalismo más extremo que se sintetiza en la patética frase de "lo único que no se perdona en el peronismo es la derrota", hasta la búsqueda de un período de tiempo donde queden de lado las peleas oportunistas con adversarios internos.
Buscar caminos con matices y dirigentes a la altura de este escenario tiene sentido si el plan del Gobierno es profundizar medidas y programas de la agenda popular, tanto de los trabajadores como de los excluidos y de las capas medias. Si María Lucila Pimpi Colombo, secretaria de Defensa del Consumidor, tiene respaldo como para decir que la inflación no es un problema en la Argentina y que los supermercadistas respetaron el acuerdo de 500 productos, es que el Gobierno está en problemas. Quizá no sea fácil cambiar la política cambiaria, aunque se paga un precio. Pero desconocer los problemas de precios no ayuda. En la nómina de dirigentes de esta década hay una cantidad de personas destacadas, que no son excéntricos para mostrarse en motos cuando tienen grandes responsabilidades, que no precisan sobreactuar su adhesión a un proyecto político y que no tienen denuncias públicas ni judiciales. Desde ya, hay quienes sostienen con mucha razón que la agenda de funcionarios y líderes no la deben hacer los medios conservadores. Con el mismo énfasis debería agregarse que tampoco puede ser sólo el grupo de personas que se adecuan a las instrucciones o directivas de lo más alto de la pirámide del Ejecutivo.
Esta semana hubo una extraordinaria lección política para la sociedad argentina. La dio la Corte Suprema de Justicia, con un fallo impecable que es un desafío para las grandes corporaciones económicas con posiciones monopólicas o de privilegio en muchos otros ámbitos y no sólo de medios de comunicación. Las cadenas de supermercados deberían tomar nota, las cerealeras o los bancos o las siderúrgicas y automotrices también. Estuvieron en juego los derechos de los usuarios y consumidores, no sólo de los televidentes o radioescuchas. Pero la Corte no sólo mostró valentía jurídica, sino también actuó como un poder apenas dos días después de una elección que castigaba al Ejecutivo. Una Corte que no está alineada aunque a muchos comunicadores oficialistas no les caiga bien. Una Corte con algunos integrantes con pretensiones políticas sencillamente porque ocupan cargos que son políticos. Algunos políticos a veces se traicionan y usan la palabra política como si fuera una mala palabra. Es que todos hacemos política, sobre todo los que no tienen más poder que expresarse cada dos años en las urnas.